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Literatura cubana contemporánea

Ensayo

El cuento cubano contemporáneo:

Aspiraciones y realidades

Es necesario aclarar que bajo el término cuento cubano contemporáneo nos referiremos a la producción cuentística cubana que comenzó alrededor de 1990

Es necesario aclarar que bajo el término cuento cubano contemporáneo nos referiremos a la producción cuentística cubana que comenzó alrededor de 1990, año determinante en el futuro inmediato del país, por cuanto en esa fecha se derrumbó el socialismo europeo y Cuba tuvo que enfrentar un período de crisis económica que obligó a redireccionar aspectos esenciales de la economía y la sociedad.

La literatura, en tanto rama del pensamiento y el arte muy ligada a la cuestión social, sacó partido de esa circunstancia y comenzó a producir infinidad de textos de calidad variable que dieron fe de la situación que atravesaba el país. Comenzaba en Cuba una época marcada por producciones literarias muy cercanas al realismo sucio norteamericano en cuanto a temáticas y recursos expresivos se refiere. Una oleada de personajes literarios caracterizados por la marginalidad, el lenguaje sucio y las situaciones radicales inundó las páginas de los libros cubanos; los temas que antes habían sido excluidos de nuestra producción cuentística se retomaban con una fuerza nueva.

A mi juicio, la conjunción de circunstancias de cambio favorecieron esa explosión: situación económica y social aguda, cambios en la política cultural de la revolución y (no menos importante) la adquisición por el estado cubano de nuevas tecnologías de impresión que permitió a fines de los años 90 una verdadera eclosión de literatura y escritores de muy variada gama de intereses y miradas. El cuento “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”, de Senel Paz, es considerado por muchos como el detonante de la nueva corriente literaria. Recordemos que este texto dio origen al guión de la película Fresa y chocolate, decididamente el más conocido largometraje de ficción cubano de los últimos veinte años. Recomiendo la lectura de ese cuento, por cuanto en él se avizora bastante de lo que va a ocurrir en Cuba en materia de literatura de ficción en los veinte años siguientes.

Pero sería bueno, antes de explorar la producción cuentística contemporánea cubana, echar una ojeada a nuestros más ilustres y representativos predecesores, y de esta forma será más fácil entender un fenómeno cultural que abarca las dos últimas décadas. Hablemos, pues, de los antiguos maestros del cuento cubano, y luego examinaremos a los contemporáneos.

Cuba no fue nunca un país de cuentistas. La novela, género más popular, tuvo importante representación en la parte final del siglo XIX y la primera mitad del XX. Recordemos a Cirilo Villaverde y su excelente Cecilia Valdés; recordemos también a Carlos Montenegro, Ramón Meza, Miguel de Carrión, por solo citar algunos nombres de novelistas. El cuento, si bien se cultivaba en su variante de la narrativa oral, era un género menos difundido. Los primeros aciertos aparecen con Enrique Labrador Ruiz, Félix Pita Rodríguez, Enrique Serpa y otros.

A fines de la primera mitad del siglo XX los cubanos comienzan a leer con alguna voracidad los cuentos de Onelio Jorge Cardoso y Samuel Feijóo. Eran historias que tenían como escenario el campo cubano y se caracterizaban por un costumbrismo raigal y una marcada vocación didáctica. Con la llegada de Alejo Carpentier a nuestras letras comienza quizá la mejor época del cuento cubano. Alejo Carpentier, cubano, fruto de una mezcla rara de ruso y francés, aportó al cuento cubano una altísima cuota de cultura universal. Recordemos su grandiosa parábola Los advertidos, cuento que considero como uno de los textos mejor logrados de toda la gran cuentística carpenteriana y, porqué no, de la lengua.

En momentos en que los grandes Rulfo, Cortázar, Onetti y Borges dotaban a la América Latina de toda una gran producción cuentística muy bien delineada de otras zonas y otras formas de hacer (la cuentística norteamericana y todo lo que de bueno o de malo aportó a nuestra región) también Alejo Carpentier estaba legando a Cuba un trabajo que muy bien habrían de envidiar países más grandes o con mayor tradición dentro del género.

Con el triunfo de la Revolución Cubana se abren nuevas posibilidades para la narrativa. El costumbrismo cede paso a la llamada narrativa de la violencia, cuyos principales exponentes fueron Eduardo Heras León, Jesús Díaz y Norberto Fuentes, autores que empezaron a hablar de las difíciles circunstancias de la guerra. Recordemos que Jesús Díaz obtuvo el Premio Casa de las Américas con un libro llamado Los años duros, texto antológico de nuestra narrativa. Esta etapa altamente productiva, sin embargo, duró poco.

Los años 70 y 80 muestran un gran vacío en lo que al cuento cubano se refiere. Fue una época de predominio para la literatura policial, con marcada influencia de la narrativa que se producía en los países socialistas de Europa. El cuento en su forma tradicional prácticamente dejó de existir.

Y llegamos así a los años 90. Ya he dicho que esta etapa se abre con el cuento de Senel Paz. Por supuesto, hubo en esos años otros nombres, pero sólo cito a Senel porque me parece el más representativo. Lo curioso es que, en pleno período de crisis económica y social, el cuento cubano adquiere una dimensión nunca antes observada. Un gran número de escritores empieza a apostar por el cuento. Se aligera el problema de la edición y publicación y se observa un interés mayor de las instituciones del estado por promover la nueva producción literaria. Una generación de narradores jóvenes comienza a hacerse visible, y con ella aflora todo un mosaico de temas que van desde el realismo sucio hasta la fantasía más absorbente.

La creación del nuevo concurso literario de cuento Alejo Carpentier en el año 2002 dio un nuevo impulso al género. Los nombres de los jóvenes cuentistas empezaron a ser pronunciados por un público cada vez más amplio. Es común encontrarse a un cubano en un parque leyéndose un libro de cuentos de Ernesto Pérez Chang, Jorge Ángel Pérez, Lorenzo Lunar, Raúl Flores Iriarte, Rafael de Águila, Alberto Garrido, Orlando Luis Pardo, Obdulio Fenelo, Marcial Gala, etc. Y, para satisfacción nuestra, ocurre lo mismo con libros de cuentos escritos por mujeres. Son muy conocidas en nuestro país las escritoras de cuentos Laidi Fernández de Juan, Mylene Fernández Pintado, Evelyn Pérez, Ena Lucía Portela, Anna Lidia Vega Serova, Mariela Varona y otras.

Hoy se puede asegurar que, en términos de calidad, el cuento cubano disfruta de una mejor posición respecto a la novela. Un hecho singular ha brindado su aporte palpable: la creación del curso para jóvenes narradores, que dirige el escritor Eduardo Heras León. No conozco de una institución parecida en el mundo hispano. Recuerdo ahora que Juan Rulfo encabezó una experiencia similar en Méjico en los años 50. La experiencia cubana ya ha dado frutos abundantes. Hoy se puede hablar de una escuela cubana de narrativa, al menos en lo que a estilo y abordaje de la realidad se refiere.

El cuento cubano contemporáneo, si bien ha bebido de innumerables fuentes en los últimos cincuenta años, exhibe hoy características muy propias que le van abriendo un espacio destacado dentro de la cuentística en lengua española. Prueba de ello es que los cubanos ganan con cierta regularidad importantes concursos a nivel de la lengua: Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar, que se convoca todos los veranos en Cuba; Premio Internacional Juan Rulfo de Cuento, convocado en París todos los años por Radio Francia Internacional; Premio de Cuento Casa de Teatro, convocado cada dos años en la República Dominicana; Premio Casa de las Américas de Cuento, que se convoca regularmente en Cuba. Baste decir, por ejemplo, que tres cubanos han merecido el Premio Casa de Cuento en lo que va de siglo: Alberto Garrido, Ángel Santiesteban y Emerio Medina.

¿De qué escriben los cubanos? ¿De qué tratan nuestros cuentos? ¿Qué corrientes predominan, y hacia qué rumbos se encamina el género en la Cuba de hoy?

Imagino que para el público presente las respuestas a esas preguntas pudieran resultar interesantes. Ya he dicho que en los años 90 se produjo una eclosión de la llamada literatura sucia. Hoy, tras veinte años de producción, el panorama general del cuento cubano no ha cambiado mucho. Podemos exhibir, sin embargo, todo un gran mosaico de temas y autores.

La corriente fundamental sigue encaminándose hacia esta variante del realismo. A mi juicio, esa corriente literaria no ha dado todavía todos sus frutos. Se acusa, sí, cierto agotamiento de las formas de hacer, pero cada año nuestras editoriales dan a conocer nuevos autores, y son autores muy jóvenes, cuyas principales motivaciones tienen que ver con la literatura sucia.

Tuvimos en los años 90 y los primeros años de este siglo un maestro del género, el excelente cuentista y novelista Guillermo Vidal, cuyo trabajo influyó de forma definitiva en toda una gran generación de narradores. Guillermo, lamentablemente, murió hace unos pocos años, pero su legado sigue vivo y cada vez su nombre aparece multiplicado en decenas de cuentistas jóvenes. Guillermo Vidal hizo del realismo sucio todo un gran ícono. Hubo momentos en que ese parecía ser el género expedito para un país como Cuba; parecía, en fin, que la literatura sucia iba a resolver los grandes retos del cuento cubano. Todavía hoy numerosos autores, sobre todo autores muy jóvenes, apuestan por esa corriente.

El tiempo demostró, sin embargo, que el cuento cubano no iba a alejarse demasiado de la narrativa latinoamericana más tradicional. En las últimas ediciones de los concursos nacionales de cuentos más importantes del país se han premiado textos que van apuntando hacia ciertas zonas olvidadas, y que ahora parecen renacer. La fantasía, la fábula, la sátira social, el absurdo, el humor negro, el erotismo y la picaresca ya están ocupando espacios importantes dentro de la producción cuentística cubana. Cada vez nos alejamos más del costumbrismo y el pintoresquismo criollos y nos adentramos en las selvas complicadas de la literatura universal.

El autor cubano de hoy escribe fundamentalmente sobre temas sociales. El cuento rural prácticamente ha desaparecido y las historias se mueven en un ambiente urbano. Se observa una constante contraposición entre el ciudadano común que ve pasar la vida desde su cómoda posición de observador y ese otro ente ríspido y cambiante que es el hombre inconforme con las circunstancias en que le tocó vivir y toma decisiones radicales. El amor, la muerte y el miedo son temas constantes.

Los espacios fundamentales del cuento están ocupados por historias de seudoamor, de violencia doméstica, de inconformidad con preceptos legales comúnmente aceptados por la sociedad. Abundan los cuentos sobre la emigración (legal o ilegal), la prostitución (femenina y masculina), la vida nocturna (rocambolesca u oscura, alegre o marcadamente triste, furibunda o apelmazada, o bien carnavalesca y tropical, en dependencia del personaje que el autor escoja para fabricar su narración).

Abundan las historias de corte homoerótico u homosexual, toda vez que los tabús catolicistas en la literatura han sido transgredidos y ya ahora los personajes pueden hablar con voz propia y los cuentistas dirigen su mirada hacia determinadas zonas oscuras de la sociedad. Abundan también en la cuentística contemporánea cubana las historias carcelarias con toda la crudeza que la circunstancia exige y los cuentos donde el cubano de a pie interactúa con el turista extranjero, ese que llega al país buscando un paraíso de placeres tropicales muy baratos y tiene que enfrentar las luces y las sombras de una sociedad curtida por cinco siglos de mestizaje y mezcla cultural.

La Habana, única ciudad puramente literaria de Cuba, es el escenario de casi toda nuestra producción cuentística. Son comunes y abundantes las historias ambientadas en La Habana, y son historias concebidas como un contrapunteo constante entre el bien y el mal, entre el héroe y el villano, sólo que los héroes y los villanos de hoy han sido humanizados por la mano de los escritores hasta lograr personajes cada vez más creíbles, cada vez más cercanos a nuestra propia circunstancia.

Se advierte también, por supuesto, una marcada intención de fabular la vida sin detenerse en los detalles nimios de la realidad. Yo creo que estamos volviendo a los tiempos de Carpentier. Cada día me convenzo más de que el cuento cubano tiene todavía un camino muy largo que recorrer, un camino áspero y difícil que nos llevará en breves años a exhibir una cuentística rica en modulaciones y formas de hacer donde la voz del escritor sea voz colectiva y no el aullido de un lobo solitario en las inmensas estepas de la literatura.

En cuanto a mí, que me considero sobre todo un cuentista (aunque escriba novelas y literatura para niños y jóvenes), he dirigido los cañones hacia zonas del cuento ya exploradas por otras generaciones de narradores, y conste que no le hecho por desconocimiento o superficialidad; lo he hecho, lo hago, y lo haré así porque considero que todavía hay cosas que decir sobre nuestra historia, nuestra identidad y nuestra cultura.

Hay aspectos de la historia cultural de mi país y de América que son para mí una preocupación constante. Me las arreglo para armar historias fantásticas que utilizan la realidad como soporte y logran el efecto del cuento. Uso como centro de toda mi producción al cubano de hoy, ese que anda por la calle y va pensando que la vida puede deparar sorpresas y situaciones imprevistas, pero guarda siempre una esperanza.

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Sobre el autor

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    . Mayarí, Holguín, 1966. Es el narrador cubano más premiado de los últimos años. Con Rendez-vous nocturno para espacios abiertos obtuvo el Premio de la Ciudad de Holguín 2006; con el relato “Los días del juego” el Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2009; y ese mismo año el Premio UNEAC de Cuento Luis Felipe Rodríguez por su volumen Café bajo sombrillas junto al Sena. En enero de este año (2011) obtuvo el Premio Casa de las Américas por su libro La bota sobre el toro muerto.