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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

Patas al aire

Cuando llegué Roger hablaba con alguien, un tipo alto y pelirrojo. Me fui a la terraza, el piso estaba lleno de hojas secas

 “Tot quant es gela.
Mas ieu non posse frezir”.
Arnaut Daniel de Ribeirac

Cuando llegué Roger hablaba con alguien, un tipo alto y pelirrojo. Me fui a la terraza, el piso estaba lleno de hojas secas, y flores, unas flores rojas y pequeñas con manchas blancas. Siempre me gustó sentarme allí, uno se sentaba y la paz bajaba quién sabe de dónde, pero bajaba, uno la sentía llegar, dar vueltas y vueltas hasta echarse ahí, a los pies, como lo haría un perro. Roger me abrazó, nos quedamos así un rato, él sin mover un dedo, yo le acariciaba los cabellos, ralos encima de la nuca, siempre me había gustado hacerlo. La paz nos miraba hacer y se estaba muy quieta. Gracias. ¿Por qué? Por venir. Roger era muy tonto, apenas ayer me había llamado: me voy el martes. ¿Adónde? Me voy a Gaewtzee. Me reí: ¿y eso… dónde es? En Holanda, quiero verte. Por eso estaba yo ahora acá, y lo abrazaba y dejaba que la palma de mi mano regresara una vez y otra a pincharse con los ralos cabellos encima de su nuca. Al fin nos separamos, nos acodamos a la baranda de la terraza, debajo había todavía más hojas y basura, mucha basura. La paz quedó detrás, mirándonos. ¿Cuánto tiempo vas a estar en Holanda? Tres meses…, en principio. En principio los amigos se iban, en principio era tan sólo por unos meses, después, en principio, no regresaban, en principio una se iba quedando sola, todo eso en principio. Por eso volví a abrazarlo, a llevar la palma de la mano sobre los cabellos ralos, allí, encima de la nuca. Él estuvo oliendo mi cabello hasta advertir una fragancia nueva. Cambié de champú. Maravillosos los cambios, dijo, y aquello, evidentemente, era una ironía. La paz hizo una mueca. Siete meses antes yo había dejado a Roger. Lo había dejado por otro hombre. Un hombre mayor. Un tipo que parecía muy interesante. Parecía. Aquello duró poco pero después ya no tuve deseos de regresar a Roger, en realidad no tuve deseos de regresar a hacer algo. Y ahora Roger se iba a un sitio raro. Glaesky, o como se llamara. Y la paz hacía una mueca. ¿Qué es ese lugar donde vas? Un pueblo, pequeño, en la frontera con Bélgica. Sonrió: hay molinos de viento, vacas y mucho queso. Seguro también hay lienzos de Van Gogh, dije yo. También. Y cerveza. Claro, hectolitros de cerveza, de la negra. Yo entorné los ojos como alucinando y Roger me llamó borracha. La paz también lo era porque se relamió los labios. Roger era abstemio, casi totalmente abstemio, alguna que otra vez accedía a tomar del vaso de alguien, eso ante la insistencia, después sonreía y mencionaba la úlcera. Una úlcera inexistente. ¿A quién conoces allí? A Matty, dijo. Yo no sabía quién demonios podría ser Matty pero tenía nombre de vaca, una vaca lechera, se le ordeñaba y daba muy buena leche, excelente queso, una vaca que pastaba muy cerca de un molino de viento, un molino del que colgaba un lienzo. Uno de Van Gogh. ¿Quién es Matty? La paz enarcó las cejas. La conocí chateando. La, advertí, no me faltaba razón, Matty era femenino, y era una vaca. Chateamos unos dos meses, después ella vino acá, ahora voy yo. La paz enarcó todavía más las cejas. La vaca se había alejado del pasto, en principio, todo eso para venir acá, un sitio donde no había molinos, ni viento, ni pasto. Un sitio donde ella sería la única res. Todo eso en principio. No quise seguir preguntando, era obvio que Roger y la vaca tenían una relación. Roger con una vaca, holandesa, leche de calidad superior. Top quality. Y queso. A mí me gustaba a morirme el queso. Gruyère, Gouda, azul, el que fuera. ¿Vive en ese sitio de nombre raro? En Gaewtzee, sí, vive allí, tiene un coffee shop con Internet. La vaca pastaba en un coffee shop y consultaba twitter, colocaba su foto en facebook, administraba un blog en el que explicaba cómo ingerir toneladas de hierba y evitar deposiciones verdes. Una vaca cibernética. Yo no sabía qué mierda de idioma se hablaría en Holanda, imaginé a Roger tratando de tirar de la vaca, tiraba de Matty con una soga, una muy gruesa, de cáñamo, una buena soga de cáñamo, no una de esas, sintéticas, la vaca tenía una campana colgante del cuello, ding dong, se ponía terca y se negaba a avanzar. Ding dong, era una vaca muy tozuda. Ven, dijo Roger. La paz nos miró, desilusionada al saber que perdería el resto de la historia. Nos fuimos al cuarto, allá todo estaba igual, todo salvo la foto de una rubia, la foto estaba encima de la mesa de noche, una rubia muy rosada y algo adiposa, una rubia de pechos enormes. También había una bandera, una tela a tres bandas, roja, blanca y azul, la tela colgaba de un extremo del cuarto, encima habían unas letras, me esforcé en leer Koninkrijk der Nederlanden, vaya Dios a saber lo que podría significar aquello. Del cuello de la rubia en la foto no colgaba campana alguna. Tampoco una soga. Ni de cáñamo ni sintética. La rubia sería la vaca. Matty. Y la bandera, holandesa. Quiero dejarte todos mis libros, o los que quieras llevarte. Bueno, dije, me los llevo todos. El viento movía la bandera y yo lamenté haber dejado a Roger por aquel tipo, el tipo era un estúpido, el muy anormal era casi impotente y siempre estaba dispuesto a hablar de cualquier mierda, eso durante horas. También puedes llevarte mis CD. Simulé alegría, Roger tenía muy buena música, y montones de films de culto, la colección completa de Von Tiers y Tarantino, casi todo Kaurismäki, un tesoro pero yo habría preferido que Roger no se fuera a sitio alguno, llegar alguna noche acá para volver a ver juntos Breaking the waves o Anticrist, la jarra de té con hielo encima de la mesita, la terraza abierta, la paz acurrucada en algún sitio, todo eso aunque al final le diera un beso en la frente y me fuera a dormir a casa. Si quieres también puedes llevarte el equipo de música, la PC necesito que la vendas, pueden darte seiscientos, tal vez más, el display no es aquél que se nos ponía negro, es nuevo, lo trajo Matty, y el disco duro es de 500 Gb. La vaca Matty no sólo pastaba, también era un animal de carga, cruzaba el Atlántico cargada de vituallas y mugía, todo el Atlántico lo cruzaba a puros mugidos. Tengo un amigo que puede ayudarme a venderla, a buen precio. Si quieres te quedas con el modem. No, tengo uno, bueno. Éste lo trajo Matty, míralo, tal vez sea mejor que el tuyo. Yo no tenía deseo alguno de quedarme con algo que hubiera traído una vaca, por eso insistí en que el mío era mejor. No sé, dijo él, dime de alguna otra cosa con la que quieras quedarte. Estuve a punto de decir que sólo deseaba quedarme con él pero no tenía derecho. No tenía el menor derecho. Eso la paz lo sabía, yo lo sabía, él lo sabía. Puede que el viejo impotente y la vaca también lo supieran. Era algo que en principio sabíamos todos. ¿No vas a volver? Roger demoró bastante en responder: no… no creo, dijo. Fue un error haber dejado a Roger, todo eso por un viejo, un viejo impotente, una va por la vida cometiendo errores y después la gente se va a Gaewtzee o a cualquier sitio. En principio. Se van y una no puede enmendar los errores. ¿Tienes donde vivir allá? Al viejo no se le paraba y tenía aquello bastante chico. Viviré con Matty, ella vive sola, encima del coffee shop. Yo había dejado a Roger por un imbécil, tuve deseos de quitarme un zapato y darme con él. Duro. En la cabeza. Una. Dos. Muchas veces. La vaca y el viejo impotente habrían hecho buena pareja, el queso y los molinos de viento alcanzarían a solucionar los problemas de erección del viejo. Hasta podrían ahorcarse juntos, con la soga de cáñamo. O con una sintética, eso no importaba. ¿Y trabajo?, ¿tienes trabajo? Presumí que aludiría a alguna faena en el coffee shop, Roger era experto en computadoras, no tendría la vaca que enviarlas a algún taller o comprar nuevas, Roger crearía un taller a un lado del molino de viento, cambiaría motherboards mientras contemplaba pastar a las amigas de Matty, todo el rebaño ahí, Roger miraría a través de la ventana y las vacas harían lo suyo. Crunch, crunch, vacas pastando. Y muuuuuu, mugiendo. Las vacas siempre mugen. Eso es lo suyo. Voy a trabajar en el coffee shop, dijo. Quise saber en qué idioma se entendía con la vaca. Hablamos inglés, Matty estudió hotelería en Londres. Vaca Picadilly Circus, vaca Trafalgar Square, vaca Buckingham Palace, vaca que engullía verde pasto y se solazaba con el herbaje, una hierba muy verde, inglesa, pasto del alegre bosque de Sherwood. Todo verde Lincoln. El inglés de Roger no era bueno y quizá no haya logrado entenderse a derechas con la vaca, ella: te vas a mi coffee shop de esclavo, fucking boy, él: no importa abunden en Holanda los eslavos, honey; ella: a la noche dormirás en el cepo, fucking boy, él: dormir junto a tu pecho será romántico, sweetheart, Roger llegaba a Holanda y terminaba grilletes a los pies, camina sudaca de mierda, fucking boy, gritaba la vaca, y Roger: no soy sudaca, anormal, soy del Caribe, y la vaca Matty se deshacía gritando que todos éramos sudacas, todos la misma mierda, sudaca, you are sudaca, all of you are sudacas, fucking boy, aullaba, y el viejo impotente tomaba viagras junto al molino y las vacas todas se regodeaban felices, y el pasto era de lujo, buen pasto verde Lincoln, toda Europa luce buen pasto verde Lincoln, todo eso hasta que Roger lograba enviarme un mail ayúdame, coño, y del cielo caía un grupo especial dispuesto a rescatarlo. Me gustaría quedarme con la butaca, dije. Es tuya, concedió él. Era una butaca de tela rosada con listas verdes, de tono playero, muy cómoda, yo solía sentarme ahí horas, a veces me dormía y Roger me cargaba para llevarme a la cama. Me senté, seguía siendo muy cómoda, rogué para que Roger no dijera que la vaca se había sentado allí. ¿Qué otra cosa quieres llevarte? Negué con la cabeza y cerré los ojos. Quería llevarlo a él, en mi mochila, tenerlo allí, a salvo, lejos de la vaca Matty, lejos del coffee shop, de todos los coffee shops del mundo. Pero no tenía ese derecho. No lo tenía. ¿Qué te pasa? Cité mi clásica migraña. Roger se sentó al borde de la cama: acá no resistía más, dijo, tengo que irme. Yo estaba segura de no resistir más en sitio alguno, ni acá, ni encima de un molino de viento allá en Holanda. O donde fuera. Todo podría verse de un exuberante verde Lincoln pero en realidad era un espejismo. Todo era la misma hediondez. Con molinos o sin ellos. Todo negro. Gris mortuorio. En cualquier sitio abundaban las vacas Mattys y los tipos Roger, tipos que se marchaban para compartir la vida con reses. Reses seductoras. Y viejos impotentes. Si un tipo estaba obligado a tomar viagras para tener sexo prefería cortarme las venas. O cortárselas al tipo. Un buen corte en las venas. En las venas del glande. Eso en principio. Y que se desangrara el muy energúmeno. O tal vez una buena soga. De cáñamo. Nunca de las sintéticas. Suelen partirse. Roger se sentó en el suelo, frente a la butaca bicolor: no quiero que estés triste, dijo, voy a escribir, mandaré fotos. Roger a lomo de la vaca; Roger a un lado del molino; Roger junto a un lienzo de Van Gogh; Roger sentado en el coffee shop, a los labios una sonrisa que era un SOS. Divina sonrisa Morse de Roger. También yo voy a mandarte fotos, prometí, chica encima de butaca (masturbándose); chica encima de butaca (amago de sonrisa); chica encima de butaca (llorando). Acaricié el lado izquierdo de la cara de Roger, con el envés de los dedos, así me gustaba antes hacerlo, estaba muy bien afeitado, quise pensar que se había afeitado así para mí, siempre me gustó aquel rasurado perfecto. Ven, dijo. Nos sentamos ahí, en el piso, nos abrazamos muy fuerte, la cabeza de Roger entre mi greña, entre mi greña y mi cuello, yo triste, muy triste entre Roger y una vaca. Nos apretamos muy duro. Si yo no te hubiera dejado por ese viejo de mierda… no te irías ahora, dije. Él que no era mi culpa, las culpas son un tema recurrente para los cubanos, encontrar culpas y culpables, así había sucedido siempre, todo eso explicó él. Tal vez fuera aquélla una tesis vacuna, la vaca la habría expuesto en su chat, en Holanda no urgía andar buscando culpables, en Holanda todo cuanto sucedía era maravilloso, verde Lincoln, el mejor de los mundos posibles, el mejor queso, la mejor leche, las mejores vacas, la felicidad, Dios lo sabe, no tiene culpables, o tal vez acaecieran multitud de hechos terribles, el queso con un regusto a hiel; en los molinos una pestilencia de muerte; las vacas todas con brucelosis, pero los holandeses las miraban pastar, y los culpables miraban las aspas hendiendo el aire, idílicas las aspas, monísimas, y el queso no tenía ya ese sabor ni los molinos olían tan mal, y las vacas sanas que era un primor, y los holandeses muy primorosos ellos y cero culpas, de culpables ni el olor. Todos absueltos. Inocentes que era un primor. Es cierto, dije, no hay culpables. O todos lo somos, pensé. Todos. De haber estado juntos pudo haber ocurrido cualquier otra barbaridad, dijo, es la vida. Claro, volví a decir: la vida. No es precisamente un primor la vida. Pero de haber estado juntos no habría optado él por irse, irse con una vaca, una vaca holandesa, unos cuartos traseros poderosos, el mejor solomillo. Aunque quizá sí. Y es que eso era la vida. Una porquería la vida. De este lado. Del otro. Siempre se opta por el mejor solomillo. El mejor solomillo borra las culpas. El mejor solomillo favorece hacer elección. De este lado había sólo una mísera chica, una chica sin leche ni cuartos traseros. Una chica que nunca había comido solomillo. Una chica llena de culpas. Una chica no elegida. Roger me besó, casi no moví la lengua, respiré profundo para dejar entrar su olor, bien adentro, y no cerré los ojos, lo miré desde muy cerca, él movía la lengua dentro de mi boca y yo respiraba, el olor de Roger entraba y entraba y la vaca Matty se me hacía un nudo sobre el ombligo. Y más arriba. También abajo, sobre todo más abajo. La vida era experta en hacer nudos. Gordianos. Y no cabalgan ya Alejandros capaces de cortarlos. Una los busca y los busca y no existen. Ni en Macedonia. Roger quiso besarme los pechos, o verlos por última vez, postrera visión de mis pechos, podía llamarse aquello, pechos estos blancos, mucho más pequeños que las ubres de una vaca, Roger los miró un rato, después quiso saber si deseaba jugo. ¿Jugo? Sí, de tamarindo, anunció él, no creo que lo haya en Gaetwzee. Quedé sobre el suelo, pechos descubiertos, la bandera blanca, roja y azul a tres listas moviéndose, el viento entraba por la ventana y la movía y yo pensé en Bonifacio Byrne, aquello de “no deben flotar dos banderas donde basta con una, la mía”, esos versos, uno los aprende desde la escuela, quise saber si Roger se llevaría a Holanda una bandera cubana, una bien grande, una que ondeara cuando el aire gélido del norte moviera las aspas del molino de viento y el pasto cabeceara, un pasto que engullirían las vacas. Muuuuuuuu. Todo verde Lincoln. La bandera cubana y el pasto verde Lincoln. Me cerré la blusa y Roger regresó con el jugo. Estaba muy ácido, montones de gramos de vitamina C, una vitamina maravillosa que no obstante no movía un jodido dedo para que Roger no se fuera a rumiar con una res. Roger cerró la ventana y reincidió en zafarme la blusa, en mirar mis pechos. Lo dejé hacer. Me eché al suelo, la cabeza sobre sus piernas, Roger se quejó del calor, se levantó para activar un artilugio en la pared, un aire acondicionado, Hitachi. Nunca hubo aire acondicionado allí, sólo ventilador, uno viejo, un General Electric muy sucio, hacía ruido y Roger se mataba poniéndole lubricante, troc, troc, así sonaba, ahora era un Hitachi, un equipo pequeño, blanco, casi no hacía ruido. Seguramente lo había traído Matty. La vaca. Toda una caravana de acémilas cruzando el Atlántico. Una caravana mugiente. Voy a dejárselo a la vieja, dijo, y daba vueltas y vueltas con el dedo índice a mi ombligo. Vueltas en el sentido de las manecillas del reloj. Yo quería que mi vida girara en sentido inverso. Vueltas y vueltas a la vida hasta llegar al preciso instante en que tomaba yo la decisión de no dejar a Roger. No dejarme seducir por las artes de un viejo. No dejar que la vida fuera la mierda que es. Que no enfríe mucho, por favor, sabes que me llega la alergia. Roger volvió a pararse para correr el mecanismo a low. Una lastima no alcanzar a hacer lo mismo con la vida, correrla a low. Después me contó que en el coffee shop era legal fumar marihuana, en Holanda era legal aquello, de toda Europa llegaban tipos a Gaewtzee, cruzaban la frontera para visitar el coffee shop de Matty, la vaca los recibía a puros mugidos, los ding dong de la campana, el pueblito muy cerca de la frontera belga y todos llegaban a fumar hierba, buena hierba marroquí y fuerte moka negro de Etiopía, al rato todos estaban muy felices con los mugidos de Matty, y la vida estaba en high. Claro, era Holanda. En Holanda la vida siempre está en high. Y no hay culpables. Tú no vayas a tocar la jodida hierba, dije. Roger se rió: sabes que yo ni cerveza, de ser tú en Gaewtzee… habría que tomar precauciones. Nos reímos, Roger tenía razón, el vicio asomaba vestidito de frac y se anunciaba: buenas noches, y yo sin reparos abría todas las puertas, albricias, Alvar Fáñez, como profiriera un día el Cid, el vicio y yo nos dábamos los mil abrazos, emocionadísimos. Me imaginé sentada en el coffee shop allá en Gaewtzee, navegando en Google, el humo de cannabis llenando deliciosamente el local, un tazón de moka etíope aderezado con chocolate suizo, Nestlé, mixtura ésa de las más raras, los holandeses me miraban con los ojos muy grandes y los belgas cruzaban la frontera para conocerme y la vaca mugía de rabia, de tanta sorda envidia, alguien acudía a ordeñarla y se llevaba una garrafa humeante de leche ácida, y los belgas reían, y los holandeses reían, y cada vez el humo de cannabis era más denso, un humo que se religaba con música holandesa, una música rarísima, unos acordes como para provocar migraña, en un extremo había un jukebox, una de aquellas cajas ridículas de los años 50, llena de luces de colores, luces que hacían guiños, yo me levantaba y ahora era Love in an elevator, de Aerosmith, verdad ésa mayor que un templo, y después Stairway to heaven, de Led Zeppelin, escalera como no hubo ni habrá jamás otra, y más tarde Angie, de los Rolling, un Jagger todavía más grande que todas las escaleras y todos los templos, y los holandeses aplaudían, y los belgas aplaudían, todos aplaudían como locos, y la vaca Matty, de pésimo gusto, miraba con sus muy vacuos ojos y volvía a mugir. Si te hiciera falta algo me lo dices, ya veré yo como mandártelo. Lo abracé, tuve deseos de pedirle que no se fuera, pero sólo lo abracé, dije (él, desde luego, lo sabía) que mis necesidades eran muy reducidas, pocas veces necesitaba yo algo, ahora, por ejemplo, necesitaba no seguir acá, en el suelo, mis posaderas, en Holanda puede que el suelo fuera menos duro, muy holandés él, mullido, acá el suelo era duro, acá era mejor la cama, acá siempre la cama había resultado la mejor de las opciones, el mejor sitio, tal vez no fuera así en Holanda, acá siempre lo había sido, el mejor de los mundos posibles, mi reino por una cama, dadme una cama y moveré el mundo, dejad que las camas vengan a mí, camas de todos los países, uníos, cama que estás en los cielos, bienaventurada seas. La cama is an elevator. ¿Quieres que lo hagamos?,… por última vez. ¿Hacer qué?, quise saber. Desde luego, yo sabía muy bien de qué se trataba. Él sonrió: pues, eso… No entiendo. Roger me tomó de la mano: ven. No sé cuánto podría gustarle a Roger la vaca Matty, a mí me gustaba mucho Roger, quedamos en la cama, sentados, desnudos, las piernas recogidas a lo hindú, mirándonos. Mientras más se acercan los días más… difícil es, confesó él. Yo quise saber qué era difícil. Que cada día sea un día menos, dijo, como un canceroso, el médico dice al tipo que le quedan tres meses, el tipo los va contando, uno, dos… Yo me reí: es Gaewtzee, tonto, no es cáncer. Nos abrazamos. Y Matty, volví a decir. En realidad estuve muy cerca de decir y la vaca. Matty es buena, dijo él. Pasta bien, pensé yo, una rumiante de lujo, tiene el estómago dividido en las conocidas cuatro partes; panza, bonete, libro y cuajar, así estaba dividido el estómago de un rumiante. Y me quiere, volvió a decir él. También yo te quiero, anormal, me dije, muy bajito, también yo, pero cometí la torpeza de dejarte, por un tipo, un viejo impotente que adoptaba poses, un viejo que me había parecido interesante. Por supuesto, el viejo no era culpable. Nadie era culpable. Los cubanos debemos dejar de creer que existen culpables. Los cubanos debemos declararnos libres de culpas. Exculparnos. Los monos se espulgan todo el tiempo. Nosotros debemos exculparnos. Sobre las camas. Sobre las camas no hay culpables. Sobre las camas todos inocentes. Not guilty. El sexo de Roger estaba laxo, un sexo que había tenido yo muy dentro para después adentrarse en las entrañas de una vaca. Zoofilia, se llamaba aquello. Creo que no voy a poder hacerlo, discúlpame. Expliqué que no tenía importancia, era lindo estar así, los dos, por última vez. ¿Tú no quieres irte?, quiso saber. No, no quiero. ¿Por qué? Porque en cualquier sitio es la misma mierda. Roger no dijo nada, se quedó así, laxo, arrebujado en mi regazo, los ojos tan cerrados que parecía un muerto. Quizá pueda venir cada dos o tres años. Acaricié con la palma de la mano aquellos cabellos ralos encima de la nuca. Tal vez para ese entonces alcanzara yo a estar con alguien, y Roger nos invitaba a cenar, y mira X te presento a Roger, y mira, Roger, éste es X, tanto gusto, el gusto es mío, langosta thermidor y mucha cerveza, y nos divertíamos a morirnos, y él se deshacía en infinitas historias sobre la mierda que era Holanda, y al final me decía: me encanta X, de verdad, estoy contento de que hallaras a alguien como él. Se lo dije. Ojalá sea así, mereces un tipo bueno, dijo él. Tú no mereces una vaca, pensé. La foto de Matty estaba en el mismo sitio, Matty que lo miraba todo con aquellos ojos de res, vacuos ojos de vacuno, Roger se fue al baño y aproveché para sacarle la lengua, mentarle la madre, nunca le había sacado la lengua a un retrato. Roger se demoraba y me vestí, estar sola sobre aquella cama era muy triste, mirar alrededor, allá mi butaca, aquella bandera rara colgando allí, y el viento, soplando afuera, uuuuuuuuu, el viento que no alcanzaba ya a mover la bandera, y la vaca que miraba desde su sitio encima de la mesa de noche. Koninkrijk der Nederlanden, volví a leer. Roger regresó, también se había vestido. Trata de lograr el mejor precio para la PC, dijo, me preocupa mucho mi madre, no sé cuándo pueda yo mandarle algún dinero. Roger tenía los ojos brillantes, y no quise pensar en lo qué había estado haciendo tanto tiempo en el baño. En la casa sólo había un baño, podríamos llorar y lavarnos la cara, todo eso por turnos. Me voy, dije. Roger me miró sin atreverse a decir algo, al rato aclaró que el viaje sería el martes, a las dos de la tarde, Iberia, a Madrid, de ahí a Amsterdam, en Air France. No tenía la intención de ir al aeropuerto y lo dije. No quiero que vayas, dijo él. Fuimos hasta la puerta, la paz estaba todavía echada allí, en la terraza, al principio la creí dormida pero después abrió los ojos y se puso a mirarnos. ¿Cuando vengo a buscarlo todo?, quise saber. Te dejo la llave, cuando logres vender la PC y llevarte lo que desees le llevas la llave a la vieja. Estuve segura de que sería muy difícil regresar a aquel lugar, Roger estaría con una vaca allá en Gaewtzee y yo acá, sentada en mi butaca. Sola. Muy injusto eso. Una mierda. Pero el mundo lo era. Casi todo el mundo. Y la vida. La vida a la que no le bastaba estar en low, la muy puta se regodeaba en off. La paz me miró y estuvo de acuerdo. La vida colgaba del cuello, y pataleaba, y la soga era de cáñamo. No nos veremos más, dijo él. Por Dios, no seas dramático, suena como si fueras a morirte, te vas a Holanda, allá te espera una muchacha, comerás queso, regresarás en dos o tres años, y estarás muy gordo y muy blanco y serás adicto a la marihuana. Nos reímos. A la paz aquello no le hizo gracia y quedó muy seria. En la puerta volvimos a abrazarnos, yo acaricié otra vez los cabellos ralos encima de su nuca y maldije al viejo impotente, el muy imbécil se ponía siempre gel en el cabello y tenía blancos los vellos del pubis, hasta entonces había ignorado yo que un pubis alcanzara a ponerse blanco. Cuídate, pidió él. Cuídate tú, acá no hay vacas y la marihuana es ilegal. La paz se puso de pie, no logré saber cuantas patas. Otra vez nos reímos. Cuídate de las vacas, de los molinos de viento, de los lienzos de Van Gogh, de los belgas y de los holandeses, cuídate mucho, todo eso lo pensé y una vez más quise sacarle la lengua a la foto de Matty, mentarle la madre, en realidad deseaba cagarme estrepitosamente en su madre. Vamos a separarnos como si fuéramos a vernos mañana, propuse. La paz gritó que aquello era una farsa. ¿Y cómo se hace eso? No puede hacerse, gritó la paz. Pues… me das un beso, suave, acá, sin aspavientos, y yo uno suave, aquí, sin aspavientos, y entonces yo digo chao, y tú chao, y abres la puerta y yo salgo y te miro y te hago así con la mano y ya está. La paz que yo era una imbécil. Él sonrió, una tristeza que dejaría sin leche a las vacas allá en Gaewtzee, sin una gota de leche en las cabronas ubres. ¿Y entonces te vas? Entonces. Ahí está mi beso, dijo. Y el mío. Habían sido dos los besos, dos muy suaves, dos sin aspavientos y la paz aullaba, casi no se entendía cuanto decía. Chao, dije yo. Él quedó mirándome con aquella tristeza aniquiladora de ubres. Ahora tú abres la puerta, advertí. No, no la abras, no, gritaba la paz. Lo hizo y yo salí. Tocaba mirarlo, y no supe qué otra cosa hacer, quedé allí, en aquel pasillo de mierda, mirándolo, sabiendo que Holanda estaba más lejos que Dios, que una vaca llamada Matty se llevaba así de lejos a mi hombre. Ahora tú mueves la mano, anunció él. Sonreí: ¿cómo la muevo? Así. Roger decía adiós con la mano. No, anormal, no, no hagas eso, chillaba la paz. No supe cómo pero también yo dije adiós. También yo moví la mano. Se trataba de mover la mano y la moví. Era un gesto sencillo y lo hice. Ése era el guión, de acuerdo con el guión la puerta ahora debía cerrarse y se cerró, yo debía caminar por el pasillo y caminé. La paz quedó del otro lado de la puerta, gritando. El guión no explicaba algo más, y es que así son los guiones, mierderos, uno los sigue hasta un punto, después hacen mutis y todo se queda blanco. O negro. Como la vida. Colgando de una soga. De cáñamo. En off. Y uno mira, se mira las manos sin saber qué demonios hacer. Uno también en off. La paz quedó detrás, gritando, tirándose de los cabellos. Afuera había sol y el calor era horrible, miré arriba, la ventana de Roger estaba cerrada. En Gaewtzee Matty servía un moka muy negro y el humo de la marihuana era denso, la música horrible, más allá de la ventana el viento movía trigales, pasto verde Lincoln, y las aspas de los molinos daban vueltas y vueltas, los belgas y los holandeses discutían, de fútbol, el Ajax se medía con un equipo de la Bundesligue, y hacía frío, mucho frío. Koninkrijk der Nederlanden, ¿qué carajo querría decir aquello? Roger abrió la ventana pero no quise mirar arriba, Roger que ahora mismo gritaba mi nombre, yo que corrí, sin mirar, corrí hasta doblar la esquina, más allá había un parque y me senté. Al centro, de piedra gris, un patriota a caballo. De niña mi padre explicaba que si el caballo elevaba las patas delanteras al aire el patriota había muerto en combate, así estaba éste, patas al aire. En Gaewtzee las nubes eran densas y no dejaban ver el sol, el frío arreciaba y las vacas mugían. Montones de vacas. Acá hacía cada vez más calor, el sol era una enorme bola de fuego y nos habíamos quedado sin vacas, nos habíamos quedado sin amigos, todos se habían ido, todos se iban, a Gaewtzee, a cualquier sitio, todos patas al aire. Así estaban todos acá, patas al aire. Así estaba la estatua del héroe, una mole de piedra gris, y yo no recordaba quién coño podría ser, no recordaba, el héroe me miraba llorar, muy serio me miraba y no decía nada.

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Comentarios a: "Patas al aire"

1 Comentario

  1. […]  —Rafael de Águila reseñó mi libro —recuerda Edgar—. Hace algunos años, claro… Entonces me comuniqué con él, agradecí sus palabras y comenzamos a intercambiar correos electrónicos. Fue surgiendo la amistad sin conocernos personalmente. […]

(*)Requeridos

Sobre el autor

  • Rafael de Águila

    . La Habana, 1962. Narrador. Ha publicado los libros: Último viaje con Adriana, Premio Pinos Nuevos 1996 (Editorial Letras Cubanas, 1997); Ellos orinan de pie (Editorial Letras Cubanas, 2006) y Del otro lado (Editorial Letras Cubanas, 2010) que obtuvo el Premio Alejo Carpentier de Cuento ese mismo año. Su relato “Patas al aire” mereció el Premio La Gaceta de Cuba 2011.