El lago de la luna

Foto de Wren Meinberg en Unsplash

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I

Desde el principio su martirizada presencia les afectó seriamente. Acabó siendo inquietantemente familiar para ellos escuchar el soplido de desprecio con que tocaba la D trompeta. A veces apenas si podían reconocer lo que él creía estar tocando. Loch Morrison, explorador y socorrista, estaba sometido a la severa prueba de pasar en el lago de la Luna una semana de acampada con niñas.

La mitad de las niñas eran huérfanas del condado; estaban allí por expreso deseo del señor Nesbitt y de la clase masculina de Biblia, después de la visita de Billy Sunday al pueblo; pero para Loch todas las niñas, tanto las huérfanas como las de Morgana, significaban lo mismo; tal vez incluía también en aquel lote a las dos concejalas. Odiaba cada uno de los siete días. Casi no hablaba; y nunca era el primero en hacerlo. A veces se columpiaba en los árboles; Nina Carmichael, en particular, le oía alborotando entre las hojas en algún lugar, mientras ella permanecía rígidamente tumbada a la hora de la siesta.

Cuando se metían en el lago para darse un remojón o para la clase de natación de las cinco de la tarde, él se apoyaba contra un árbol, con los brazos cruzados, un pie contra el tronco, con el aire tolerante de un viejo que se apoya en un muro a la espera de que abran una tienda. Mientras esperaba que salieran las niñas miraba fijamente una parte inmóvil del agua. Despreciaba los apuros que pasaban, sobre todo cuando intentaban nadar. A veces apuntaba y disparaba desde su mejilla derecha una escopeta imaginaria hacia algún blanco muy lejano, en el agua, donde no estaban ellas.

Era su madre la que le había metido en aquel lío.

Durante las horas en que hacía mucho calor para las niñas, Loch le sacaba provecho al lago de la Luna. Se zambullía desde una elevada tabla transversal, clavada en el roble grande, desde donde se lanzaban al agua los de la Legión Americana. Atravesaba el aire meciéndose y dando sacudidas como un motor, lanzaba grandes salpicaduras al tocar el agua, volvía a emerger, escupía, y subía para tirarse de nuevo. Llevaba un bañador largo, de color negro, que se estiraba más de lunes a martes, y de martes a miércoles, y así sucesivamente, hasta que las sisas semejaron infinitos bostezos; aquel bañador era tan formal como el chaqué de un cómico y le daba un aspecto imponente cuando su delgada figura se recortaba de pie contra las nubes, igual que en un escenario.

Iba a recoger su comida y les daba la espalda, y se la comía a solas igual que un perro; vivía aparte como un negro y se zambullía en solitario cuando no había niñas en el lago. Solo así parecía capaz de aguantarlo; y no tenía intención de cambiar de modo de vida. Por la tarde, o cuando las niñas cantaban a la luz de la luna, el explorador y socorrista se mantenía alejado. Mientras ellas cantaban «When All the Little Ships Come Sailing Home», él se iba a pasear por ahí; nunca sabían por dónde andaba. Tocaba el toque de silencio para ellas, invisible, y con tanto sentimiento que algunas lloraban, a veces todas las de una tienda. Permanecía alejado, donde estaban los chotacabras, los mapaches, los búhos y las pequeñas perdices; donde empezaba el declive, allí había levantado su tienda y dormía. Luego, a la hora de diana, ¡qué bien soplaba su corneta!

Lo suyo era el toque de diana. Arengaba a los bosques cuando los pececillos temblaban y se deslizaban como duendecillos por la orilla del agua. Y qué hermosos y diferentes eran los árboles a esa hora bajo el peso del rocío, apoyándose con el hombro los unos contra los otros, y oliendo a enormes flores húmedas. Luego tocaba su trompeta ante su presencia —de los árboles y de las niñas— y contemplaba el Remojón.

—¡Buenos días, señor Remogón, Remogón, Remogón, su agua está más fría que el hielo! — cantaba la señora Gruenwald con voz ronca. Era ella la que las llevaba a darse el remojón, porque la señorita Moody había dicho que no podía, que sencillamente no podía.

Las huérfanas por lo general se rezagaban cada dos por tres. Iban siempre muy tiesas, con las rodillas juntas y las hombreras planchadísimas y se limitaban a mirar. No tenían bañador, así que debían bañarse en ropa interior. Incluso dentro del agua seguían muy tiesas, sujetaban la cuerda con el puño y miraban por encima de la lisa superficie como si fuera la cima de una montaña que jamás podrían alcanzar. Incluso a aquellas horas de la mañana parecían esperar que les encargaran pequeñas tareas, algo tangible y concreto; pero nunca les encargaban nada.

La señora Gruenwald era del norte y pronunciaba mal la palabra «remojón».

—¡Buenos días, señor Remogón, Remogón, Remogón, su agua está más fría que el hielo! —

cantaba la obesa señora Gruenwald, que hacía cabriolas dentro de su enorme bañador y las conducía alegremente mientras el canturreo se iba apagando a medida que se acercaban al lago. Acompañaba su canción con una especie de grotesco baile. Vista desde el final de la cola parecía un cordón sin bastas que anduviera sobre sus extremos.

Nina Carmichael pensaba. No hay nada ni nadie que se llame señor Remojón y no se puede decir que el día sea bueno mientras no te has tomado el café, y el agua no es más fría que un panecillo recién hecho, gracias a Dios. Odio este desfile de niñas, pensaba Nina, trotando ferozmente en el centro de la fila. Desde luego, destroza el bosque. «¡Oh, qué simpático eres!», le cantaban al señor Remojón, mientras el explorador, que esperaba a la orilla del lago, las veía llegar al agua.

—¡Cuidado con los mosquitos! —se gritaban unas a otras, canturreando, aunque el aviso no servía para nada porque cuando se quitaban sus albornoces y los dejaban caer como pétalos de una flor grande que se abriera junto a la orilla, se exponían en cien lugares distintos a las picaduras. Las huérfanas se quitaban sus vestidos por la cabeza y se quedaban en ropa interior. Se afanaban colgando sus vestidos de las ramas de un cedro, obedeciendo a una de ellas, como una bandada de pajaritos feroces con copetes pálidos construyendo un nido. La huérfana llamada Easter parecía tener el mando. Dio su vestido, que estaba del revés, a una amiga que le dio la vuelta y lo colgó, y Easter se quedó esperando, muy quieta, con los deditos entrelazados.

—Que entren en el agua las huérfanas primero y espanten a las serpientes, señora Gruenwald —sugirió Jinny Love Stark de repente, con la voz alegre que usaba con los mayores—. Así ya no habrá cuando entremos nosotras.

Eso hizo que las huérfanas, que rodeaban a Easter, temblaran dentro de su ropa interior.

Espantaron a las nubes de mosquitos que las asediaban agitando los brazos y se volvieron a Easter, en pie, entusiasmadas, casi dando brincos.

—Creo que sería mejor que entráramos todas a la vez —dijo la señora Gruenwald. Jinny Love se quejó y dio golpecitos en el sólido estómago de la señora Gruenwald, que no devolvía los golpes—.

Todas cogidas de la mano. ¡Adelante! ¡Al agua! ¡Procurad no romperos las piernas con las estacas o con las raíces de los cipreses! ¡A ver si lo hacéis bien! ¡Patalead! ¡Mantened la cabeza fuera del agua y agarraos a la cuerda si es necesario!

La señora Gruenwald se alejó abruptamente de Jinny Love y entró en el lago embutida en un inmenso bañador, lo que provocó un gran desplazamiento del agua. Las dejó en la orilla con sus consejos yanquis.

Las niñas de Morgana probablemente no habrían entrado en el agua si las huérfanas no se hubieran negado a bañarse. Easter se paró en seco en la orilla del lago de la Luna y lo miró con los ojos entornados, como si el lago flotara realmente en la luna. ¿Y por qué no podía ser verdad?

Desde siempre era un lugar extraño, pensó Nina, fuera de lo corriente, y a solo tres millas de Morgana, Mississippi. Las niñas de Morgana agarraron de las manos a las huérfanas y tiraron de ellas, o las empujaron con brusquedad por detrás, y finalmente las huérfanas se agarraron unas a otras y entraron caminando todas juntas, cantando «Good Morning» con sus labios finos y agrietados. Ninguna sabía, ni sabría nadar jamás, así que se quedaban de pie, con el agua hasta la cintura, esperando el final del remojón. Unas cuantas estiraron los brazos para coger las piernas de las niñas de Morgana, que luchaban a duras penas con el agua yendo de un poste a otro, comprobando lo difícil que era mantenerse a flote.

—¡Señora Gruenwald, mire: quieren ahogarnos!

Pero la señora Gruenwald se pasaba el tiempo subiendo y bajando como una ballena, metida en el mar de sus propias olas y tal vez en un frío generado por ella misma, un tanto alejada, en medio del lago. Le importaba muy poco que las niñas de Morgana que aprendieran a nadar fueran a recibir un dólar como premio. Las había abandonado, o, más bien, nunca había sentido verdadero interés por ellas. Y mucho menos por las huérfanas. En el agua se mantenía casi siempre de perfil, de modo que su único ojo visible parecía una redonda y saltona botellita de algún líquido. Decían que creía en la evolución.

Entretanto el explorador, en la luz rosada bajo los árboles verdes, hacía girar su trompeta para que reluciera y formara un rompecabezas en el sol, y la vaciaba de saliva de vez en cuando, bostezaba cerrando la boca de golpe, como si fuera a darle un mordisco al día, tan decididamente como Easter había mordido la mano del diácono Nesbitt el día de la inauguración.

—¡Oh, qué simpático es usted! —le cantaron al señor Remojón, jadeando y dándole patadas. Si hundían los pies, el fondo invisible del lago les llegaba, como una pelusa suave, hasta las rodillas.

Las duras y afiladas estacas aparecían donde menos se lo esperaban. Las niñas de Morgana llevaban zapatillas de baño, y el fango parecía sorberlas. Habían sacado a palos a todos los caimanes del lago, pero decían que quedaban serpientes de agua nadando por allí y por allá, y que podían morderte pero no matarte; y también una víbora que conseguía escaparse de la persecución de los negros —si es que estos aún la buscaban—, que, esa sí, podía matarte. Así que cabía la posibilidad de que el fondo se te tragara o de que recibieras un mordisco y murieras a tres millas de casa.

Easter, con el agua lodosa a la altura del pecho, miró frente a sí, muy espabilada y seria. Para mirar de aquella manera, pensó Nina, tenía que haberse tragado algo bastante grande. Tan grande, que no le importaría de qué estuviera forrada la boca de la serpiente. Al otro extremo de su mirada el socorrista parecía casi insignificante.

Su mirada se movía un poco como una fusta o una varita mágica, y el socorrista se rascó con la trompeta, se rascaba como si hacerlo le tranquilizara. Pero la picadura de un moscardón hizo que Easter diera un salto.

Nadaban y se sujetaban a la cuerda, hambrientas y expectantes. Pero tenían que esperar a que Loch Morrison tocara su trompeta para poder salir del lago de la Luna. La señora Gruenwald, que hacía ejercicio antes del desayuno y creía en la evolución, metía la cabeza en el agua y estaba a un cuarto de milla de la ribera. Si decía algo no la podrían oír, por las ranas.

II

Nina y Jinny Love, con las plantas de los pies doloridas por el paseo, encontraron a Easter caminando delante de ellas hacia el manantial.

Las huérfanas habían olisqueado desde el principio hasta encontrar el manantial, y podían llegar sin tener que detenerse a quitarse los pinchos y las espinas de los pies, y correr por las hondonadas arenosas sin mirar dónde pisaban, y agarrarse con los pies a las profundas roderas del empinado camino que subía y bajaba la colina de los pinos. Nunca se cansaban de pasar rozando las hojas de pino, suaves como la seda, o de imprimir las huellas de sus pies en el lecho del manantial para que se disolvieran mientras miraban. ¿Qué les importaba que el manantial estuviera lodoso cuando llegara Jinny Love Stark?

La que se llamaba Easter sabía ponerse de bruces, tan pegada al suelo como un chico, con los codos doblados, para beber en el cuenco de las manos, el rostro dentro del manantial. Jinny Love le dio un codazo a Nina mientras miraba los pantis de Easter. Nina abría el vaso plegable que había llevado para beber, y lo cerraba después, sintiéndose como una señora con un abanico. Mientras lo hacía tuvo tiempo para darle vueltas a un pensamiento, a un hecho. La mitad de la gente que está aquí conmigo son huérfanas. Huérfanas. Huérfanas. Le hubiera gustado lamentarlo en lo más profundo de su corazón. Pero no era así. Easter terminó de beber y se limpió la boca y sacudió las manos hasta casi romperse un hueso para quitarse las últimas gotas; ahora le tocaba a Nina beber en su vaso.

Nina se dobló por la cintura. Metió tranquilamente el vaso en el manantial y miró cómo se llenaba. Vio que el vaso centelleaba en el agua ondulada. El agua tenía el sabor del borde frío y plateado al pasar por sus labios, y de vez en cuando el vaso hacía que le dolieran los dientes. Nina oyó cómo tragaba su garganta. Se detuvo y lanzó una sonrisa. Después de haber bebido limpió el vaso con su corbata, lo plegó y volvió a ponerle la tapa pasando la anilla por el dedo. Entonces Easter, con un brazo doblado, se lanzó corriendo hacia el montículo verde y subió por él. Nina se dio cuenta de que ella vigilaba el manantial desde arriba. Jinny Love se agachó para beber como una gallina, besando solo el agua.

Easter era la dominante entre las huérfanas. Realmente, no era mala chica. La que se llamaba Geneva robaba, por ejemplo, pero Easter era dominante por sí misma, por la manera en que se quedaba quieta a veces. Todas las huérfanas eran curiosas y estoicas a la vez; en un momento amaban todas las cosas con exceso, al otro se retraían, herméticas como duros capullos verdes que crecen en una dirección equivocada, cerrándose al moverse. Pero era como si Easter les enviara una señal.

Ahora estaba allí arriba, quieta, mirando el manantial. Easter, qué nombre tan vulgar; Jinny Love Stark fue la primera en comentarlo. Era de estatura mediana, pero sus cabellos parecían levantarse en las sienes, los llevaba cortos y como alambres y el tupé la hacía casi tan alta como Jinny Love Stark. El cabello del resto de las huérfanas era más claro que sus frentes quemadas por el sol, liso y como estopa, el verde amarillento de las barbas del maíz que se oscurecía volviéndose negro en las raíces y sombras, con flequillos que parecían descoloridos como el cabello de los niños pequeños y de los viejos; lo tenían así de trabajar en el campo. El cabello de Easter era de un dorado apagado.

En la nuca, bajo los cabellos, tenía una señal en la piel como la marca que deja una pulsera de oro en un brazo. Las niñas de Morgana quedaron encantadas al averiguar lo que era: un anillo de roña.

Les gustaba contemplarlo o recordar, demasiado tarde, lo que era; como ahora, cuando Easter se agachó para beber y después se alejó del manantial. Les gustaba caminar detrás de ella y ver su espalda, que les parecía espectacular, desde su cabeza con tupé dorado hasta sus duros y resistentes talones. El señor Nesbitt, de la clase de Biblia, tomó a Easter por la muñeca, la volvió hacia él y la miró fijamente. Le empezaban a crecer los pechos. Lo que hizo Easter fue morderle la mano, la mano de la colecta. Era maravilloso tener con ellas a alguien tan audaz, aunque hasta ahora no comprobadamente mala. Cuando el pequeño paraguas de plomo fundido de Nina, que tenía el tamaño de un trébol, un regalo que venía dentro de una caja de palomitas acarameladas, fue robado la primera noche de la acampada, fue cosa de Geneva, la amiga de Easter.

Jinny Love, después de limpiarse la cara con un pañuelo hecho a mano, sacó una baraja de naipes que ocultaba en el bolsillo de la blusa. Los dejó caer sobre un lugar arenoso al lado del manantial; eran de un azul fuerte.

—Vamos a jugar al casino. ¿Te llaman Easter?

Easter saltó desde lo alto del montículo. Se les acercó.

—¿Qué es eso del casino?

—Muy bien, entonces, ¿a qué quieres jugar?

—Bueno, podríamos jugar al clavo.

—¡No sé jugar a eso! —gritó Nina.

—¿Para qué quieres saberlo? —dijo Jinny Love haciendo un círculo.

Easter sacó una navaja y con su uña rota hizo salir tres cuchillas.

—¿Llevas eso contigo en el orfanato? —preguntó Jinny Love con cierto respeto.

Easter se dejó caer sobre sus rodillas con cicatrices y de color coral. Vieron la suciedad.

—Todas de rodillas si queréis jugar al clavo conmigo —fue su respuesta—, y cuidado con las manos y las caras.

Se agacharon en la arena cubierta de agujas de pino. Las vivaces y atareadas hormigas estaban por todas partes. Si alguien las miraba de reojo podrían parecerle ponis coléricos y anaranjados cabalgando en agujas de pino. Geneva se escurría por detrás de los árboles, pero no se acercaba ni intentaba participar en el juego. Hacía como si estuviera cogiendo larvas de hormiga. La navaja saltaba y vibraba sobre la arena alisada por la mano de Easter.

—No sé cómo se juega, pero te apuesto a que gano —dijo Jinny Love.

Los ojos de Easter al levantarse no eran ni castaños ni verdes, ni de gato; tenían algo metálico, un metal liso y antiguo, y no se podía ver lo que tenían dentro. El abuelo de Nina tenía una caja con monedas de Grecia y Roma. Los ojos de Easter aquel día podían ser de Grecia o de Roma. Jinny Love dejó de interesarse por ellos y se concentró en mirar cómo Easter lanzaba la navaja. El color de los ojos de Easter podía haber sido encontrado en un lugar lejano —remoto, bajo hojas perdidas—, tan extraño como el color pintado de las hormigas. En lugar de puntitos negros, en el centro de sus ojos podía haber habido cabezas de mujeres antiguas.

Easter, que había jugado muchas veces, fue la que ganó. Movió la cabeza afirmativamente y aceptó el pasador para el pelo de Jinny Love y una pluma de gallo de Nina que pasó a su oreja.

—No me sorprendería que hubieras hecho trampa, y no sé qué nos habrías podido dar si hubieras perdido —dijo pensativamente Jinny Love, pero con una admiración casi fantástica en ella.

El comentario que acompañó la victoria no afectó a Easter, que apenas le hizo caso. Su indiferencia movió a Nina a echarse para atrás y ponerse a escuchar el manantial, con su sonido infinito, y a mirar cómo la luz de julio, que se parecía a unos pájaros púrpura y amarillos, oscilaba bajo los árboles cuando soplaba el viento. Easter volvió la cabeza y su nueva pluma se irisó, cambiante. Un negro enjambre de abejas pasó por el aire lanzando una sombra en forma de embudo, como un visitante llegado de ninguna parte, de otro planeta.

—Vamos a tener que jugar para ver de quién será el vaso —dijo Easter balanceándose sobre sus rodillas.

Nina se puso en pie de un salto e hizo la rueda. Contra el verde y azul giratorio su corazón latía con fuerza mientras tocaba ligeramente el suelo.

—Has estropeado el juego —dijo Jinny Love a Easter—. No conoces a Nina. —Recogió los naipes—. Se diría que ese vaso está hecho de oro de catorce quilates y no que es un vaso guardado en una vieja maleta.

—Lo siento —dijo Nina sinceramente.

Mientras las tres daban la vuelta al lago, un pájaro que volaba por la orilla opuesta lanzó un graznido, luego se metió entre los árboles y remontó el vuelo, graznando otra vez.

—¿Lo oís? —preguntó una de las negras, que pescaba en la orilla; era Twosie, la hermana de Elberta, que les habló como si se hubiera estado desarrollando una larga, larguísima conversación, en la que solo se atrevía a intervenir con sus mejores modales—. ¿Sabéis por qué? ¿Sabéis por qué en el cielo dice «Espíritu, Espíritu»? ¿Y luego se lanza y dice «Fantasma»?

—¿Por qué lo hace? —preguntó Jinny Love con voz desconfiada.

—Vosotras lo sabéis, yo no lo sé —dijo Twosie, con su vocecita aguda y desamparada, y luego cerró los ojos. Parecía que no iba a decir más. En los días agradables existe el peligro de un encuentro triste, el peligro real de que ocurra—. No sé por qué lo dice. —Twosie habló lastimosamente, como si la estuvieran acusando de algo. Suspiró—. No tenéis los ojos bien abiertos. Vosotras no sabéis lo que hay en el bosque.

—Bueno, ¿nos lo dirás?

—Vosotras pasáis justo al lado de hombres con grandes escopetas, que pueden salir de un salto.

Vosotras no los oléis.

—¿Te refieres al señor Holifield? Es una linterna lo que lleva. —Nina miró a Jinny Love para que lo corroborara. El señor Holifield era el encargado, o simplemente «el hombre que es necesario tener en el campamento». Para encontrarle había que llamar durante un largo rato en la caseta de barcas de la Legión Americana. Dormía como un tronco—. No tiene ninguna escopeta para salir detrás de nosotras.

—Sé a qué te refieres. Oigo a esos chicos. No son más que unos grandullones, los gemelos MacLain o alguien así, ¿por qué vamos a preocuparnos por ellos? —Jinny Love tenía una ramita metida en la espesa estopa del pelo de Twosie, le daba golpecitos y lo removía suavemente. Hacía como si pescara en la cabeza lanuda de Twosie—. ¿Por qué no tienes miedo tú?

—¡Claro que lo tengo!

Los párpados de Twosie aletearon. Parecía estar pescando en sueños. Mientras miraban su figura agachada y fiel, de la cual colgaba una larga caña, un apéndice firme, humilde y paciente, todas sus pasiones volvieron volando hacia casa y se apiñaron y acurrucaron para descansar.

Al volver al campamento, Jinny Love le contó a la señorita Moody lo de la navaja grande. Easter la entregó.

—No quise decir que no podías beber de mi vaso —dijo Nina, que la esperaba—. Pero tienes que sostenerlo con cuidado, gotea. Está grabado.

Easter ni siquiera lo miró, aunque Nina lo hizo colgar de su dedo bajo sus propios ojos. No dijo nada, ni siquiera «Es bonito». ¿Pensaba en el vaso? O si no, ¿en qué pensaba?

—A veces las huérfanas se comportan como sordomudas —comentó Jinny Love.

III

—¡Nina! —Jinny Love susurró desde el otro lado de la tienda, durante la siesta—. ¿Qué estás leyendo?

Nina cerró La recreación de Brian Kent. Jinny Love ya se acercaba, pasando por encima de los catres que casi se tocaban, al de Nina; andaba de rodillas y se cayó encima de Gertrude, Etoile y ahora Geneva.

Al caerle encima Jinny Love, Geneva suspiró. Su rostro dormido tenía aspecto de querer estar despierto. Dormía igual que nadaba, en ropa interior, con las piernas y los brazos en posición de correr, y sus costillas subían y bajaban frenéticamente; su pecho se abría y cerraba como una cajita sin un momento de descanso. La humedad de la tarde había puesto nacarinas sus mejillas y sus dientes de gatita todavía más. En el momento en que Jinny Love le pasó por encima y la ocultó, a Nina le pareció que aún estaba viéndola; hasta la cicatriz de la vacuna parecía demasiado grande para ella.

Nadie se despertó porque le pasaran por encima, pero después de que Jinny Love se tumbara en la cama con Nina, Easter hizo un sonido soñoliento con retraso. Ni siquiera estaba en la línea de marcha; dormía en un catre junto a la puerta, curvada como una concha, con los brazos sobre la cabeza. El sonido que había hecho era interior —volvió a hacerlo—, de una coincidencia tan completa y fiel con la cosa soñada que Nina y Jinny Love se cogieron las manos y se miraron con rostros burlones.

Más allá del catre de Easter la corona de la tarde fulguró y se levantó con tal intensidad que atravesaba los párpados. Fuera no había nada más que luz. Bueno, y algunos negros que parecían sus únicos habitantes. Elberta pasó lentamente a través de la luz, llevaba un cubo de desperdicios para tirar al agua como si meciera un bebé en sus caderas; la bronca que iba a recibir después por hacerlo sería buena. Su sombrero de paja formaba espirales naranjas y violetas como una peonza.

Más allá, al fondo de una vasta extensión de luz intolerable, había una motita de algodón negro.

Twosie se había situado al filo de todo, y dormía y pescaba.

Al cabo de un rato apareció Exum, con su caña de pescar. Sabía bailar en una baldosa; Elberta decía que había trabajado para un ciego. Exum era listo para sus doce años; demasiado listo.

Se había encontrado el sombrero que llevaba puesto, y nadie sabía quién era el dueño. Era un sombrero que se diría nuevo, la cinta interior rellena de cáscaras de cacahuete para achicarlo, y Exum parecía un pequeño cacahuete negro bajo sus alas. Lo llevaba muy echado para atrás, de manera que semejaba ir detrás de él, sobre un tacataca, quizá, como las cartucheras para llevar monedas sueltas que había en la tienda de Spights.

Los quejidos y las palabras de Easter, prolongadas o a medias, llenaban toda la tienda, como el calor. Nina observó que profería las palabras de tres en tres, como el lamento de la paloma del bosque.

Nina y Jinny Love estaban tumbadas, sin decir palabra, aspirando por partida doble el ya fuerte olor del aceite contra mosquitos Sweet Dreams, sumidas en un trance de resistencia durante la hora de la siesta. Entrelazadas —como si ellas fueran también huérfanas— miraron más allá del catre de Easter y la puerta como si otearan, a través de un largo telescopio, una estrella incandescente, y vieron la espiral del sombrero de Elberta y a Exum saltando sobre un palo, bailando en una nube de polvo. Escuchaban las zambullidas y el chapoteo intermitente de Loch Morrison en el lago y la voz de Easter hablando otra vez en sueños, con palabras ininteligibles.

Aunque Nina y Jinny Love hacían muecas a no sabían qué, Easter lo aprobó; estaba totalmente de acuerdo.

Sonó la trompeta para ir a nadar. Geneva dio un salto tan fuerte que se cayó de su catre. Nina y Jinny Love, que estaban encajadas como dos hojas prensadas, se separaron de sopetón. Cuando Easter, a la que tuvieron que sacudir, se incorporó soñolienta y atontada en su catre, Nina se le acercó sonriendo.

—Escucha. Despiértate. Puedes usar mis zapatillas de baño hoy.

Sintió que sus ojos se ponían vidriosos ante tamaña bondad al ofrecerle sus lacias zapatillas rojas, que colgaban como bananas ante la mirada de Easter. Pero Easter volvió a dejarse caer sobre el catre y estiró las piernas.

—No me interesan tus zapatillas. No tengo por qué ir al lago si no quiero.

—Tienes que ir. Nunca había oído nada igual. ¿Quién te escogió? Tienes que ir —le dijeron todas a la vez.

—A ver si podéis llevarme.

Easter bostezó. Movió los ojos y los hizo girar, le encantaba hacerlo. La señorita Moody pasó y sonrió a todas las que estaban revoloteando en torno al cuerpo pasivo y rebelde de Easter. Desde el principio la señorita Moody tuvo miedo de que alguien desafiara su dignidad de concejala, y lo demostró entonces pasando de largo ante la tienda, casi como si no quisiera ser vista.

—Bueno, yo lo sé —dijo Jinny Love acercándose lentamente—. Sé lo mismo que tú, Easter. —Comenzó un giro que la llevó a marchar a la pata coja alrededor del palo de la tienda, como si bailara una danza india—. No tienes que ir, si no quieres ir. Y si no es cierto, tampoco tienes que ir.

Les envió un beso con las manos.

Easter permanecía en silencio, pero si hubiera gruñido al despertarse, solo se habría imitado a sí misma.

Jinny Love se puso el gorro de baño, que cedió y le tapó los ojos. A pesar de su ceguera, gritó:

—Así que no debes pensar que eres la única, Easter, no siempre. ¿Qué dices a eso?

—Me importa un rábano —respondió Easter, que siguió tumbada con los brazos abiertos.

—Vamos a saltarnos la clase de cestería —dijo Jinny Love a Nina al oído, ya entrada la semana.

—Me parece muy bien.

—Estupendo. Van a pensar que nos hemos ahogado.

Salieron por la parte trasera de la tienda, descalzas; sus pies ya se habían encallecido bastante.

Allá abajo, en la hamaca, la señorita Moody leía La recreación de Brian Kent. (Nadie sabía de quién era aquel libro, lo encontraron allí, con las tapas abarquilladas como peinetas. Quizá quien intentara leerlo en el lago de la Luna se sintiera engañado por su título, que parecía tratar de la vida en el campamento; era lo que le pasó a Nina, que lo dejó muy pronto.) Gato, el gato de los negros, tomaba el sol sobre un poste y cuando se acercaron bajó de un salto, como algo vertido de una botella, y las acompañó adelantándoseles.

Descendieron despacio por la colina, más allá de donde estaba la tienda de Loch Morrison, y tomaron el sendero hacia la ciénaga. Marcharon en fila india entre dos muros; levantando los brazos podían tocar las piedras que contenían la ciénaga. Los dedos de sus pies levantaban nubes de polvo que tenía un tacto como el del talco que los vendedores echan en los guantes de cabritilla, según dijo Jinny Love dos veces. A la altura de sus ojos había hojas de ricino en forma de dedos, que surgían como las manos gitanas que abren las cortinas de la parte trasera de sus carros, y arrugadas y empolvadas como la cara de una adivina.

Los mosquitos las atacaron; Sweet Dreams duró muy poco. El zumbido se alzó como una voz diciendo: «No quiero…». A espaldas de las niñas, zanahorias silvestres, matas de saúco y de zarzamora, opresivamente cargadas de flores y frutas y que olían a serpiente, pendían sobre la zanja y las tocaban al pasar. El fondo de las zanjas era azul o verde, seco y resquebrajado como un florero caído.

—Espero que no nos encontremos con negros —dijo Jinny Love alegremente.

Magnolias, cipreses, liquidámbares y robles y arces de pantano se apretaban formando un denso muro, y aún quedaba espacio para otro muro de enredaderas; estas se espesaban en el suelo, subían y enlazaban los árboles y el muérdago colgaba, liso y negro, de sus copas. Volaban zopilotes de un lado a otro de la ciénaga, como si pudieran elegir; cruzaban, andrajosos, por el cielo y arrojaban su sombra sobre el sendero, o se posaban juntos en la rama solitaria de un plátano, blanca como la luna. Más cerca del oído que las palabras que se forman en los labios, llegaban los sonidos de la ciénaga; más cerca del oído y más cerca de la mente soñadora. Para Jinny Love, que empezó a brincar, formaban una graciosa canción. Los períodos de silencio parecían roncos o enfermos de ronquera, de algún modo inexplicable, como si el mundo pudiera detenerse. Gato estaba cazando algo en el borde negro de una zanja. Los pinchos no le molestaban, era como si cedieran bajo su larga barriga en forma de barca.

El sendero volvió a serpentear y delante de ellas, paseando, apareció Easter. Geneva y Etoile jugaban a su lado, empujándose mutuamente fuera de su sombra, pero cuando vieron quiénes venían detrás se volvieron y corrieron hacia el campamento, en zigzag, como pollos, dejando una nube de polvo al pasar.

—¡Tenía que ser ella! —exclamó Jinny Love.

Easter siguió despreocupadamente su camino, tenía el vestido manchado por detrás de verde; mientras caminaba comía algo que tenía en la mano.

—La alcanzaremos pronto, no corras.

La razón de que las huérfanas fueran como eran estribaba en que nadie las vigilaba, pensó Nina, que sintió una extraña desazón, como si fuera una intrusa. Nadie podía pedirles cuentas. Easter no tenía que dar cuentas a nadie, ni siquiera cuando las vigilaban. ¡A nadie le importaba! Así pues, aquel estado de felicidad tenía que ser maravilloso para ella.

—¿Adónde vas?

—¿Podemos ir contigo, Easter?

Easter, con los labios manchados de moras, les dijo que el camino no era suyo.

Caminaron juntas, llevándola en medio. Aunque automáticamente le sacaron la lengua, la cogieron por la cintura. Ella toleró aquella intimidad durante un rato; olia a almidón de huérfana, y a sudor, un sudor natural y extraño como el de un bebé dormido, y en sus sienes, muy cerca de los ojos de las otras dos, su piel era tan transparente que se veía una venita debajo, latiendo. Parecía muy tierna y frágil de cintura para caminar tan reciamente, mientras la llevaban agarrada.

Las enredaderas, de un verde magnífico y festoneado, cubrían los árboles, jugaban sobre ellos como fuentes. Había charcos de agua bajo ellas, azul oscuro, con redes de nenúfares medio cerrados encima. Sobre las ramas horizontales de los cipreses crecía una especie de pelusa verde pálida como las plumas de los pájaros.

Llegaron a una pequeña granja, la última antes de que el lodo lo cubriera todo, nada más que un fragmento de algodón en flor, una casa de fachada blanquecina, un patio limpio con una pequeña bomba hidráulica de hierro, puesta en medio, como un gallo negro. Eran blancos; una vieja que llevaba una papalina salió de la casa con un cubo galvanizado y lo llenó en el patio. Era un pretexto para ver quién pasaba.

Easter, apartándose de las otras, levantó a medias un brazo y dando media vuelta por un momento saludó dos veces. Pero la vieja era más orgullosa que ella.

—¿Os gustaría vivir aquí? —preguntó Jinny Love.

Gato seguía bordeando el bosque delante de ellas y de vez en cuando desaparecía en un túnel de maleza. Cuando surgía de otros túneles él —o ella— levantaba los ojos para mirarlas con un rostro más parecido que nunca a una máscara.

—Hay un atajo hacia el lago.

Easter se apartó de ellas y comenzó a correr hacia delante, hasta que de repente se puso de rodillas y se deslizó bajo una alambrada de púas. Al levantarse, sus pasos se hundían en el lodo.

Nina se libró del brazo de Jinny Love y se fue tras ella.

—Podía imaginarme que querrías que pasáramos por debajo de una alambrada. —Jinny Love se sentó donde estaba, al lado de una zanja, como si lo hiciera sobre una banqueta bordada a mano.

Una vez se puso en pie de un salto, pero volvió a sentarse—. ¡Tontas, tontas! —llamó—. Me parece que gracias a vosotras me he torcido el tobillo. ¡No podría andar por el lodo aunque quisiera!

Nina y Easter, deslizándose bajo una segunda e inesperada valla, siguieron, tambaleándose y sintiendo cómo se hundían sus pies, y llegaron a los árboles. Dejaron atrás a Jinny Love de esa manera tan cruel en que personas e incidentes son echados a un lado durante un sueño, como flores gratuitas arrojadas desde una carroza en un desfile. La ciénaga lo rodeaba todo, oscura y a la vez vívida, alarmante; era como estar dentro de un baúl que respiraba y que podía volverse contra uno.

Después estaba el lago de la Luna, de aspecto enteramente diferente. Easter subió la ligera pendiente, llegó a la cumbre rosada y verde y vio el inocente paisaje. Reinó el silencio hasta que, ominosamente, se oyó un débil chapoteo.

—¿Has visto a la serpiente al caer al agua? —preguntó Easter.

—¿Serpiente?

—Desde aquel árbol.

—Te la regalo.

—¡Ahí está: sube! —señaló Easter.

—A lo mejor es otra —objetó Nina con voz de Jinny Love.

Easter miró a ambos lados, escogió, y caminó por la cumbre rosada de arena con su labio purpúreo, su sombra azul vagando. Desapareció tras la curva y fue directamente hacia un viejo bote gris. ¿Sabía que estaría allí? Se hallaba entre unos juncos, con el aspecto misterioso de las cosas que encuentras inesperadamente, en el lugar apropiado para un viejo bote. Easter se metió dentro y pasó saltando hasta el asiento más lejano, que estaba sobre el agua, se dejó caer y se estiró hacia atrás con los dedos de los pies como garfios. Parecía que iba a caerse. Levantó un brazo, doblándolo sobre su cabeza, y lo bajó hasta que tocó el agua con un dedo.

Las sombras de las hojas de sauce se movían suavemente sobre la arena, como medias lunas alargadas de color azul oscuro. El agua, inmóvil, tenía un color gris plateado, moteado aquí y allá por estacas purpúreas, aunque donde el sol la besaba, el lago parecía violentamente agitado, casi como si estuviera hirviendo. Seguramente una pequeña astilla daría vueltas y más vueltas en él.

Nina se dejó caer en el moteado banco de arena. Parpadeó, entrecerró los ojos y el mundo pareció iluminado por la luz de la luna.

—Ya estoy aquí —les llegó la voz de Jinny Love. No había tardado mucho. Llegó andando a tirones, siguiendo sus huellas por el banco de arena, su larga y suave melena alzándose como una falda cogida por el viento en campo abierto—. Pero no me apetece sentarme en una barca agujereada —dijo—. Prefiero la tierra firme.

Se sentó en el mismísimo lugar donde Nina estaba escribiendo su nombre. Nina movió el dedo y dibujó una larga flecha hasta un nuevo sitio. La arena era gruesa como abalorios y llena de diminutas conchas, algunas de la forma exacta de una trompeta.

—¿Queréis que os cuente lo de mi tobillo? —preguntó Jinny Love—. No está tan mal como temía. Desde luego que habéis escogido un sitio extraño, he visto a un búho. Este sitio huele a sótano de colegio, a pis y viejos borradores.

Luego se calló, con la boca ligeramente abierta, y se quedó en silencio, como si se hubiera apagado algo dentro de ella. Con ojos suaves, su mirada abarcó a Easter, la barca y el lago, y su largo rostro ovalado quedó vacío.

Easter estaba echada, mecida por el suave movimiento de la barca, la cabeza descansaba sobre su mejilla. Esta vez no saludó a Jinny Love. ¿Vería la gota de agua que colgaba de su dedo levantado?

¿Formaba un arco iris? No para Easter; tenía los ojos en blanco, pensó Nina. Su mano escribió en la arena. Nina. Nina. Nina. Al escribir soñaba que su ser podía salir de sí misma, que en un lugar lejano podía decir a su ser, llamándole por su nombre, que se fuera o se quedara. Jinny Love había comenzado a construir un castillo de arena sobre su pie. En el cielo las nubes se movían no más perceptiblemente que los animales paciendo. Pero con un soplo de viento la barca cabeceó. Easter se incorporó.

—¿Por qué no nos paseamos en la barca? —Nina, tomando una rara e impetuosa iniciativa, se puso en pie—. ¡Venga, vamos! —Mentalmente formó un cuadro, como si fuera una realidad vista desde una distancia fortuita y perceptible, en que la barca flotaba donde ella señalaba, allá lejos, en el lago de la Luna, con tres niñas sentadas en sus lugares respectivos—. ¡Allá vamos, Easter!

—Ahora que estoy haciendo un castillo? No voy —dijo Jinny Love—. Además, hay estacas en el lago. Podrían hacernos volcar, ¡ja, ja!

—¡A mí qué me importa, sé nadar! —gritó Nina desde la orilla.

—Sabes nadar del primer poste al segundo. Y eso delante del campamento.

Plantando firmemente los pies en el lodo succionador y lleno de pececillos, Nina apoyó todo su peso contra la barca. Pronto quedó enterrada hasta media pierna; el lodo, como un beso terrible, le chupaba los dedos de los pies y todo su cuerpo se tensó y comenzó a sudar. Las raíces se enredaban en sus pies, llenas de nudos y serpenteando. Algo retenía a la barca, alguna cosa dentro del agua, pero Nina estaba decidida a soltarla. Vio que dentro de la barca había también agua lodosa y que las piernas de Easter, ahora sonrosadas, se ponían a horcajadas. De repente todo parecía fácil.

—¡Se está soltando!

En el último minuto, Jinny Love, que había sacado el pie de debajo del castillo con éxito, fue corriendo hacia la barca y se instaló en el asiento de en medio, gritando. Easter se irguió oscilando con el movimiento de la barca; parecía haber agotado todas sus energías. Su cabeza se bamboleaba pálida y sin forma, como una pera, más allá del rostro sonriente de Jinny Love. No había dicho si quería o no quería ir, seguramente quería; estaba en la barca desde el principio, la había descubierto.

Por un momento, con sus poderosas manos, Nina retuvo la barca. Volvió a pensar en una pera, no de esas corrientes, de carne arenosa, que se encuentran en cualquier huerto, sino las finas, las que se venden en los trenes y son caras, cada una en su cucurucho de papel; peras hermosas, simétricas, de piel fina y carne blanca como la nieve, tan jugosas y tiernas que al comer una te lavas la cara y tan delicadas que cuando estás comiendo a toda prisa una mitad, la otra adquiere un color parduzco.

Algo pasaba con algunas frutas y de modo especial con las peras finas. Era un proceso tan rápido que nunca te daba tiempo. No son las flores las efímeras, lo son las frutas: en cuanto están en su punto ya empiezan a pasarse. Hasta recordó el verso: «Peral que está en la puerta del huerto, ¿cuánto tiempo más debo esperar?». Se suponía que eran las peras las que preguntaban, no el que las recogía.

Luego se metió en la barca y la hizo balancearse.

—¿Y ahora qué? —preguntó Jinny Love.

—Para mí está muy bien —dijo Nina.

—¿Sin remos? ¡Ja, ja!

—¿Por qué no me lo dijiste, eh? Pero no me importa.

—No eres tan lista como crees.

—Espera hasta que veamos adónde vamos.

—Supongo que te acuerdas de que Easter no sabe nadar. Ni siquiera es capaz de tocar el agua con el pie.

—¿Para qué sirve entonces una barca?

Pero un suave tirón puso fin a su periplo. Nina, con el entrecejo fruncido, miró hacia abajo.

—¡Una cadena! ¡Una vieja y estúpida cadena!

—¡Mira lo lista que eres!

Nina arrastró la barca hacia la orilla otra vez —¡por supuesto, nadie la ayudó!—; se quemó las manos con la cadena y se puso de rodillas intentando liberar el otro extremo de la barca. Observó a través de las cañas que la cadena daba varias vueltas a un viejo tronco, parcialmente tapado por la vegetación. La barca llevaba amarrada a la orilla tal vez desde el pasado verano.

—No vas a conseguir nada dándole golpes —dijo Jinny Love.

Una libélula revoloteaba sobre sus cabezas. Easter esperaba sin más en su extremo de la barca, no parecía afectarla en absoluto la desilusión. Si aquella iba a ser su barca, Easter sería el mascarón de proa, de espaldas, con el rostro mirando al cielo. No quería ser su pasajera.

—Creías que ya estaríamos todas en medio del lago de la Luna, ¿no? —dijo Jinny Love desde su asiento para señoras—. Pues mira dónde estamos.

—¡Oh, Easter, Easter! ¡Ojalá tuvieras tu navaja todavía!

—No volvamos todavía —dijo Jinny Love desde la orilla—. No creo que se hayan dado cuenta de que faltamos.

Empezó a hacer un castillo sobre el otro pie.

—Me dais asco —dijo Easter de repente.

—Nina, hagamos como si Easter no estuviera.

—¡Pero si eso es lo que ella está haciendo!

Nina cavó en la arena con un palito, primero escribió «Nina», luego «Easter».

Jinny Love parecía atónita, dejando que la arena se le escapara de los dos puños. ¿Cómo podía saber lo que estaba haciendo Easter?

La mano de Easter descendió y borró su nombre; también borró «Nina». Tomó el palito de la mano de Nina y con un gesto formal, como si de otra manera pudiera revelar demasiado, escribió para sí misma. Escribió con letras claras y rectangulares la palabra «Esther» sobre la arena. Luego se puso en pie de un salto.

—¿Quién es? —preguntó Nina.

Easter puso su pulgar entre sus senos y comenzó a pasearse.

—Yo digo que esta es Esther.

—Llámala Esther si quieres. Yo la llamo Easter.

—Bueno, siéntate…

—Yo me puse el nombre.

—¿Cómo pudiste? ¿Quién te dejó?

—Me he dejado yo.

—Easter, te creo —dijo Nina—. Pero quiero que lo escribas bien. Mira: E-A-S…

—Me da igual.

—A mí me pusieron el nombre por mi abuela materna, así que me llamo Jinny Love. No podía ser de otro modo. Y no hay nada mejor. ¿Lo entiendes? Easter no es un nombre de verdad. No importa cómo lo escriba, Nina, nadie ha oído nunca ese nombre. Nadie de por aquí.

Apoyó la barbilla sobre su castillo.

—Es mío.

—Mira cómo es cuando está bien escrito. —Nina tomó el palito de los dedos de Easter y comenzó a escribir, pero tenía que protegerlo con su cuerpo contra ella—. ¡Si está bien escrito es de verdad! —gritó.

—Bien escrito o mal escrito, es vulgar —dijo Jinny Love—. Pero me da igual. Lo único que me preocupa es que no voy a llegar a casa a tiempo para los higos.

—¡Easter es verdaderamente bonito! —dijo Nina distraídamente. De repente tiró el palito al agua, antes de que Easter pudiera arrebatárselo, y se quedó flotando en un crisol de agua soleada—.

Creía que te lo pusieron el día que te encontraron en la puerta —dijo taciturnamente, hasta con desconfianza.

Easter se sentó por fin y con movimientos lentos y cuidadosos de sus palmas se frotó las viejas picaduras que tenía en las piernas. Movió arriba y abajo el tupé de su cabello, y luego de un lado a otro, rítmicamente. Easter nunca contaba nada a menos que tuviera que hacerlo, pero tampoco pedía explicaciones. Solo tenía esperanzas. Esperaba no tener que lamentarse nunca de nada. ¿O no era así?

—No tengo padre. No llegué a conocerlo, se fue. Solo tengo madre. Cuando aprendí a andar me cogió de la mano y me llevó, de eso me acuerdo. Seré cantante.

Fue Jinny Love, que empezó a carraspear, quien liberó a Nina de su apuro. Fue Jinny Love, fugándose, hundiendo su dedo en el castillo, quien se mostró ahora amable, haciendo como que Easter no había hablado. Nina dio un golpe en la cabeza de Jinny Love. ¡Qué hermoso y caliente era su cabello! Como vidrio caliente. Sacó su tierno pie del castillo, que se deshizo. Se preguntó si se desharía la cabeza de Jinny Love. Imposible. No puedes aprender nada con la cabeza.

—¡Ja, ja, ja! —gritó Jinny Love devolviendo el golpe.

Durante un momento se pelearon y golpearon. Luego se quedaron quietas, las dos inclinadas sobre el castillo de arena, tumbadas y mirando al cielo por el que ascendía la torre blanca de una nube.

Alguien se movió; Easter se llevó a los labios un trozo seco de enredadera cortado en los tiempos en que tenía una buena navaja. Sacó una cerilla de cocina de su bolsillo, la encendió y fumó.

Se sentaron y la miraron fijamente.

—Si quieres ser cantante, esa no es la manera de empezar —dijo Jinny Love—. Hace que los chicos no crezcan.

Easter volvió a tener aspecto de dormida en las sombras que bailaban, excepto por lo que salía de su boca, más misterioso casi que las palabras.

—¿Queréis probarlo? —preguntó, y aceptaron. Pero sus trozos de enredadera se apagaron.

Jinny Love, que no dejaba de mirar a Easter, acarició la idea de chivarse que había fumado, mientras el sol, incluso a través de las hojas, enrojecía su pálida piel y parecía la más hermosa de todas; sintió la tentación de contarlo.

—Cuando la acampada haya terminado, Easter, me seguiré acordando de ti —dijo al fin.

De la espesura del bosque llegó un sonido fantástico, seguido de un trémulo silencio, una retención de aire.

—¿Qué es eso? —gritó Easter con voz aguda. Su garganta se estremeció y la venita de su sien saltó.

—Es el señor Loch Morrison. ¿No sabías que tenía una trompeta?

Hubo otro sonido fantástico y un silencio gentil y distinto. El bosque pareció correr tras él, como si el mundo se desquiciase. Nina vio al muchacho en la distancia, con su trompeta dorada enhiesta, mirando hacia el cielo. Unos minutos antes su mirada había escapado del presente y de aquella escena; ahora colocó al trompetista donde podía verlo.

—¡Deja de soplar! —gritó Jinny Love, que se puso en pie, se tapó los oídos y empezó a dar saltitos por la orilla del lago de la Luna—. ¡Cállate! ¡No estamos sordas! Vamos —dijo prosaicamente a las otras dos—. Ya es hora. Supongo que ya se habrán preocupado bastante. —Sonrió—. Aquí viene Gato.

Gato siempre cazaba; había algo en la boca de él —o ella—, un par de patitas o garras bailaban bajo sus bigotes levantados. Gato no tenía un aspecto especialmente triunfante; solo de que ya había terminado.

Se alejaron de su pequeña barca.

IV

Una noche clara, los campistas encendieron una hoguera más arriba del manantial, cocinaron la cena con leña y después de diferentes actuaciones, un recitado de «Cómo trajeron las buenas noticias de Gante a Aix» por Gertrude Bowles y las típicas historias de fantasmas, se pusieron en pie en la colina y dejaron caer su última canción sobre los bosques: «Little Sir Echo».

Apagaron el fuego y ya no quedó ningún punto rojizo, ningún círculo. Sentían la presencia de la noche, una bestia entre telarañas, sin brillo ni perfil, un mero adorno, como los anillos, o los pendientes…

—¡Marchen! —gritó la señora Gruenwald, y bajó a grandes zancadas el sendero seguida por las niñas. Se pusieron en fila, pisando las agujas de pino todavía calientes, sin hacer ruido. No muy lejos se oía el crujido de las ramitas, pequeños y penosos ruidos; Loch Morrison, que no sabían si había cenado, vagaba por ahí, enfurruñado, solitario.

Nadie necesitaba la luz. El cielo nocturno lucía pálido como una uva verde, transparente como la carne de la uva, sobre cada árbol. Todas las niñas vieron grandes polillas —hermosas como señoras, con las largas piernas de sus alas— y otras más pequeñas, casi como trozos de corteza. Y una vez, contra el fondo de la noche, ante los ojos de la hermana pequeña de los Spights, que gritó al verla, apareció una araña, un cuerpo no menos misterioso que la uva del aire y solo un poco diferente.

Por todas partes volaban las luciérnagas. Nubes, árboles, islas de ellas, como lámparas de poca potencia; hasta entraban en las tiendas por equivocación. Las estrellas apenas se mostraban en el pálido cielo; parecían muy pequeñas y ajenas a aquel mundo rutilante. Un mundo que continuaría siendo rutilante mientras aquellas muchachas siguieran despiertas y no cerraran los ojos. Y la luna, que no podía faltar, brillaba.

El lago de la Luna surgió, como una inundación, debajo de la colina; bajaron el sendero. La señorita Moody solía pasear por él en barca, y a veces lo hacía con alguien del pueblo, como «Rudy» Spights o «Rudy» Loomis, y se les veía a la deriva, a la luz de la luna, sobre la lisa y brillante superficie. («Y ella deja que la abracen, así», les informó Jinny Love. «Así», repitió, y cogió nada menos que a la quisquillosa Etoile. «¡Aparta tus manos!», exclamó Etoile.) Por dos veces Nina había visto la silueta de la barca sobre el agua brillante, con una figura en cada extremo, como una mariposa oscura con las alas extendidas y quietas. ¡No la vería aquella noche!

Aquella noche solo había negros pescando. ¡Pero sus barcas estarían llenas de peces plateados!

Nina se preguntaba si no sería la lentitud y la casi inmovilidad de las barcas en el agua lo que las hacía tan mágicas. Su barquita entre los juncos, por la tarde, no había estado, después de todo, tan lejos de aquella maravilla. El agua y el cielo, la luna y el sol, continuaban girando, y en medio había una mágica irresolución, la de la barca. Y más que ir la barca a la deriva por el mundo, era el mundo el que, al advertir la presencia de la barca, olvidaba todo y se dejaba llevar. Lo soñado cambia de sitio con el soñador.

De vuelta del bosque iluminado por la luna, la fila de niñas se fue introduciendo en las tiendas, que estaban más calientes que un bolsillo de tela. Sin plan para aquella noche, la señorita Moody encendió las velas; sobre un estante quedaron a la vista su cepillo de dientes en un vaso, su polvera de celuloide pintada a mano, su crema de miel y almendra, su colorete, sus pinzas para las cejas y, al final de la fila, su botella de Compound, que contenía unicornio verdadero, unicornio falso y un poco de raíces de la planta de la vida.

La señorita Moody, con el entrecejo fervorosamente fruncido, como para impedir cualquier interrupción, cantó con suave trémolo, mientras frotaba a las niñas de la fila con Sweet Dreams.

¡Perdóname!
¡Oh, por favor, perdóname!
¡No quería hacerte
llorar
Te amo y te necesito…

Las niñas se retorcían, se inclinaban y levantaban silenciosamente sus camisones mientras ella cantaba. Luego, cuando se volvían hacia ella, veían sus mechones de cabello muy cardado y aquellas cejas que parecían pintadas para siempre con la raya elevada propia de los adultos que ansían algo.

¡Haz lo que quieras, pero no digas adiós!

Mecánicamente, estuvieron a punto de decir: «¡Adiós!». Sus manos las frotaban y les daban golpecitos mientras cantaba, las acariciaba a todas por igual, como si la niñez no fuera algo infinito, sino un bien perecedero. («Tengo cosquillas», le decía Jinny Love todas las noches.) Su mirada suplicante les parecía infinitamente peligrosa. Su voz tenía el vaivén de un acróbata en medio del alambre, incluso cuando cantaba dentro del camisón al metérselo por la cabeza.

Había besos, rezos. Easter, temerosa de pasar frío aquella noche, se acostó con Geneva. Esta, como una libélula, la sujetó por la espalda. Apagaron las velas. La señorita Moody se durmió ostentosamente rápido. Jinny Love lloró sobre su almohada; añoraba a su madre o tal vez a los higos.

Frente a la tienda, un platito lleno de Citronella ardía entre la maleza para ahuyentar a los insectos.

Citronella, un nombre de chica. Iluminado, por supuesto, pero escondido a sus ojos, el lago de la Luna se extendía por la noche. A la luz de la luna a veces parecía correr como un río. Más allá del croar de las ranas se oían los ruidos que hacía una barca amarrada en algún lugar en su vago y torpe intento de alcanzar la playa, los sonidos característicos de lo que está ciego. ¿Han tenido alguna vez ojos las barcas? Nadie velaba para que su pequeña porción de lago se mantuviera cercada por cuerdas y protegida; ¿estaba allí todavía la frágil cuerda tendida entre los postes que se movían en el lodo? La cuerda señalaba hasta dónde podían nadar las niñas. Más allá había aguas profundas, en algunos lugares sin fondo, decía la señorita Moody. Aquí y allá las arenas movedizas borraban las huellas de tus pies y besaban tus talones. Las serpientes, las peligrosas y las inofensivas, jugaban libremente; su paso dejaba una división estelar entre mata y mata: brillante y ondulada, brillante y ondulada.

Nina seguía tumbada como en un ensueño, o se había despertado por la noche. Oyó a Gertrude Bowles suspirar en sueños, el comienzo de su dolor de barriga, y a Etoile empezar, lentamente, a roncar. Ahora puedo pensar entre ellas, se dijo. Ni siquiera podía sentir la desazón de la señorita Moody.

¡La huérfana! , pensó jubilosamente. Otra forma de vivir. Y había más formas secretas. El tiempo es realmente breve, pensó. He estado pensando como las otras. Solo es interesante y digno intentar penetrar en los secretos mejor guardados. Entrar en todas para ser distinta. Convertirse por un momento en Gertrude, en la señora Gruenwald, en Twosie, en un chico. Haber sido huérfana.

Nina se sentó en su catre y miró con apasionamiento lo que tenía delante: la noche, la pálida, oscura, rugiente noche con su andar secreto, la noche india. Sintió que las estrellas, que colgaban como abalorios, la miraban pensativamente.

La pesada noche acechaba en la puerta de la tienda, el amplio pliegue que la cerraba la dejó entrar agachada y se incorporó dentro. Con sus largos brazos, o alas, se situó en el centro, donde estaba el palo. Nina se recostó, apartándose silenciosamente de ella. Pero la noche lo sabía todo sobre Easter. Todo. Geneva la había empujado hasta el borde del catre. La mano de Easter colgaba hacia abajo, abierta para fuera. «Ven aquí, noche», hubiera podido decir Easter, con ternura, a un gigante, a una cosa tan oscura. Y la noche, obediente y grácil, se arrodillaría ante ella. La mano callosa de Easter colgaba abierta allí, hacia la noche, que se había metido completamente en la tienda.

Nina dejó que su brazo se estirara frente al de Easter. Su mano también se abrió, por sí sola.

Permaneció así mucho tiempo, inmóvil, bajo la mirada de la noche, su oscura mejilla mirando inmóvil su mano, la única parte de su cuerpo que todavía no estaba dormida. Su gesto era parecido al de Easter, pero la mano de esta dormía y su propia mano sabía; rehuía y sabía, pero aún ofrecía.

—En lugar de… Yo en lugar de…

En el hueco de su mano, en la piel que la llenaba, en los dedos que estallaban bajo el peso y la inmovilidad, Nina sentía compasión y una especie de rivalidad que se engarzaban en un solo éxtasis, un solo anhelo. Porque la noche era imparcial. O quizá no; la noche podía amar a unos más que a otros, servir a unos más que a otros. La mano de Nina permaneció vigilante largo tiempo, como si sus dedos fueran ojos. Luego se durmió también. Soñó que su mano estaba desamparada entre las fauces depredadoras de algún animal salvaje. Cuando tocaron diana se despertó encima de ella. No pudo moverla, le dio un golpecito y la mordió hasta que, como un enjambre de abejas, le escoció y volvió a tener vida.

V

Habían visto, aunque nadie tenía ni la más remota idea de lo que iba a hacer —y eso era propio de él—, al pequeño Exum subiendo trabajosamente la tosca escalera de corteza para esconderse entre las hojas, todo ojos y frente pensativa.

Exum era algo aparte; era un niño y, para colmo, negro. Se movía continuamente, por un territorio aún más lejano que el de Loch, bajo su tieso sombrero masculino de paja, brillante como un copo de nieve. Veían a Exum, o a su sombrero, yendo de aquí para allá por la orilla de la ciénaga como el corcho de un pescador, ligeramente elevado por la calina y la reverberación del terreno por el que se desplazaba. Exum, persistente como una hormiga, seguía poco a poco el borde de la ciénaga, cargado con su caña y la lata con cebos, para ir a pescar, al otro lado del lago, donde capturaba toda clase de cosas. Cosas, cosas. Se apropiaba de todo lo que encontraba, regocijado, y lo enseñaba con atrevimiento y satisfacción, para guardárselo después con sospechosa alegría. ¿No había nadie que quisiera disputárselo? El explorador le preguntó si podía pescar una anguila eléctrica, y Exum le prometió gustoso que se la regalaría; el desafío duró un recorrido por el agua durante la siesta.

Estaba colgado de la escalera con los ojos abiertos de par en par, tan pequeño que nadie reparaba en él, tan poca cosa en todos los aspectos que difícilmente le hubieran tomado en consideración.

Más allá Easter estaba de pie en el trampolín, por encima de las otras chicas que asistían a la clase de natación. Permanecía inmóvil, descalza y alta, con su vestido estampado, que ya le iba demasiado pequeño, y el cielo como peana. No respondía a las preguntas que le hacían desde abajo.

Las niñas chapoteaban ruidosamente bajo sus pies callosos de color coralino, que colgaban del trampolín.

—¡Cómo vas a bajar de ahí, Easter! —le gritó Gertrude Bowles.

La señorita Moody sonrió, comprensiva, a Easter. ¿Hasta qué punto la señorita Parnell Moody podía seguir siendo su maestra dentro del agua? Se lo preguntaban. Llevaba un gorro de baño amarillo canario, que abultaba sus cabellos, con una mariposa de goma en la parte delantera.

Llevaba sostén y pantis bajo el bañador porque, según Jinny Love, era una persona como Dios manda. No esperaba que surgieran problemas aquel día, sobre todo porque sería el último que pasarían en el lago de la Luna.

Exum se golpeaba los labios con los deditos marchitos, como si estuviera tocando una melodía.

Estiró su brazo estúpidamente largo. Tenía una rama de sauce verde en la mano. Más tarde las niñas dijeron que le habían visto, pero demasiado tarde. Tocó tierna y suavísimamente con la varilla el talón de Easter, con gesto insinuante, típicamente negro.

La niña cayó como si le hubieran dado en la cabeza con una piedra lanzada por una honda. Como recordaron después, su cuerpo, que giró, pareció languidecer en posición recta por un momento, para luego comenzar el descenso. Fue al encuentro del aire azul, que la recibió. Se cayó, como si pasara de mano en mano, hasta el agua lodosa, y a punto estuvo de golpear la cabeza de la señorita Moody; luego desapareció rápidamente. Hubo algo tan concluyente en su desaparición que solo por instinto esperaron un instante a que saliera a la superficie; no salió. Entonces Exum soltó un aullido de niña y se agarró a la escalera como si hubieran encendido un fuego debajo.

Nadie llamó a Loch Morrison. En la orilla, colgó con lentitud su trompeta de un árbol. Estaba completamente descalzo. Dio un salto de rana, y cuando iba por el aire vieron que el sucio polvo que llevaba pegado daba a las plantas de sus pies un color violáceo. Nadó desesperadamente, atravesó por entre las niñas y empezó a buscar a Easter en el lugar donde señalaban todos los dedos.

Las niñas lloraban mientras él buscaba, sus barbillas metidas en aquella mescolanza de agua y bichos que a veces tragaban. Ni siquiera se dignó mirarlas. Permanecía bajo el agua como si el lago bajara como una tapa sobre él cada vez que se sumergía. A veces, con la boca abierta, aparecía con algo tremebundo en la mano, no para enseñárselo a ellas, sino al mundo o a sí mismo: largas cintas de cosas verdosas y horribles, objetos negros e informes, el zapato de nadie. Luego aspiraba y volvía a zambullirse, buscándola. Cada vez que se zambullía Exum se sentía obligado a gritar de nuevo.

—¡Callaos! ¡Largaos! ¡Estáis removiendo el lodo! —gritó una vez Loch Morrison, acusador. Se miraron unas a otras y después de un tremendo berrido todas dejaron de repente de llorar. De pie en el agua parduzca, que les llegaba hasta el tobillo, la cintura, las rodillas, la barbilla, formaban una pequeña V detrás de la señorita Moody, que oscurecía parcialmente su visión con aquel gorro tembloroso como una mariposa. Se sintieron ofendidas. Estaban tan inmóviles que podían haber sido arrastradas hacia el indescriptible cuerpo caluroso del lago que las rodeaba, hasta que sintieran el peso del agua sin corrientes que, de todas maneras, tiraba de ellas. Solo sus sombras, como los bordes abarquillados de un tambor roto, mostraban dónde estaban en el lago de la Luna.

Arriba Exum gritaba, y más arriba aún unas nubes vagas y repelentes, de inquieto corazón, soplaban como peonías. Exum chillaba arriba, abajo, por todos los lados. Hizo que Elberta, furiosa, saliera de la tienda de la cocina, y seguramente la señora Gruenwald, si no estaba ajena al mundo —dormida o leyendo—, iría también, dando saltitos por su sendero favorito. Fue Jinny Love la que bajó dando saltitos y se puso a hacer señales extrañas desde la orilla. La cuidadosa labor de la señorita Moody, vendas blancas, cubría sus brazos y sus piernas: había tocado el jugo de un zumaque venenoso aquella mañana. Al igual que Easter, Jinny Love no tenía ninguna intención de meterse en el lago.

Un «¡Ahhhhhhhh!» salió de las bocas de todas, largo y asombrado, cuando la encontró.

Por supuesto, la encontró, allí estaba el brazo de la chica escurriéndose por la mano de Loch.

Vieron que tiraba de los cabellos de Easter, igual que un niño agarra algo de lo que quiere apoderarse, como si no fuera a consentir que unos invisibles enemigos la cogieran primero. Bajo el agua se reunió con ella. Salió a la superficie y dando tirones como un motor la sacó del lago.

Llegó la señora Gruenwald. Dando saltitos. Se detuvo en la orilla y comenzó a mover las manos.

Su blusa de marinero se levantó mostrando su corsé, que llevaba aflojado. Era rojo. Las niñas no lo olvidarían. Pero su voz era perentoria.

—¡Venga, venga! ¡Fuera del lago, fuera del lago, fuera! ¡Parnell! ¡Disciplina! Marchando.

—¡Una se ha ahogado! —chilló la pobre señorita Moody.

Loch estaba de pie al lado de Easter. La levantó, doblándola, en la orilla, giró el brazo de la chica hacia el otro lado, y de esa forma la sacó por completo del agua antes de dejarla caer, un bulto rodeado de intensa luz. Se sacudió al sol como un perro, se sonó la nariz, escupió, se sacudió los oídos, todo en una especie de trance sosegado que mantuvo a la señora Gruenwald a raya, como si él no se diera cuenta de que interrumpía algo. Exum llamaba a gritos a la señorita Marybelle Steptoe, la persona que dirigía el campamento el último año, que se había casado y vivía en el Delta.

La señorita Moody y todas las chicas salieron del lago. Lentas, agotadas, con los cabellos chorreando agua y las zapatillas de goma chirriando, bordearon la orilla.

Loch se volvió a Easter, la extendió y luego todas pudieron verla de cerca, pero se fijaron en el agua que llevaba en su regazo. El sol caía pesadamente sobre ellas. La señorita Moody corrió alocadamente y tomó el tobillo de Easter y lo empujó, como una mujer con una carretilla. El explorador enlazó los brazos de Easter y la levantó por los hombros. La llevaron en busca de sombra. Un brazo cayó, y se arrastró por la tierra. Jinny Love, con sus deslumbrantes vendas, se acercó corriendo y tomó el brazo de Easter entre las manos. Siguieron en zigzag. Jinny Love, que volvía de vez en cuando la cabeza hacia las demás, corría agachada, sosteniendo el brazo.

La depositaron en la única sombra, la mesa que había bajo el árbol. Era donde comían. La mesa era casi toda árbol, como la escalera y el trampolín, que era medio árbol; una mesa de campamento debe tener la redondez y los troncos y la rugosidad de la corteza en la parte de abajo, y ha de oler a madera recién cortada. Conocían su superficie astillada y las hormigas que la recorrían. La señora Gruenwald, con sus fuertes mofletes, sopló sobre la mesa, pero debería haberla cubierto con un trapo. Se quedó de pie, entre la mesa y las niñas; sus zapatos de tenis, como corsés más pequeños, sujetaban sólidamente sus pies; las niñas no podían acercarse, solo mirar.

—La tengo, por favor, señora, suéltela.

En el agua, el rostro del socorrista reflejaba toda su impaciencia; ahora era inexpresivo, parecía vacío. Atrajo a Easter hacia sí, separándola de la señorita Moody —que, sin embargo, había estrujado los extremos del cinturón de Easter—, y luego se volvió, con lo que ocultó a Easter de la señora Gruenwald. Manteniéndola doblada, la puso encima y luego extendió la mano, y la colocó ante él sobre la mesa.

Permanecieron en silencio. Easter yacía de costado sobre un molde de humedad del lago de la Luna; su cadera sobresalía afilada como una plancha. Estaba plegada brazo contra brazo y pierna contra pierna, pálida y doblada sobre sí misma como si fuera una hoja. Sus pechos también se juntaban. Fuera del agua los cabellos de Easter se habían oscurecido y caían sobre su cara como largos helechos. La señorita Moody se los apartó.

—Es evidente que no respira —dijo Jinny Love.

Easter tenía los orificios nasales contraídos como una vieja campesina. Su costado caía inerte, como un conejo muerto en el bosque, con las flores de su vestido de huérfana corriendo juntas en una travesura, como si experimentaran una tardía confusión por lo sucedido. El explorador la soltó solo para saltar encima de la mesa, junto a ella. Se situó a su lado, y le puso las manos encima para darle la vuelta; oyeron el golpe seco, como lejano, de su frente sobre la sólida mesa, al igual que los de su cadera y su rodilla.

A Exum le estaban zurrando entre los sauces; entonces recordaron que Elberta era su madre.

«¡Eres de la piel del diablo!», la oyeron gritar, y él berreó en el bosque.

A horcajadas sobre Easter, el explorador la levantó entre las piernas y luego la dejó caer. Lo volvió a hacer y ella se cayó sobre un brazo. Loch asintió con la cabeza, pero no hacia ellas.

Hubo un suspiro, un suspiro de Morgana, no de las huérfanas. Las huérfanas no intentaron acercarse, no trataron de proteger a Easter ni de demostrar que era algo suya. No hicieron nada, salvo dar vueltas de un lado a otro, y sin embargo en el grupo hubo un cambio apenas perceptible.

Por la cabeza de Nina, donde el mundo seguía parcialmente sosegado, pasó un recuerdo: pájaros sobre un tejado bajo un cerezo; estaban borrachos.

El explorador, asintiendo, tomó los cabellos de Easter e hizo girar su cabeza. La dejó con la cara vuelta hacia las niñas. Sus ojos no estaban ni enteramente abiertos ni cerrados, sino como si a sus oídos llegara un ruido estrepitoso desde el momento en que se cayó; se veía el blanco bajo los párpados pálidos y resbaladizos como las pepitas de una sandía. De la misma forma, sus labios estaban entreabiertos; los dientes estaban manchados de lodo negro.

El explorador metió la mano en la boca de Easter y tiró de ella, un acto increíble. Todo siguió igual. Se levantó, torció los dedos de sus pies y con un gemido se dejó caer sobre ella y se movió de arriba abajo, apretándole los costados con las palmas de las manos. Ella siguió igual, salvo que salió un chorrito de agua de su boca, una mancha oscura sobre la mejilla inmóvil. Las niñas se apretujaron unas contra otras. Salvar vidas era algo mucho peor de lo que habían soñado. Todavía peor era la indiferencia del cuerpo de Easter.

Jinny Love volvió a hacer de voluntaria. Con una toalla iba a espantar los mosquitos, al menos.

Escogió una toalla blanca. Sus brazos inmaculados se alzaron y se cruzaron. Estaba frente a ellas; su expresión se sosegó y se hizo ceremoniosa.

El cuerpo de Easter continuó sobre la mesa receptivo a cualquier cosa que quisieran hacer con él.

Si él era brutal, su ser, su cuerpo, la vida retenida de ella, eran también brutales. Mientras tanto el explorador cabalgaba sobre ella como si fuera un caballo huido, la sujetó momentáneamente y se arqueó sobre su espalda, clavándole las rodillas y los puños, hasta que se cayó hacia atrás debido a su propio impulso, pero ella siguió inmóvil.

¡Que lo intente una y otra vez!

Instantes después Nina olió un aroma familiar, sintió el pulgar de un adulto sobre su hombro y oyó un grito: «¿Qué ocurre?». La señorita Lizzie Stark la apartó para ponerse delante, donde sus caderas y su bolso negro se pararon en seco, tapándolo todo. Era la madre de Jinny Love y visitaba el campamento a diario para ver cómo iban las cosas.

Nunca oían la llegada de su automóvil eléctrico, pero habitualmente lo veían, lo buscaban en el paisaje, tan fuera de lugar como un piano traqueteando en los baches, levantando una alta nube de polvo.

Nadie se atrevió a decirle nada a la señorita Lizzie; únicamente se escuchaban los gruñidos de Loch Morrison.

—¿Alguna huérfana que ha comido demasiado? —Luego dijo en voz más alta—: Pero ¿qué le hace? ¡Déjala!

Todas las niñas de Morgana fueron corriendo hacia ella y la sujetaron por la falda.

—Soltadme —dijo—. Tened cuidado. Tengo el corazón débil. Todas lo sabéis. ¿Es esa Jinny Love?

—Déjame en paz, mamá —respondió Jinny Love agitando la toalla.

La señorita Lizzie, cuyas manos estaban sobre los hombros de Nina, la sacudió.

—Jinny Love Stark, ven aquí. Loch Morrison, baja de esa mesa, debería darte vergüenza.

La señorita Moody fue la que rompió a llorar. Se acercó a la señorita Lizzie llevando una toalla sobre el pecho y llorando.

—Es nuestro socorrista, señorita Lizzie. ¿No se acuerda? Nuestro explorador. ¡Oh, Dios mío, menos mal que ha venido usted! Lleva mucho tiempo haciéndolo. Póngase a la sombra, señorita Lizzie.

—¿Explorador? Pues alguien debe… alguien debe… No aguanto más, Parnell Moody.

—No podemos hacer nada, señorita Lizzie. No podemos hacer nada. Por eso está aquí —dijo entre sollozos.

—Esa es Easter —dijo Geneva—. Ya ve.

—Alguien debe pararlo —dijo la señorita Lizzie Stark. Estaba en medio de todas ellas, junto a Nina, en una posición que no le gustó a Jinny Love, porque le hacía muecas a su madre y Nina tenía que verlo. El blanco polvo de arroz con que cubría su rostro centelleaba sobre su tenue bigotillo.

Olía a pimienta y a zumo de limón porque había hecho mayonesa para ellas. Valerosamente intentaba compensar lo que el explorador hacía pensando lo que opinaba de él: era odioso. El comentario que la señorita Lizzie le hizo, como de pasada, el primer día fue: «Oye, picaruelo, ¿me imagino que no irás a mearte en el manantial, eh?». «No, señora», respondió el explorador sin ocultar su malhumor.

—Las lágrimas no ayudan en absoluto, Parnell —dijo la señorita Lizzie—. Aunque las hay que no saben lo que son las lágrimas. —Miró a la señora Gruenwald, que le devolvió la mirada desde otro nivel; había sacado una silla y estaba sentada en ella—. Y en nuestra última tarde. Pensaba daros una sorpresa.

Miraron a Marvin, el que cuidaba el jardín de la señorita Lizzie, que se acercaba llevando dos sandías como una madre con gemelos. Al llegar junto a la mesa se quedó allí, quieto.

—Marvin, deja esas sandías en cualquier sitio, ¿no ves que hay gente encima de la mesa? —dijo la señorita Lizzie—. Ponlas en el suelo y espera.

La presencia de la señorita Lizzie hizo que todo lo que estaba ocurriendo pareciera más natural.

¡Qué contentas se ponían siempre que las visitaba! Esa era la razón por la cual habían elegido a la señorita Lizzie madre del campamento. Bajo su mirada, los movimientos del explorador parecían perder parte de su significado. No era más que una molestia, un mosquito, con una trompa de mosquito. «¡Quitádselo de encima! —repitió la señorita Lizzie, con su voz rica y a la vez descuidada, casi graciosa, sabiendo que no iban a hacerlo—. ¡Ah, que se lo quiten de encima!» Se abrazó a varias de las niñas, cariñosamente. Pero su mirada estaba clavada en Jinny Love; por eso la abrazaron con más fuerza.

Las quería de verdad. Le parecía que cuanto más difícil fuera llegar hasta allí y más problemas tuviera con ellas, tanto más las apreciaba. Las niñas recordaron —mientras el explorador seguía cabalgando sobre la espalda lodosa de Easter— que siempre tenían las cosas a punto para la visita de la señorita Lizzie; ahora mismo, las tiendas estaban ordenadas y todo había sido recogido y limpiado con un rastrillo, y el té para la cena estaba listo y metido en un recipiente dentro del lago; y, como siempre, el perro de los negros había ladrado al llegar el automóvil, y allí estaba ella. Podía haberlo parado todo, pero no lo hizo. Hasta sus iniciales protestas parecían ser algo que cabía esperar; solo dijo lo que tenía que decir. Varias de las niñas miraban a la señorita Lizzie en lugar de mirar lo que pasaba encima de la mesa. Sus labios empolvados temblaban, sus párpados ocultaban su mirada, pero estaba allí.

En la mesa, el explorador escupió y estudió de nuevo a Easter. Tomó sus cabellos sujetándolos fuertemente y echó su cabeza hacia atrás. Sus labios ya no estaban entreabiertos, sino que toda la boca estaba abierta. De par en par. La boca de él también. Dejó caer la cabeza, se inclinó sobre la mejilla, y volvió a comenzar.

—¡Easter está muerta! ¡Easter está m…! —gritó Gertrude Bowles con gran escándalo, y recibió una bofetada no menos escandalosa en la boca para que se callara, de la mano de la señorita Lizzie.

Jinny Love, con un interés que nadie hubiera sospechado, seguía moviendo la toalla. ¿Ocurriría que, como Jinny Love siempre era buena, Easter no se atrevería a morirse y se acabaría todo aquello? La que piensa soy yo, se dijo Nina, Easter ya no puede pensar. Y aunque no piense, no está muerta, está consciente, lo que es más difícil todavía. Easter había llegado a ellas y se había mantenido intocable e intacta. Por supuesto, un simple toquecito podía ensuciarla, hacerla caer muy lejos, y muy profundamente. Aunque para entonces todas decían que el negrito la había empujado adrede a fin de que se cayera al agua y se ahogara.

—No la toques —se decían tiernamente unas a otras.

—¡Déjalo! ¡Déjalo! ¡Déjalo! —gritó la señorita Moody, la que las había frotado a todas de la misma forma, como si fueran pollos a punto de freír en la sartén. La señorita Lizzie le dio también una bofetada, sin vacilar.

—No la toques.

Y es que se amontonaban cada vez más cerca de la mesa.

—Si Easter está muerta, me toca su abrigo de invierno, claro que sí —dijo Geneva.

—¡Cállate, huérfana!

—Entonces, ¿es cierto?

—¡Cállate tú! —El explorador levantó la vista y le dijo jadeando a Geneva—: Podrás preguntarme cuando yo te lo diga.

El perro de los negros había ladrado otra vez.

—¿Quién viene?

—Un grandullón. Es Ran MacLain, y viene hacia aquí.

—No me extraña.

Se acercó. Llevaba una gorra.

—Aléjate de mí, Ran MacLain —le gritó la señorita Lizzie—. Tú, los perros y las escopetas, fuera de aquí. Ya tenemos suficientes problemas.

Se negó a responder a sus preguntas y no le dejó acercarse a la mesa, pero tampoco marcharse ahora que estaba allí. Bajo la visera de su gorra Ran MacLain fijó su mirada —ya tenía veintitrés años, era una mirada experta— en Loch y Easter sobre la mesa. No podía dejar de fijarse. Se puso debajo de un árbol. Llevaba la escopeta bajo el brazo. Dejó sueltos a los dos perros, y casi imperceptiblemente mascaba chicle. La señorita Moody fue la única que no se alejó de él.

Al acercarse más a la mesa, Nina casi tropezó con el brazo de Easter, que sobresalía. Tenía el codo doblado y la mano se abría hacia fuera. Era la misma posición que tenía de noche en la tienda, cuando Easter dormía pero Nina no. Era la misma mano y parecía el mismo momento.

—No la toques.

Nina se desmayó. La despertó el olor a cebolla cortada de la axila de Elberta. La habían puesto sobre la mesa, al lado de Easter, los pies de la una junto a la cabeza de la otra. Había muchas cosas en su casa que le gustaban, pero solo pudo pensar en el jardín delantero. Los senderos plateados, de suave olor, con la hierba esparcida detrás de la segadora de césped, los dondiegos de noche resplandecientes. Luego Elberta la levantó de la mesa y volvió con las otras.

—Alejaos, alejaos, os he dicho que os mantuvierais alejados. Dejadme en paz —decía entre resuellos Loch Morrison—. Yo la he encontrado, ¿no?

Le aborrecían. Nina más que las otras. Casi aborrecieron a Easter.

Miraron la boca de Easter y los ojos que contemplaban, sin verlo, el otro lado de la luz. Aunque al principio las amedrentó y las rechazaba, comenzaron a especular con un nuevo atractivo: ¿cabría la posibilidad de que Easter, vuelta hacia sí misma, pudiera llamarlas desde su otro lado, el peor? Su voz secreta, aunque muda tal vez visible entonces, podría salir de su terrible boca como una enredadera, pavoneándose y llenándose de flores. O saldría como una serpiente.

El explorador aplastó el cuerpo de la chica, y de la boca de Easter salió sangre. Para todas ellas fue como si les hubiera hablado.

—¡Nina, ven aquí y ponte junto a mí! —llamó la señorita Lizzie. Nina se acercó y se colocó debajo del enorme pecho que bajaba desde el cuello del vestido, como un enorme pellejo blanco rajado.

Jinny Love atrajo la atención de su madre. Por supuesto, se había tomado furtivamente sus momentos de descanso, pero ahora sus brazos blancos levantaron la blanca toalla y la enarbolaron ardorosamente. Miró a las otras hasta que atrajo sus miradas, como si al final la fiesta fuera suya.

Marvin había vuelto al automóvil y regresó con dos sandías más.

—Marvin, todavía no podemos coger las sandías. Te lo he dicho.

—¡Oh, Ran! ¿Cómo has podido? ¡Oh, Ran!

Era la señorita Moody, que volvía a abrir su corazón.

Ahora el explorador parecía formar parte de Easter y Easter de él; se movía arriba y abajo y sobre ella, extendida en la mesa. Loch estaba empapado, mientras la falda de la chica se había secado en la mesa; así que, en cierto modo, también habían intercambiado sus papeles. ¿Pasaba el tiempo? Sin parar, los perros de Ran MacLain corrían y jugaban con el perro de los negros, que iba entre los dos.

El tiempo pasaba porque al principio el rostro de Easter —la curva de su frente, el tierno labio superior y los ojos lechosos—compartía el desvanecimiento de su caída, la casi olvidada caída que la había bañado con tanta pureza en azul durante un largo momento. Su rostro estaba inmóvil y feo, con el color lluvioso de las petunias de semillero, esas que nadie quiere. Su boca seguramente llevaba abierta el tiempo suficiente, el tiempo que dura cualquier mirada atónita, mordedura, grito, hambre, satisfacción, cualquier dolor personal o incluso cualquier protesta.

No todas las niñas la miraban, y sus cabezas comenzaban a hundirse, a inclinarse soñolientas.

Todas se habían olvidado de llorar. Nina había localizado tres conchitas en la arena que recogería cuando pudiera. Y de pronto tuvo la impresión de encontrarse en un momento del futuro, al igual que antes se había encontrado en uno del pasado; aquel momento parecía muy lejano: recogió las conchas, una y otra, y otra, sin que el tiempo pasara, y Easter permanecía abandonada sobre aquella pequeña estructura, más allá de la muerte, más allá del recuerdo.

—¡Estoy tan cansada! —dijo Gertrude Bowles—. Y tengo calor. ¿No estáis hartas de ver a Easter ahí arriba, tumbada en la mesa?

—Tengo los brazos casi rotos —aseguró Jinny Love, que los abrazó a su cuerpo.

—Estoy cansada de Easter —dijo Gertrude.

—¡Ojalá se muera de una vez! —exclamó la hermana pequeña de los Spights, que llevaba toda la tarde chupándose el pulgar sin que la riñeran.

—Abandono —dijo Jinny Love.

La señorita Lizzie la llamó con la mano y ella se le acercó.

—Nina, Easter y yo fuimos al bosque, y soy la única que se infectó con zumaque venenoso —dijo al besar a su madre.

La señorita Lizzie hundió los dedos con fuerza en los brazos de las niñas que estaban a su lado.

Todas se pusieron de puntillas. ¿Es que ya se había muerto Easter?

Asomándose por un instante desde sus precarias posiciones, se concentraron en recordar para siempre aquella figura contorsionada, el rostro como una máscara rígida y fija, una mano expuesta, la otra celosamente encogida bajo la cintura, como si hubiera tomado un puñado de algo en secreto, las piernas extendidas y manchadas. Era una figura traicionada, la traición se acabó, ya era memoria. Y luego, mientras los golpes volvían a caer, ahora automáticamente, la figura resolló.

—¡Atrás, atrás!

Loch Morrison habló entre crujidos de dientes crueles y se agachó sobre ella.

Y cuando retrocedieron, los dedos de los pies de Easter se estiraron hacia fuera. Su estómago se arqueó y se elevó. Volvió a caer, pero le dio una patada al explorador.

Ridículamente, él resbaló hacia atrás y se cayó de la mesa. Estuvo a punto de aterrizar en la falda de la señorita Lizzie, pero ella pudo evitarlo en el último instante, sentándose en el suelo con su falda extendida entre sí como un magnífico sombrero que acaba de ser aplastado. Ran MacLain se ofreció cortésmente a ayudarla a ponerse en pie, pero ella le rechazó.

—¿Por qué no te vas a tu casa? —le dijo.

Delante de sus ojos, Easter se puso de rodillas, se sentó y apretó las piernas contra sí, mientras tiraba para abajo lentamente de su vestido destrozado.

El sol se estaba poniendo. Lo sentían directamente detrás de ellas, el calor tan liso como una mano. Easter se inclinó ligeramente por encima del borde de la mesa, como para ver lo que estaba moviéndose abajo, y se sonó los mocos; lo hizo con el dedo, como la gente del campo. Luego levantó la vista para mirar; un momento después soltó las piernas, que quedaron colgando. Las niñas le devolvieron la mirada a través de los haces amarillentos y violetas de polvo que les llegaban del viejo automóvil de Ran MacLain; el aire era tan áspero como la tela de saco y descendía de las ramas de los árboles. Easter levantó el brazo para protegerse los ojos, pero cayó en su regazo como un terrón.

Todas suspiraron. Por primera vez vieron una vieja cesta que había sobre la mesa. Contenía sus cuchillos, sus tenedores y sus platos de hojalata.

—Llevadme. —Las palabras de Easter no hacían inflexiones. Pidió de nuevo—: Llevadme.

Estiró los brazos hacia ellas, estúpidamente.

Entonces Ran MacLain silbó a sus perros.

Las niñas corrieron hacia delante, todas juntas. La señora Gruenwald alzó los puños en el aire como si levantara —no, mejor, bajara— un telón y comenzó a balar: Me-t-e…

 … tus problemas en tu viejo maletín.
¡Ya sonreír, a sonreír, a sonreír!

Los negros estaban armando un gran jolgorio, todos se acercaron, y entonces Exum se escapó y corrió hacia el bosque, raudo como un conejo que ha escapado de una trampa.

—¿Quién era ese chico grande? —le preguntó Etoile a Jinny Love.

—Ran MacLain, tontorrona.

—¿Qué quería?

—Está esperando que acabe el campamento. Van a venir aquí mañana, a cazar. He oído todo lo que le ha dicho a la señorita Moody.

—¿La señorita Moody le conoce?

—No hay nadie que no le conozca, y a su gemelo también.

Nina, corriendo en primera fila con las otras, lanzó un suspiro, el suspiro que echaba cuando le tocaba entregar los exámenes en la escuela. Luego a cada paso que daba sentía en su interior un desafío.

—¡Easter! —gritó.

En aquel instante inefable en que alcanzaron a Easter y avanzaron con ella, sentimientos reencontrados retornaron a Nina, unos de comunión y otros conflictivos. Al menos lo que le había ocurrido a Easter era parte del mundo, como la mesa. Pero también tenía mucho de misterio, aunque solo fuera porque era duro, cruel y, según Nina sentía en lo más profundo de su ser, criminal.

Easter iba con ellas y la subieron hasta la tienda, la señora Gruenwald iba de un lado para otro dando saltitos y dirigiendo:

… ¡en tu viejo maletín!
¡Sonreíd, niñas, que no sois niños, así!

La señorita Lizzie caminaba alta y sombría, rezongando. Cogió a la hermana pequeña de los Spights y le dijo: «¡Tú, sacúdeme el vestido!». Pronto volvería a hacerse cargo de todo, pero por el momento pidió un asiento y un vaso de agua fría. No había hablado todavía con Marvin, que estaba poniendo las sandías sobre la mesa.

Sus mentes difícilmente recordarían la manera como Easter había estado de pie, libre, en el espacio, para ser luego atrapada y volteada por el aire azul. Algunas miraron hacia atrás y vieron el lago, bordeado por su muro dentro de los muros de bosque, a los cuales ya había llegado la oscuridad. Allí estaban las aletas nadadoras de la hermana pequeña de los Spights, flotando, blancas como un pájaro. «Conozco otro lago de la Luna», había dicho el día anterior una niña. «¡Oh, hija mía, hay lagos de la Luna en todo el mundo! —le había contestado la señora Gruenwald—.

Recuerdo uno en Austria…» Y en cada uno se cayó una niña al agua, pensaron ahora.

El lago se iba oscureciendo, luego rieló, como el agua en un pozo con brocal. Acostaron a Easter, se sentaron silenciosamente en el suelo, fuera de la tienda, y la señorita Lizzie sorbía el agua del vaso de Nina. Las nubes que se elevaban por el cielo lo llenaron todo como las flores de una mimosa sin tronco que surgiera directamente del suelo.

VI

Nina y Jinny paseaban por el sendero de abajo, cogidas del brazo, y se acercaron a la tienda del explorador. Había terminado ya la fiesta de las sandías y la señorita Lizzie se había despedido. La señorita Moody, que llevaba un vestido de algodón casi transparente y zapatillas de tenis, iba a salir con «Rudy» Loomis, y la señora Gruenwald intentaba entretener a las niñas con una sesión de canciones antes de acostarse. Easter dormía; Twosie la vigilaba.

Nina y Jinny Love oían las canciones, que les llegaban como una despedida, mezcladas con gritos de alegría. Un búho ululó en un árbol cercano. Sopló el viento.

Al otro lado de la tela de tienda, los listones que tenía como piernas el explorador se abrían y se cerraban igual que un abanico mientras se movía de aquí para allá. Tenía una linterna, o tal vez solo una vela. Terminó con su sombra al abrir los faldones de la tienda. Nina y Jinny Love se detuvieron en el sendero, silenciosas como dos acampadoras veteranas.

El explorador, el bueno de Loch Morrison, estaba desvistiéndose en su tienda a la vista de todo el mundo. Tardaba lo suyo en quitarse cada prenda; luego las arrojaba al suelo con la misma fuerza con que arrojaría una pelota; sin embargo, al hacerlo parecía que estuviera meditando.

Su vela —porque era eso— oscilaba mientras permanecía observándose y tocándose las quemaduras del sol frente a un espejo colgado de un gancho, como los que tenían ellas. Estaba desnudo y su cosita movediza colgaba de él como la última gota en el borde de un jarrón. Terminó o se cansó de observarse y volvió a acercarse a la entrada de la tienda, donde se quedó apoyado en un brazo, con todo su peso sobre un pie; miraba a la noche clamorosa.

¡A ellas les parecía que tenía tan poco que hacer!

¿No se habría estado dando golpes en el pecho con los puños antes de que ellas le vieran? ¿No habría fanfarroneado? Les pareció que todavía podían escuchar en el aire rumoroso de la noche el salvaje tamborileo del orgullo. Para ellas era fácil imaginarse el pequeño espectáculo, tonto, breve y dominador, allí, en la tienda donde se había aislado en medio de los bosques, en la noche. Desnudo como estaba pensaba que resplandecía, con su cosita que hacía juego con la llama de la vela. ¿No era así?

Sin embargo, de pie, allí, junto a la tienda inclinada, con el brazo lleno de bultitos al levantarlo y la cabeza ligeramente inclinada, parecía desamparado.

—Podemos ulular como un búho —propuso Nina.

Pero Jinny Love pensaba en términos de futuro.

—Voy a contarlo mañana en Morgana. Es el explorador más presumido de toda la tropa, y patizambo. —Luego añadió—: Tú y yo no nos casaremos nunca.

Después subieron para unirse a las que cantaban.

FIN

Eudora Welty. Escritora norteamericana. Recibió el bachillerato en Artes en la Universidad de Wisconsin en Madison y se licenció en Publicidad en la Escuela de Negocios de la Universidad de Columbia en Nueva York. Tras un breve paso por la radio, trabajó como agente de publicidad para la World Progress Administración, tiempo en que Desarrolló su gran afición, la fotografía. Gracias a una beca Guggenheim, visitó Inglaterra, Italia y Francia. Publicó por primera vez en 1936, y escribió para The New York Times Book Review. Fue miembro del Instituto Nacional de Artes y Letras, y recibió numerosos honores, como Dama de la Legión de Honor en Francia, o la Medalla Presidencial de la Libertad en su país.

Como hizo con la fotografía, retrató en sus cuentos y novelas la realidad social del sur de los Estados Unidos.