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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Thérèse Raquin

Género: DramaNovelasLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

«… Pretendí estudiar temperamentos y no caracteres. En eso consiste el libro en su totalidad. Escogí personajes sometidos por completo a la soberanía de los nervios y la sangre, privados de libre arbitrio, a quienes las fatalidades de la carne conducen a rastras a cada uno de los trances de su existencia. Thérèse y Laurent son animales irracionales humanos, ni más ni menos. Intenté seguir, paso a paso, en esa animalidad, el rastro de la sorda labor de las pasiones, los impulsos del instinto, los trastornos mentales consecutivos a una crisis nerviosa». Así presentaba Émile Zola Thérèse Raquin (1867), su cuarta novela y la primera en la que toma forma literaria el ideario naturalista. A partir de un trágico suceso ampliamente comentado en la prensa de la época, esta historia de pasión ineluctable, adulterio, asesinato y remordimiento en una oscura mercería del pasadizo de Le Pont-Neuf, escrita con «una meta científica» y desatendiendo a la moral, cosechó sin embargo para su autor las más acerbas recriminaciones de los moralistas, incapaces de ver que «cada uno de los capítulos es el estudio de un caso fisiológico peculiar». Pero instaló, al mismo tiempo, un modelo novelístico que habría de presidir, en Europa y América, más de cincuenta años de imperecedera literatura.

Fragmento

CAPÍTULO I

Al final de la calle de Guénégaud, según se viene de los muelles, está el pasadizo de Le Pont-Neuf, un a modo de estrecho pasillo sombrío que va de la calle Mazarine a la calle de Seine. Tiene este pasadizo, a lo más, treinta pasos de largo por dos de ancho; es su pavimento de baldosas amarillentas, desgastadas, flojas, que rezuman siempre una agria humedad; lo cubre una cristalera cortada en ángulo recto y negra de mugre.

En los días hermosos del verano, cuando un sol de justicia abrasa las calles, una blanquecina claridad entra por los cristales sucios y resbala míseramente por el pasadizo. En los desapacibles días de invierno, en las mañanas de niebla, esos cristales sólo arrojan tinieblas sobre el pavimento viscoso, unas tinieblas sucias e infames.

A la izquierda, se ahondan unos comercios oscuros, bajos de techo, agobiantes, de los que escapan hálitos de cripta. Hay en ellos libreros de viejo, jugueteros, cartoneros, cuya mercancía expuesta, gris de polvo, duerme, imprecisa, en la sombra; los escaparates son de cuadrados de cristal pequeños y prestan extraños reflejos verdosos de muaré a los artículos; tras ellos, las tiendas, colmadas de oscuridad, son otros tantos agujeros lúgubres en los que bullen curiosas formas.

A la derecha, corre por toda la longitud del pasadizo un muro contra el que los tenderos de enfrente han adosado armarios estrechos; allí se ven objetos sin nombre, efectos olvidados desde hace veinte años, alineados en unas baldas delgadas, de un espantoso color pardo. Una vendedora de bisutería buscó acomodo en uno de esos armarios, en el que despacha sortijas de setenta y cinco céntimos, primorosamente colocadas en una caja de caoba forrada de terciopelo azul.

Más arriba de la cristalera, el muro sigue subiendo, negro, toscamente enfoscado, como cubierto de lepra y lleno de costurones.

El pasadizo de Le Pont-Neuf no es lugar de paseo. Quienes toman por él lo hacen para evitar un rodeo y ganar unos pocos minutos. Pasa por allí un público de personas atareadas, cuya única preocupación es ir deprisa y sin desviarse. Hay aprendices con delantales de trabajo, operarias que van a entregar la labor, hombres y mujeres con paquetes bajo el brazo; hay también ancianos que caminan penosamente por el taciturno crepúsculo que baja de la cristalera, y bandadas de chiquillos que acuden, al salir de la escuela, para meter bulla corriendo y golpeando las baldosas con los zuecos. Se oye durante todo el día un ruido seco y presuroso de pasos que retumban en la piedra con irritante irregularidad; nadie habla; nadie se detiene; cada cual va a lo suyo, deprisa, con la cabeza gacha y paso raudo, sin echar ni una mala ojeada a los comercios. Los tenderos miran con inquietud a los transeúntes que, por milagro, se detienen ante sus escaparates.

Por la noche, tres mecheros de gas, metidos en faroles amazacotados de forma cuadrada, dan luz al pasadizo. Están esos mecheros colgados de la cristalera, sobre la que proyectan manchas de rojiza claridad, y derraman cercos de pálido resplandor que se estremecen y parecen esfumarse de vez en cuando. Toma entonces el pasadizo la siniestra apariencia de un auténtico puerto de arrebatacapas, se alargan por las baldosas sombras gigantescas, llegan desde la calle ráfagas húmedas; diríase una galería subterránea que alumbra la desvaída luz de tres lámparas funerarias. Los comerciantes se contentan, por toda iluminación, con el magro resplandor que envían hasta sus escaparates los mecheros de gas; sólo encienden en su local una lámpara de pantalla, que colocan en una esquina del mostrador; y los transeúntes pueden vislumbrar entonces lo que hay en lo hondo de esos agujeros donde, en el transcurso del día, mora la noche. En la negruzca hilera de fachadas, resplandecen los cristales de un cartonero: las llamas amarillas de dos lámparas de petróleo horadan la oscuridad. Y, en la pared opuesta, una vela colocada en un tubo de quinqué pone estrellas de luz en la caja de bisutería. La vendedora dormita en lo hondo del armario, con las manos metidas bajo la toquilla.

Hace no muchos años, enfrente de esa vendedora había una tienda cuyas maderas verde botella rezumaban humedad por todas las rendijas. En la muestra, que era una tabla larga y estrecha, ponía en letras negras la palabra: «Mercería», y en uno de los cristales de la puerta había un nombre de mujer: «Thérèse Raquin», escrito en letras rojas. A izquierda y derecha se embutían dos hondos escaparates forrados de papel azul.

Durante el día, la vista sólo podía columbrar el contenido del escaparate, entre un mitigado claroscuro.

A uno de los lados, había unas cuantas prendas de lencería: unos gorros de tul encañonados, que valían dos o tres francos; unos manguitos y unos cuellos de muselina; y también prendas de punto, medias, calcetines, tirantes. Dichas prendas, amarillentas y arrugadas, colgaban todas ellas, lastimosamente, de sendos ganchos de alambre. Estaba, pues, el escaparate repleto, de arriba abajo, de harapos blancuzcos que, en la transparente oscuridad, adquirían un lúgubre aspecto. Los gorros nuevos, de un blanco más luminoso, eran como manchas de cruda claridad en el papel azul que cubría la tablazón; y los calcetines de color, colgados de una varilla, toques oscuros entre la desvaída e inconcreta palidez de la muselina.

En el escaparate del otro lado, más estrecho, se escalonaban gruesos ovillos de lana verde, botones negros cosidos en cartulinas blancas, cajas de todos los colores y todos los tamaños, redecillas de cuentas de acero colocadas encima de redondeles de papel azulado, manojos de agujas de hacer media, modelos de punto de cruz, cintas enrolladas, una acumulación de objetos ajados y sin brillo que debían de llevar cinco o seis años durmiendo en aquel lugar.

Todos los colores se habían vuelto de un gris sucio en aquella vitrina, que pudrían el polvo y la humedad.

A eso de las doce del mediodía, en verano, cuando el sol abrasaba las plazas y las calles con rayos leonados, podía vislumbrarse tras los gorros del primer escaparate un perfil pálido y serio de mujer joven. Surgía confusamente aquel perfil de las tinieblas que reinaban en la tienda. De la frente estrecha y escueta arrancaba una nariz larga, estrecha y afilada; los labios eran dos finos trazos de color rosa pálido; y un pliegue flexible y carnoso unía la barbilla, breve y enérgica, al cuello. No podía verse el cuerpo, que se perdía en la sombra; sólo asomaba el perfil, de blancura mate, que horadaba un ojo de pupila negra, muy abierto, aparentemente agobiado bajo la frondosa cabellera oscura. Se quedaba ese perfil quieto y sosegado durante horas y más horas, entre dos gorros en los que las varillas húmedas habían dejado alargadas manchas de orín.

Por la noche, cuando estaba encendida la lámpara, podía verse el interior de la tienda. Era más larga que ancha; en uno de los lados había un mostrador pequeño; en el otro, una escalera de caracol llevaba a las habitaciones del primer piso. Adosados a las paredes había armarios, vitrinas, hileras de cajas de cartón verde; cuatro sillas y una mesa completaban el mobiliario. El recinto parecía desnudo, gélido; el género, empaquetado y recogido en varios rincones, no andaba repartido por doquier con su alegre algazara de colores.

Solía haber dos mujeres sentadas detrás del mostrador: la joven del perfil serio y una anciana que sonreía entre sueños. Tenía ésta alrededor de sesenta años; el rostro, lleno y pálido, blanqueaba a la luz de la lámpara. Un orondo gato atigrado, acurrucado en una esquina del mostrador, la miraba dormir.

Sentado en una silla más baja, un hombre de unos treinta años leía o conversaba con la joven. Era bajo, encanijado, de aspecto lánguido; tenía el pelo de un rubio deslavazado, la barba rala, el rostro cubierto de pecas; parecía un niño enfermo y mimado.

Poco antes de las diez, la anciana se despertaba. Cerraban la tienda, y toda la familia subía a acostarse. El gato atigrado iba detrás de sus amos, ronroneando y frotando la cabeza contra todos los barrotes de la barandilla.

La vivienda del piso de arriba se componía de tres habitaciones. La escalera desembocaba en un comedor que hacía también las veces de salón. A la izquierda, una estufa de loza, empotrada en un nicho; enfrente, un aparador; había también unas cuantas sillas pegadas a las paredes; una mesa redonda, con las alas abiertas, ocupaba el centro de la estancia. Al fondo, detrás de un tabique acristalado, estaba una cocina oscura. A cada lado del comedor, había un dormitorio.

La anciana se metía en su cuarto tras haber dado un beso a su hijo y a su nuera. El gato se quedaba dormido en una silla de la cocina. El matrimonio entraba en su habitación, que tenía otra puerta que daba a una escalera que iba a desembocar en el pasadizo por una galería oscura y estrecha.

El marido, que tiritaba de fiebre constantemente, se metía en la cama; mientras tanto, la joven abría la ventana para cerrar los postigos. Permanecía unos minutos frente a ese elevado muro negro, de basto enfoscado, que sube y rebasa de la galería. Paseaba por el muro una mirada perdida y, sin decir nada, se acostaba a su vez, con desdeñosa indiferencia.

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