El orco

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Como de ordinario, estábamos reunidos bajo el emparrado. Era una tarde tormentosa, con un aire pesado y un cielo cargado de nubes negras surcadas por frecuentes relámpagos. Guardábamos un silencio melancólico. Hubiérase dicho que la tristeza de la atmósfera había ganado nuestros corazones y que, sin querer, nos hallábamos dispuestos a verter lágrimas. Sobre todo Beppa parecía entregada a los más sombríos pensamientos. En vano el abate, a quien alarmaba el estado de ánimo de la asamblea, había tratado, varias veces y de diversas formas, devolver a nuestra amiga su buen humor acostumbrado. Ni preguntas, ni bromas, ni súplicas habían logrado desvanecer su preocupación; con los ojos puestos en el cielo, pasando al azar sus dedos por las cuerdas temblorosas de su guitarra, parecía haber perdido la noción de lo que pasaba a su alrededor y no poner interés más que en las notas quejumbrosas que arrancaba a su instrumento y en la carrera caprichosa de las nubes. El buen Panorio, desanimado por el poco éxito de sus tentativas, tomó el partido de dirigirse a mí.

—¡Vamos, querido Zorzi! —me dijo—, pon a prueba el poder de tu amistad sobre la bella caprichosa. Entre vosotros dos existe una especie de simpatía magnética más fuerte que todas las razones, y el sonido de tu voz consigue sacarla de sus más profundos ensimismamientos.

—Esa simpatía magnética de que me hablas —respondí—, querido abate, proviene de la identidad de nuestros sentimientos. Hemos sufrido del mismo modo y pensado las mismas cosas, y nos conocemos bastante, ella y yo, para saber qué orden de ideas nos recuerdan las circunstancias exteriores. Te apuesto lo que quieras a que adivino, si no el objeto, por lo menos la naturaleza de su tristeza.

Y volviéndome hacia Beppa, le dije dulcemente:

—Carísima, ¿en cuál de nuestras dos hermanas estás pensando?

—En la más bella —me respondió, sin volver la cabeza—, en la más altiva, en la más desgraciada.

—¿Cuándo ha muerto? —repuse interesándome ya por la que vivía en el recuerdo de mi noble amiga, y deseando asociarme con mis sentimientos a un destino que no podía serme extraño.

—Ha muerto a fines del invierno, la noche del baile de máscaras que se dio en el palacio Servilio. Había sufrido mucho, había salido victoriosa de muchos peligros, había atravesado, sin sucumbir, terribles agonías, y ha muerto de repente, sin dejar rastro, como si hubiera sido arrebatada por un rayo. Aquí todo el mundo la conocía más o menos, pero nadie tanto como yo, porque nadie la ha querido tanto y porque ella se daba a conocer a medida del cariño que se le dispensaba. Los demás no creen en su muerte, aunque no haya vuelto a vérsela desde la noche de que te hablo. Dicen que, con frecuencia, le ha ocurrido desaparecer así durante mucho tiempo y que luego ha vuelto. Pero yo sé que esta vez no volverá más y que su misión sobre la tierra ha terminado. Aunque quisiera ponerlo en duda, no podría; ella se preocupó de hacerme saber la fatal verdad por el mismo causante de su muerte. ¡Y qué tremenda desgracia, Dios mío! ¡La desgracia más grande de estos desdichados tiempos! ¡Era la suya una vida tan bella!… ¡Tan bella y tan llena de contrastes, tan misteriosa, tan brillante, tan triste, tan magnífica, tan entusiasta, tan austera, tan voluptuosa, tan completa en su semejanza con todas las cosas humanas! No, ninguna vida ni ninguna muerte han sido parecidas a la suya. Había encontrado el medio, en este siglo prosaico, de apartar de su existencia todas las mezquinas realidades, para no quedarse más que con la poesía. Fiel a las viejas costumbres de la aristocracia nacional, sólo se la veía después del atardecer, enmascarada, pero sin hacerse escoltar por nadie. No hay un solo habitante de la ciudad que no la haya encontrado errante por plazas y calles, que no haya visto su góndola amarrada en algún canal, pero sin haberla visto jamás entrar o salir de ella. Aunque aquella góndola nunca estuviese vigilada, a nadie se le ha oído decir que haya sido objeto de la menor tentativa de robo. Estaba pintada y equipada como las demás góndolas, y, sin embargo, todo el mundo la conocía; hasta los niños decían al verla: —Ésa es la góndola de la máscara—. Pero nadie podía ni sospechar siquiera la manera como se desplazaba, ni el sitio a donde llevaba por la noche a su dueña, ni cuándo la volvía a traer por la mañana. Los aduaneros de la costa habían visto a menudo una sombra negra deslizándose sobre las lagunas, y, tornándola por una barca de contrabandistas, la habían perseguido mar adentro; pero, al amanecer, nunca habían visto sobre las aguas nada que semejase al objeto de su persecución, y a la larga, habían tomado la costumbre de no preocuparse ya de ello, y se contentaban con decir, cuando la veían: —Ahí va la góndola de la máscara—. Por la noche, la máscara recorría la ciudad entera, buscando no se sabe qué. Se la veía en las plazas más grandes o en las calles más tortuosas, por los puentes o bajo las bóvedas de los grandes palacios, en los lugares más frecuentados o en los más desiertos. Unas veces iba despacio, otras de prisa, sin parar mientes en la multitud o en la soledad, y sin detenerse nunca. Parecía contemplar con una curiosidad apasionada las casas, los monumentos, los canales, y hasta el cielo de la ciudad, y saborear con delicia el aire que circulaba. Cuando encontraba una persona amiga, le hacía una señal para que la siguiera y desaparecía pronto con ella. En más de una ocasión me ha llevado así, desde el seno del bullicio hasta algún lugar desierto donde hemos hablado de las cosas que nos gustaban. Yo la seguía confiadamente, porque sabía que éramos amigas, pero muchos de aquellos, a los que llamaba con la mano, no se atrevían a obedecer. Sobre ella circulaban historias extrañas que congelaban el valor de los más intrépidos. Decíase que varios muchachos, creyendo adivinar una mujer bajo aquel antifaz y aquel vestido negro, se habían enamorado de ella, tanto por la singularidad y el misterio de su vida, como por sus bellas formas y sus elegantes ademanes, y que habiendo tenido la imprudencia de seguirla, no había vuelto a vérseles jamás. La misma policía, al observar que aquellos jóvenes eran todos austriacos, había puesto en juego todos sus recursos para hallarlos y para apoderarse de la causante de su desaparición. Pero los esbirros no habían sido más afortunados que los aduaneros, y nunca se había podido saber ninguna noticia de los jóvenes extranjeros, ni echar el guante a la misteriosa dama. Una extraña aventura había llenado de desaliento a los más fogosos sabuesos de la inquisición veneciana. Viendo que era imposible atrapar a la máscara por la noche en Venecia, dos de los más conspicuos policías decidieron esperarla en su misma góndola, para detenerla en el momento en que se embarcase. Una noche, que la vieron amarrada al muelle de los Esclavones, saltaron adentro y se ocultaron en ella; pero como una hora antes de romper el día, creyeron sentir que alguien soltaba la barca, se levantaron en silencio y se prepararon a saltar sobre la máscara; pero, en el mismo instante, una palada hizo zozobrar la góndola y los malhadados agentes del orden público austriacos cayeron al agua. Uno de ellos se ahogó, y el otro pudo salvarse merced al socorro que le prestaron unos contrabandistas. Al día siguiente por la mañana, no quedaba rastro alguno de la barca, y la policía creyó quise había hundido; pero, por la noche, volvió a vérsela amarrada en el mismo sitio, y en el mismo estado que la víspera. Entonces a todos los policías les entró un terror supersticioso y ninguno quiso volver a intentar la captura de la máscara que, desde ese día, pudo continuar sus paseos sin que nadie pensara en molestarla lo más mínimo.

A comienzos del otoño último, vino aquí de guarnición un oficial austriaco, el conde Franz Lichtenstein. Era un joven entusiasta y apasionado, que llevaba en él el germen de todos los grandes sentimientos y como un instinto de las ideas nobles. A pesar de su mala educación de gran señor, había sabido preservar su espíritu de todo prejuicio y guardar en su alma lugar para la libertad. Su posición le obligaba a disimular en público sus ideas y sus gustos; pero, cuando acababa su servicio, se apresuraba a quitarse el uniforme, al cual le parecían absolutamente ligados todos los vicios del Gobierno de su país, y corría al lado de los nuevos amigos que, por su bondad y por su talento, se había hecho en la ciudad. Sobre todo, nos gustaba oírle hablar de Venecia. La veía con ojos de artista, deploraba, para sus adentros, su servidumbre y había llegado a amarla tanto como un propio veneciano. No se cansaba de recorrerla noche y día, porque tampoco se cansaba de admirarla. Quería, según decía a todo el mundo, conocerla mejor que los mismos que habían nacido en ella. En sus paseos nocturnos, encontró a la máscara. Al pronto, no prestó gran atención; pero al observar que parecía estudiar la ciudad con la misma curiosidad y minuciosidad que él, quedó sorprendido de aquella extraña coincidencia y habló de ello a varias personas. Primero le contaron las historias que se decían de la mujer velada y le aconsejaron que tuviese cuidado con ella. Pero como era valiente hasta la temeridad, las advertencias, en lugar de asustarlo, excitaron su curiosidad y le inspiraron unos deseos locos de trabar conocimiento con el personaje misterioso que tanto espanto causaba a la gente. Deseoso de conservar frente a la máscara el mismo incógnito que ésta guardaba frente a él, se vistió de paisano y continuó sus paseos nocturnos. No tardó en encontrar lo que buscaba. Vio, una noche de hermosa luna, a la mujer enmascarada, de pie delante de la encantadora Iglesia de San Juan y San Pablo. Parecía estar admirando los delicados ornamentos que decoraban la puerta principal. El Conde se acercó a la máscara con pasos lentos y silenciosos. Ella no dio muestras de notarlo y continuó inmóvil. El conde, que se había detenido un instante para observar si alguien lo espiaba, reanudó su marcha y llegó hasta su lado. La oyó dar un profundo suspiro, y, como sabía muy mal el veneciano, pero muy bien el italiano, le dirigió la palabra en purísimo toscano.

—Salud —dijo—, salud y felicidad a los que aman a Venecia.

—¿Quién sois? —respondió la máscara, con una voz llena y sonora como la de un hombre, pero dulce como la de un ruiseñor.

—Soy un amante de la belleza.

—¿Sois de esos que con su amor brutal violentan a la belleza libre, o de los que se arrodillan ante la belleza cautiva y lloran con sus lágrimas?

—Cuando el rey de las noches ve florecer la rosa alegremente bajo el hálito de la brisa, agita sus alas y canta; cuando la ve marchitarse bajo el soplo ardiente de la tempestad, esconde la cabeza bajo su ala y gime. Así hace mi alma.

—Puedes seguirme, porque tú eres uno de mis fieles.

Y cogiendo la mano del joven le llevó hacia la iglesia. Cuando éste sintió la mano fría de la desconocida estrechar la suya y la vio dirigirse con él hacia la oquedad sombría del pórtico, se acordó involuntariamente de las siniestras historias que había oído contar y, de pronto, transido de terror, se detuvo. La máscara se volvió y, fijando sobre el rostro sin color de su compañero una mirada escrutadora, le dijo:

—¿Tenéis miedo? ¡Adiós!

Luego, soltándole el brazo, se alejó apresuradamente. Franz se avergonzó de su cobardía y, precipitándose tras la máscara, la asió a su vez por la mano y le dijo:

—No tengo miedo, vamos.

Sin responder nada, ella continuó su marcha. Pero en lugar de dirigirse hacia la iglesia, como la primera vez, se metió por una de las callejuelas que dan a la plaza. La luna se había ocultado y la oscuridad más completa reinaba en la ciudad. Franz apenas si veía dónde ponía los pies y no podía distinguir nada en las sombras profundas que le rodeaban por todos los lados. Iba siguiendo al azar a su guía que, por el contrario, parecía conocer muy bien el camino. De vez en cuando, alguna claridad, filtrándose entre las nubes, venía a mostrar a Franz la orilla de un canal, un [mente, una bóveda o alguna parte desconocida de un dédalo de calles profundas y tortuosas; luego todo volvía a sumirse en la oscuridad. Franz había reconocido bien pronto que se hallaba perdido en Venecia y que estaba totalmente a merced de su guía; pero resuelto a desafiarlo todo, no dio la menor muestra de inquietud y se dejó conducir sin hacer ninguna observación. Al cabo de una hora larga, la mujer enmascarada se detuvo.

—Está bien —dijo ella al conde—, sois valiente. Si hubierais dado el menor signo de temor durante nuestra carrera, no os hubiera vuelto a hablar nunca. Pero habéis permanecido impasible y estoy satisfecha de vos. Así que, hasta mañana, a las once en la plaza de San Juan y San Pablo. No tratéis de seguirme, sería inútil. Tomad esta calle de la derecha y veréis la plaza de San Marcos. Hasta la vista.

La máscara estrechó vivamente la mano del conde y, antes de que éste hubiera tenido tiempo de contestar, desapareció detrás del ángulo de la calle. Franz permaneció algún tiempo inmóvil, asombrado aún por lo que acababa de pasar, e indeciso sobre lo que había de hacer. Pero pensando en las pocas probabilidades de volver a encontrar a la dama misteriosa y en el riesgo de perderse siguiéndola, decidió tornar a su casa. Por lo tanto, tomó la calle de la derecha, se encontró efectivamente, al cabo de unos cinco minutos, en la plaza de San Marcos y desde allí se encaminó fácilmente a su hotel.

Al día siguiente,  fue fiel a la cita. Llegó a la plaza, en el momento en que el reloj de la iglesia daba las once y vio a la mujer enmascarada que le esperaba de pie en los escalones del pórtico.

—Está bien —dijo ella—, sois exacto. Entremos.

Al decir esto se volvió bruscamente hacia la iglesia. Franz, que veía la puerta cerrada y que sabía que por la noche no se abría para nadie, creyó que aquella mujer estaba loca. Pero ¡cuál no  fue su sorpresa viendo que la puerta cedía al primer esfuerzo! Siguió maquinalmente a su guía, que volvió a cerrar rápidamente la puerta una vez que hubieron entrado. Ambos se encontraron entonces en tinieblas, pero Franz, recordando que una segunda puerta, sin cerradura, les separaba todavía de la nave, no abrigó la menor inquietud y se dispuso a empujarla para entrar. Pero la máscara le sujetó por el brazo.

—¿Habéis venido antes de ahora a esta iglesia? —le preguntó de repente.

—Veinte veces —respondió— y la conozco tan bien como el arquitecto que la ha construido.

—Decid más bien que creéis conocerla, porque no la conocéis realmente aún. Entrad.

Franz empujó la segunda puerta y penetró en el interior de la iglesia. Estaba magníficamente iluminada por todas partes y enteramente desierta.

—¿Qué ceremonia se va a celebrar aquí? —preguntó Franz estupefacto.

—Ninguna, la iglesia me esperaba esta noche. Eso es todo.

El conde trató en vano de comprender el sentido de las palabras de la máscara; pero, subyugado por su poder misterioso, la siguió obediente. Ella le llevó al centro de la iglesia, haciéndole observar, comprender y admirar la disposición general del edificio. Luego, pasando al examen de cada parte, le detalló sucesivamente la nave, las columnatas, las capillas, los altares, las estatuas, los cuadros, los adornos; le mostró el sentido de cada cosa, le descubrió la idea oculta bajo cada forma, le hizo sentir la belleza de las obras que componían el conjunto y penetrar, por decirlo así, en las entrañas de la iglesia. Franz escuchaba con una atención religiosa todas las palabras de aquella boca elocuente que se complacía en instruirle y a cada momento reconocía cuan poco había comprendido antes el conjunto de obras que le habían parecido tan fáciles de comprender. Cuando la máscara acabó, la claridad del nuevo día, penetrando a través de las vidrieras, hacía palidecer el resplandor de los cirios. Aunque ella había hablado durante varias horas y no se había sentado un solo instante en toda la noche, ni su voz ni su cuerpo traicionaban la menor fatiga. Solamente su cabeza se había inclinado como escuchando los latidos de su propio pecho y los suspiros que exhalaba. De pronto, volvió a levantar la cabeza y, alzando sus dos brazos al cielo, exclamó:

—¡Oh servidumbre, servidumbre!

Al pronunciar estas palabras, algunas lágrimas resbalaron por debajo del antifaz y fueron a caer sobre los pliegues de su vestido.

—¿Por qué lloráis? —le preguntó Franz acercándose a ella.

—Hasta mañana — fue la respuesta— a las doce de la noche, delante del Arsenal.

Y salió por la puerta lateral de la izquierda, que volvió a cerrarse pesadamente. En el mismo instante sonó el Ángelus, Franz, sobrecogido por el ruido inesperado de la campana, se volvió y “pudo ver que los cirios estaban apagados. Permaneció algún tiempo inmóvil de sorpresa; luego salió de la iglesia por la puerta principal, que los sacristanes acababan de abrir, y regresó a casa despacio, tratando de adivinar quién podría ser aquella forma tan atrevida, tan artista, tan poderosa, tan llena de encanto en sus palabras y de majestad en sus gestos.

Al día siguiente, el conde encontró delante del Arsenal a la máscara, que le imperaba, como la víspera, y que, sin decirle nada, echó a andar rápidamente delante. Franz la siguió como las dos noches precedentes. Cuando llegó a una de las don puertas laterales de la derecha, la máscara se detuvo, introdujo en la cerradura una llave de oro que Franz vio brillar al resplandor de la luna, abrió sin hacer ruido y entró la primera, haciendo seña a Franz de que la siguiese. Éste vaciló un instante. Penetrar por la noche en el Arsenal era exponerse a ir ante un consejo de guerra si se le descubría, y era imposible no ser descubierto en un sitio poblado de centinelas. Pero viendo a la máscara aprestarse a cerrar la puerta delante de él, se decidió de repente a continuar la aventura hasta el final y entró. La mujer enmascarada le hizo atravesar primero varios patios, luego varios corredores y galerías, cuyas puertas abría todas con su llave de oro, y terminó por introducirlo en vastos salones Henos de armas de todos los géneros y de todos los tiempos que habían servido en las guerras de la República.

Aquellos salones estaban iluminados por fanales de galeras, colocados a iguales distancias entre los trofeos. Ella mostró al conde las armas más curiosas y más célebres, diciéndole el nombre de sus antiguos posesores y el de los combates en que habían sido empleadas, contándole detalladamente las victorias a las que habían servido de instrumento. Hizo revivir así, a los ojos de Franz, toda la historia de Venecia. Después de haber visitado las cuatro salas consagradas a esta exposición, le llevó a una última, más amplia que las demás e iluminada como ellas, donde se hallaban maderas de construcción, restos de navíos de diferentes tamaños y formas y partes enteras del último Bucentauro[1]. Instruyó a su compañero de la propiedad de todas las maderas, del uso de los navíos, de la época en la que habían sido construidos y del nombre de las expediciones de que habían formado parte; luego, mostrándole la galería del Bucentauro:

—He aquí —le dijo con voz triste— los restos de una realeza pasada. Ése es el último navío que ha llevado al Dux a desposarse con el mar. Ahora Venecia es esclava y los esclavos no se casan. ¡Oh servidumbre!, ¡oh servidumbre!

Como la víspera, salió después de haber pronunciado esas palabras, pero llevando esta vez tras sí al conde, que no podía, sin peligro, quedarse en el Arsenal. Franquearon la última puerta sin haber encontrado a nadie. De nuevo en la plaza, se citaron para el día siguiente y se separaron.

El día siguiente y los que vinieron después, la máscara llevó a Franz a visitar los principales monumentos de la ciudad, introduciéndole en todas partes, con una incomprensible facilidad, explicándole con admirable claridad todo lo que se presentaba a sus ojos, desplegando ante él tesoros maravillosos de inteligencia y de sensibilidad. Lo que en un comienzo no había sido en el conde más que un capricho, se convirtió en un sentimiento real y profundo. La curiosidad era la que le había llevado a trabar conocimiento con la máscara y el asombro lo que le había hecho continuar. Pero pronto la costumbre que había tomado de verla todas las noches se convirtió para él en una necesidad. Aunque las palabras de la desconocida eran siempre graves y con frecuencia tristes, Franz encontraba en ellas un encanto indefinible que lo ligaba a ella cada vez más y no hubiera podido conciliar el sueño al llegar el día si, por la noche, no hubiera escuchado sus suspiros y visto correr sus lágrimas. Tenía por la grandeza y por los sufrimientos que sospechaba en ella un respeto tan sincero y profundo, que no se había atrevido aún a suplicarle que se quitase el antifaz y le dijese su nombre. Ella pareció comprender la delicadeza de su conducta y agradecérselo, pues en cada entrevista le testimoniaba una mayor confianza y simpatía. Aunque entre ellos no se hubiera pronunciado ni una sola palabra de amor, Franz tuvo motivos para creer que la desconocida sabía su pasión y estaba dispuesta a compartirla. Sus esperanzas eran casi suficiente para hacerle feliz, y cuando sentía un deseo más vivo de conocer a la que él nombraba ya interiormente su novia, su imaginación, sorprendida y como tranquilizada por lo maravilloso que la rodeaba, se la pintaba tan perfecta y tan bella, que, en cierto modo, temía el momento en que ella se descubriese ante él.

Una noche que vagaban juntos bajo las columnatas de San Marcos, la mujer enmascarada hizo detenerse a Franz delante de un cuadro que representaba una joven arrodillada ante el santo patrón de la basílica y de la ciudad.

—¿Qué decís de esta mujer? —le preguntó ella, después de haberle dejado bastante tiempo para examinarla bien.

—Es —respondió él— la más maravillosa belleza que se pueda, no ya ver, sino ni siquiera imaginar. El alma inspirada del artista ha podido darnos una imagen tan divina, pero el modelo sólo puede existir en el cielo.

La mujer enmascarada apretó fuertemente la mano de Franz:

—Yo no conozco otro rostro más bello que el del glorioso San Marcos y no podría amar a ningún otro hombre que no fuese la imagen viva de éste.

Al escuchar estas palabras, Franz palideció y se tambaleó como presa de un vértigo. Acababa de reconocer que el rostro del santo ofrecía con el suyo el más exacto parecido. Cayó de rodillas delante de la desconocida y, asiéndola por la mano, se echó a llorar sin poder pronunciar palabra.

—Ahora sé que me perteneces —le dijo ella con voz emocionada— y que eres digno de conocerme y de poseerme. Hasta mañana en el baile del palacio Servilio.

A continuación desapareció como otras veces, pero sin pronunciar las palabras, por decirlo así, rituales que ponían fin a sus conversaciones de todas las noches. Franz, ebrio de alegría, deambuló por la ciudad toda la jornada sin poder parar en ningún sitio. Admiraba el cielo, sonreía a las lagunas, saludaba a los edificios y hablaba al viento. Los que le encontraban le tomaban por loco y se hacían guiños. El se daba cuenta y se reía de la locura de los que se burlaban de la suya. Cuando sus amigos le preguntaban qué había sido de él en un mes que no se le había visto, les respondía:

—Voy a ser feliz —y continuaba adelante.

Llegada la noche,  fue a comprar una magnífica capa y nuevas hombreras, volvió a su casa para vestirse de uniforme, puso el mayor cuidado en su arreglo y después se presentó en el palacio Servilio.

El baile era magnífico; todo el mundo, excepto los oficiales de la guarnición, habían venido disfrazados, a tenor del ruego de las tarjetas de invitación, y aquella multitud de trajes variados y elegantes, mezclándose y agitándose al son de una numerosa orquesta, ofrecía el aspecto más brillante y más animado. Franz recorrió todas las salas, se aproximó a todos los grupos y echó los ojos a todas las mujeres. Algunas eran notablemente bellas y, sin embargo, ninguna le pareció digna de fijar sus miradas.

—No ha venido todavía, estoy seguro, se dijo para sus adentros. No es la hora de ella.

Fue a colocarse tras una columna, cerca de la entrada principal, y espero con los ojos fijos en la puerta. Muchas veces esta puerta se abrió; muchas mujeres entraron sin hacer latir el corazón de Franz. Pero en el momento en que el reloj iba a dar las once, se estremeció y exclamó suficientemente alto para ser oído por sus vecinos:

—¡Ahí está!

Todos los ojos se volvieron hacia él como para inquirir el sentido de su exclamación. Pero, en el mismo instante, las puertas se abrieron bruscamente y una mujer que entró atrajo sobre ella todas las miradas. Franz la reconoció en seguida, era la joven del cuadro, vestida de dogaresa del siglo XV y más bella aún por la magnificencia de su traje. Iba andando con un paso lento y majestuoso, mirando con aplomo a su alrededor sin saludar a nadie, como si hubiera sido la reina del baile. Nadie, excepto Franz, la conocía; pero todo el mundo, subyugado por su maravillosa hermosura y por su aspecto de majestad, se apartaba respetuosamente y se inclinaba casi a su paso. Franz, a la vez deslumbrado y encantado, la seguía de lejos. En el momento que ella llegaba a la última sala, un joven disfrazado con el vestido del Tasso cantaba, acompañándose de su guitarra, una romanza en honor de Venecia. Ella se  fue derecha a él y, mirándolo fijamente, le preguntó quién era para atreverse a llevar semejante traje y cantar a Venecia. El muchacho, aterrado por aquella mirada, bajó la cabeza palideciendo y le tendió la guitarra. Ella la cogió y paseando al azar sobre las cuerdas sus dedos blancos como el alabastro, entonó a su vez con su voz armoniosa y brillante un extraño canto de exaltación a Venecia, que terminaba con las palabras «servidumbre, servidumbre».

Al acabar su canto, dejó caer la guitarra, que produjo un sonido fúnebre al chocar con las losas, y el reloj comenzó a tocar. Todo el mundo escuchó las doce campanadas en un silencio siniestro. Entonces, el dueño del palacio se adelantó hacia la desconocida con un gesto medio de susto medio de enfado.

—Señora —le dijo con voz alterada—, ¿quién me ha hecho el honor de traeros a mi casa?

—Yo —exclamó Franz adelantándose—, y si alguien lo encuentra mal, que lo diga.

La desconocida, que no había parecido prestar atención a la pregunta del dueño del palacio, levantó vivamente la cabeza al oír la voz del conde.

—¡Vivo! —exclamó con entusiasmo—; ¡viviré!

Y so volvió hacia él con un rostro radiante, Pero cuando lo Imito visto, sus mejillas palidecieron y su frente se cargó de una sombría nube.

—¿Por qué habéis adoptado ese disfraz? —le dijo ella con tono severo señalando mi uniforme.

—No es un disfraz —respondió él—, es…

Y no pudo añadir más. Una mirada terrible de la desconocida lo había como petrificado. Ella lo miró algunos segundos en silencio, luego dejó escapar de sus ojos dos gruesas lágrimas. Franz iba a acercársele, pero ella no le dejó tiempo de hacerlo.

—Seguidme —le dijo con voz sorda.

Luego ella se abrió paso rápidamente entre la multitud asombrada y salió del baile, seguida por el conde. Cuando salió del palacio, saltó a su góndola y ordenó a Franz que subiese tras ella y se sentara. Obedeciendo el conde paseó la mirada a su alrededor y, no viendo a ningún gondolero, dijo:

—¿Quién nos va a conducir?

—Yo —respondió ella asiendo el remo con vigorosa mano.

—No, dejadme a mí.

—No, las manos austriacas no conocen los remos de Venecia.

E imprimiendo a la góndola una fuerte sacudida, la lanzó como una flecha por el canal. En pocos instantes estuvieron lejos del palacio. Franz, que esperaba de la desconocida la explicación de su cólera, estaba lleno de asombro y de inquietud al verla guardar silencio.

—¿Dónde vamos? —dijo después de un momento de reflexión.

—Donde el destino quiere que vayamos— respondió ella con voz tenebrosa, y como si estas palabras hubiesen reanimado su cólera, se puso a remar con más vigor todavía. La góndola, obediente al impulso de su mano, parecía volar sobre las aguas. Franz veía correr la espuma con deslumbradora rapidez a lo largo de los costados de la barca y huir detrás de él como nubes empujadas por un huracán a los navíos que se encontraban a su paso. Pronto las tinieblas se hicieron más densas, el viento se levantó y el joven no oyó ya más que el chapoteo de las olas y los silbidos del aire en sus cabellos, y no vio nada ante sí más que la gran forma blanca de su compañera en medio de la sombra. De pie, en la popa, con las manos en el remo, los cabellos sueltos sobre los hombros y sus largos vestidos blancos, en desorden, abandonados al viento, parecía menos una mujer que el espíritu de los naufragios divirtiéndose sobre un mar tempestuoso.

—¿Dónde estamos? —exclamó Franz con agitación.

—¿Tiene miedo el capitán? —respondió la desconocida con acento desdeñoso.

Franz no respondió. Sentía que ella tenía razón y que el miedo se apoderaba de él. No pudiendo dominarlo, quería al menos disimularlo y guardó silencio. Pero al cabo de algunos instantes, presa de una especie de vértigo, se levantó y marchó hacia la desconocida.

—Sentaos —le gritó ésta.

Franz, a quien el miedo ponía furioso, siguió avanzando.

—Sentaos —le repitió ella con irritación, y viendo que continuaba adelantándose, basculó con el pie con tanta violencia que la barca tembló como si hubiera querido naufragar. Franz  fue derribado por la sacudida y cayó desvanecido en el fondo de la barca. Cuando volvió en sí, vio a la desconocida que lloraba, tendida a sus pies. Compadecido de su amargo dolor y olvidando todo cuanto acababa de suceder, la cogió en sus brazos, la alzó y la hizo sentarse a su lado; pero ella no cesaba de llorar.

—¡Oh, amor mío! —exclamó Franz estrechándola contra su corazón—. ¿Por qué esas lágrimas?

—¡El León!, ¡el León! —le respondió ella levantando hacia el cielo su brazo marmóreo.

Franz dirigió sus miradas hacia el punto del cielo que ella le mostraba y vio, en efecto, la constelación del León que brillaba solitaria en medio de las nubes.

—¿Qué importa?, los astros no pueden nada sobre nuestros destinos; si pudiesen algo, encontraríamos constelaciones favorables para luchar contra las estrellas funestas.

—Venus se ha puesto, ¡ay! Y el León se muestra. Y allí, ¡mira allí abajo! ¡Quién puede luchar contra lo que viene allí!

Pronunció estas palabras con una especie de desvarío, bajando el brazo hacia el horizonte. Franz volvió los ojos hacia el lado que ella señalaba y vio un punto negro que se dibujaba sobre las olas, en medio de una aureola de fuego.

—¿Qué es aquello? —exclamó él profundamente asombrado.

—Es el destino —respondió ella— que viene a buscar a su víctima. ¿Cuál?, vas a decir. La que yo quiera. ¿Has oído hablar de esos caballeros austriacos que subieron a mi góndola y no volvió a vérselos jamás?

—Sí. Pero eso es una historia falsa.

—Es cierta. Es necesario que yo devore o que sea devorada. Todo hombre de tu país que me ame y al cual yo no corresponda, muere. Mientras no ame a uno, viviré y haré morir, Y si yo amo a uno, moriré. Es mi destino.

¡Olí! ¡Dios mío! ¿Quién eres tú entonces?

—¡Cómo avanza! Dentro de un minuto estará sobre nosotros. ¿Lo oyes? ¿Lo oyes? El punto negro se había acercado con inconcebible rapidez y había tomado la forma de un inmenso navío. Una luz roja salía de sus costados y lo rodeaba por todas las partes; grandes fantasmas se mantenían inmóviles sobre el puente, una prodigiosa cantidad de remos se alzaba y se bajaba en cadencia, hiriendo las ondas con un ruido siniestro y voces cavernosas cantaban el Dies irae acompañándose de ruidos de cadenas.

—¡Oh, la vida!, ¡la vida! —gritó la desconocida con desesperación. ¡Oh Franz! ¡Mira ese barco! ¿Lo reconoces?

—No. Me asusta esta aparición terrible, pero no la conozco.

—Es el Bucentauro. El es el que se ha tragado a tus compatriotas. Estaban aquí, en este mismo lugar, a estas mismas horas, sentados al lado mío, en esta góndola. El navío se acercó del mismo modo que ahora. Una voz me ha gritado: «¿Quién vive?» He respondido: «¡Austria!». La voz me ha gritado: «¿Odias o amas?» He respondido: «¡Odio!» Y la voz me ha dicho: «¡Vive!» Luego el navío ha pasado sobre la góndola, se ha tragado a tus compatriotas y me ha llevado en triunfo sobre las aguas.

—¿Y hoy?…

—¡Ay!, la voz va a hablar.

En efecto, una voz lúgubre y solemne, imponiendo silencio a la fúnebre tripulación del Bucentauro, gritó:

—¿Quién vive?

—¡Austria! —respondió la voz temblorosa de la desconocida.

Un coro de maldición se dejó oír en el Bucentauro, que se acercaba con una rapidez siempre creciente. Luego se hizo un nuevo silencio y la voz repuso:

—¿Odias o amas?

La desconocida vaciló un momento; después, con una voz sonora como el trueno, gritó:

—¡Amo!

Entonces la voz dijo:

—Has cumplido tu destino. ¡Amas a Austria! ¡Muere, Venecia!

Un gran grito, un grito desgarrador, desesperado, hendió los aires, y Franz desapareció entre las olas. Al volver a subir a la superficie, ya no vio nada, ni la góndola, ni el Bucentauro, ni a su bien amada. Únicamente en el horizonte brillaban pequeñas luces. Eran los fanales de los pescadores de Murano. Nadó hacia su isla y llegó a ella al cabo de una hora. ¡Pobre Venecia!

Beppa había terminado de hablar; algunas lágrimas se escapaban de sus ojos. Las vimos correr en silencio sin tratar de consolarla. Pero, de pronto, ella se secó los ojos y nos dijo con vivacidad caprichosa:

—Y bien, ¿qué tenéis para estar tan tristes? ¿Es éste el efecto que os producen los cuentos de hadas? ¿No habéis oído nunca hablar del Orco, el Trilby veneciano? ¿No os lo habéis encontrado nunca por la noche en las iglesias o en el Lido? Es un buen diablo que no hace daño más que a los opresores o a los traidores. Puede decirse que es el verdadero genio de Venecia. Pero el virrey, al saber, indirecta y confusamente, la aventura del conde de Lichtenstein, rogó al patriarca que hiciese un gran exorcismo sobre las lagunas y desde entonces no ha reaparecido el Orco.

FIN

George Sand. Seudónimo de Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant, fue una influyente novelista y periodista francesa del siglo XIX. Nacida en París en 1804, su vida estuvo marcada por una familia de orígenes diversos, con conexiones aristocráticas y humildes. La relación complicada entre su madre, Sophie-Victoire Delaborde, y su padre, Maurice Dupin, influyó en su infancia.

Aurore pasó un tiempo en España durante su infancia, viviendo en el palacio de Manuel Godoy, donde encontró momentos de felicidad y comenzó a adoptar rasgos considerados masculinos, como la vestimenta. En 1809, la familia regresó a Francia y se instaló en la finca de su abuela en Nohant, un lugar que más tarde sería un escenario recurrente en sus novelas.

La relación de Aurore con su abuela, Marie-Aurore de Saxe, fue esencial en su desarrollo, ya que esta última representaba la libertad, la cultura y la literatura, en contraposición a la modesta familia de su madre. Aurore heredó la fortuna de su abuela en 1821.

En 1822, Aurore se casó con Casimir Dudevant, convirtiéndose en baronesa, y tuvo dos hijos. Sin embargo, su matrimonio infeliz inspiró muchas de sus obras literarias, especialmente "Lélia" en 1833. Finalmente, en 1835, se separó legalmente de su esposo, conservando la custodia de sus hijos.

George Sand es conocida por su apoyo a la igualdad de género y su estilo de vida poco convencional, que incluía vestimenta masculina y el hábito de fumar en público. Esto la hizo un símbolo de la rebeldía romántica.

Su carrera literaria despegó con la publicación de "Indiana" en 1832, escrita en colaboración con Jules Sandeau, de quien tomó su seudónimo. Pronto se dio cuenta de que tenía aspiraciones literarias diferentes y continuó en solitario, escribiendo exitosas novelas como "Consuelo," "Los maestros soñadores," y "El molinero de Angibault."

Sand también fue amiga de influyentes figuras de su época, como Chopin, Liszt, Delacroix, Hugo, Balzac, Flaubert y Verne. Pasó un tiempo en Mallorca con Chopin y documentó su experiencia en "Un invierno en Mallorca."

Además de novelista, Sand escribió sobre temas políticos y sociales, y apoyó causas republicanas. Fue miembro del gobierno provisional de 1848 y desempeñó un papel destacado en la política de su tiempo.

George Sand falleció en 1876 y fue enterrada en su amado hogar de Nohant. Su legado perdura en sus obras literarias y en su influencia en la lucha por la igualdad de género y los derechos de las clases trabajadoras en el siglo XIX. Su vida y su escritura desafiaron las convenciones sociales de su época y la convirtieron en una figura icónica del Romanticismo francés.