Policial

Barco en llamas

—Ya tenemos casi dos años viviendo juntos, dentro de un mes puedo pedir los derechos de esposa. La mitad de lo tuyo será mío también, vamos a compartirlo todo, chichí.

Está al volante de un tráiler (una mula, como la llaman aquí) con destino a Costa Rica. Aún debe descargar en Soná los enormes troncos que porta e ir casi hasta Almirante, en la otra costa, para cargar unas alpacas de paja y media tonelada de fertilizante que esperan en Puerto Limón. Es de noche, llevan dos o tres horas de adelanto sobre el horario previsto y a ella no la van a echar de menos en mucho tiempo. Una negrita de veinte años, delgadita y preciosa, que desde la primera vez que se cruzaron decidió irse a vivir con él, de pronto se volvía tremendamente codiciosa. Nunca antes había dado muestras de esa voracidad. La carretera inmensa a ambos lados, podía perderla donde quisiera. O dejarla, sin hacerle daño, solo «adiós, nena». Le quedaba un mes para decidir, no había que precipitarse. El enfado se fue calmando tal como había aparecido. Imaginó la mitad de sus pocos bienes; y de pronto, aquella niña que en un par de frases había pasado de no tener ningún vínculo legal a convertirse en una esposa. Eso no era lo más grave, sino la sensación que lo invadió de que ella pudiera cobrar su ganancia y marcharse a disfrutarla con otro: parece que nadie mereciera tanta suerte en la vida como para que ya de cuarentón una chiquilla se enamore de él por quién es, sin dejarse llevar por el interés. Ella se llevaría la mitad del barco, que era su casa y su negocio, y lo dejaría varado, riéndose de él y contándole a otro en la cama sus secretos íntimos. Destruiría su corazón y también su imagen de playboy, que de momento le daba de comer (novia casi adolescente, viajero, sin horarios, con un apartamento de lujo ambulante en el que se podía fumar marihuana y hacer orgías, en el que podía recibir al hijo de un ministro igual que a un millonario y con ambos podría llegar —nunca había ocurrido, pero no desestimaba la idea— a hacer un negocio que lo pusiera en el juego, entre los grandes, ese grupito al que llevaba a pasear y que le regalaba unos billetes, el culo de alguna modelo y grandes dosis de cocaína).

Al bajarle la calentura, trató de ver la otra parte de la realidad, y esta era que el velero necesitaba treinta mil dólares en reparaciones, y que él estaba harto de dormir en un camarote estrecho donde la sal marina pudría la comida, las fotografías y los artículos electrónicos. La verdad es que adoraba dormir en una cama grande con Keyla, poner el aire acondicionado y hacer el amor con ella una o dos veces al día salvo en época de enfados, y que ella lo acariciara cuando se perdía en los recuerdos, su ex, sus hijos, y que ella le transmitiera tanta alegría explosiva y ganas de vivir (hasta se sentía más joven; sabía que seguramente hacía el ridículo —como había escuchado de otros viejos con pareja nuevecita—, pero él creía haber rejuvenecido y que le sentaban bien los colores de moda, porque parecía un muchacho; en su mente, nadie podía asegurar que se llevaban tanta edad), el sabor de su piel tan suave, el tacto de sus labios mayores cuando se los repasaba con los dedos y la lengua. También le encantaba la sensación de estar enseñándole cosas, de educarla, y las caras que ella ponía cuando aprendía algo. Y adoraba despertar a su lado. El futuro es de los jóvenes; el sexo es de los jóvenes; el futuro sexual es de los jóvenes: o se unía a ellos o claudicaba. Su pubis depilado, sus gemidos, sus besos.

Dio un largo frenazo: un perro en el medio de la carretera. Por suerte, estaban en una recta larga y no pasó nada, pero el tráiler quedó completamente torcido y a pocos centímetros del vacío. La próxima vez, mejor no frenar y que ocurriera lo que fuese, pero no pondría en peligro ni la carga ni la integridad de ella, de su acompañante. Pese al enfado, sabía que le importaba, y mucho, pero no podía dejar que ella lo supiera, al menos no ahora, cuando parecía que lo veía como un simple proveedor y que se iba a cobrar los favores pasados para marcharse con la mochila llena. Y eso no, él deseaba que se quedara y también necesitaba cada uno de sus bienes para poder prosperar en aquel país, ya bastante se había degradado, como ahora, teniendo que transportar un camión con doble fondo, ¿en qué se había metido?

No había podido negarse, y necesitaba el dinero. Al final, sus sueños de grandeza habían acabado en subir mercancía por tierra o por mar, ningún millonario le había cumplido sus promesas de un puesto en la empresa, y hasta sospechaba que al menos dos de ellos se habían acostado con Keyla (¿a cambio de regalos, con amenazas, porque a ella le picó el morbo?). En su momento, se había tragado los celos porque no quería enfrentarla y, también —debía reconocerlo—, con la esperanza de que aquella infidelidad le trajese algún beneficio, que nunca llegó. 

Sabía que, de una u otra manera, aquél era el principio del fin de su convivencia porque, o la descubría tan materialista e interesada como se le acababa de presentar en esa visión fugaz (¿habría sido así siempre, también mientras disfrutaba con él, mientras lloraba en su hombro?) o aquella era una llamada de atención que indicaba que, por encima de los deseos y opiniones de él y de las posibilidades de ambos como pareja, ella quería asentarse y reproducirse. En este segundo caso, dejaría de ser el rey de la casa y de disponer de su tiempo y quedaría supeditado a la provisión para la familia: ya lo había experimentado, y había escapado de eso. No volvería a pasar por los terribles primeros años y la pérdida de una hembra placentera para que fuera reemplazada por una dueña de la casa sin apenas apetito sexual y peores curvas cada día, donde una noche de limitada pasión representaba otra boca que alimentar. Definitivamente, hasta aquí llegaban juntos, y ella misma había puesto la fecha tope.

A fin de cuentas, ¿por qué la había traído?, ¿estaba loco? Conducía un camión cargado de drogas y llevaba a su novia de pasajera. ¿Cuánto sabría ella de sus vaivenes? Podía usar cualquier cosa en su contra, una mujer despechada no se mide, y hace que encarcelen al enamorado para que no se le vaya con otra. O, más ridículo aún, para que siga con ella: lo envía diez años entre rejas porque quiere conservarlo, a ver quién lo entiende. Estas historias nunca salen bien, claro, porque, cuando sale, o no quiere volver a saber de ella, o ella ya está con otro y no quiere nada con él. Pero lo metió diez años preso, para conservarlo.

Se acercaban a Divisa, al puesto de policía, uno de los que más droga decomisaba en el interior. Le dio las últimas instrucciones a Keyla sobre comportamiento, insistiendo en que tales precauciones se debían a que estaba prohibido llevar pasajeros. Ella no se lo tomó bien y refunfuñó bastante, hasta que se pusieron en la fila para que los revisaran, cuando pareció entrar en razón. Se mantuvieron en silencio hasta que les tocó el turno. Enseguida comprobó que era mentira lo que le habían contado sobre la importancia de llevar una copiloto porque así despistaría a los guardias y se fijarían menos en el camión: no solo se llevaron sus papeles y le revisaron las llantas, el sistema hidráulico y la carga (por fortuna, le habían fabricado un escondite a prueba de expertos y del olfato de los perros, para acceder a él había que desarmar muchas piezas de la cabina, o ir a tiro fijo gracias a un chivatazo, se le ocurrió, porque últimamente se habían capturado muchos cargamentos preparados por la misma gente que le había diseñado el suyo), sino que un policía quedó específicamente encargado de pedirle a ella los papeles y comprobar su autenticidad, preguntando en varias ocasiones el motivo de que ella participase en aquel viaje, porque no se permitían pasajeros («Soy su esposa»), le mostraron los recibos y el seguro; igualmente, ella no podía contar como segundo conductor, porque no tenía carné («Me lo estoy sacando, con suerte en un par de semanas»), ¿y para qué iba? («Es un apoyo, ¿sabe?, por si me da el sueño o si me pasa algo, es bueno que haya alguien para casos de emergencia»), ¿está usted enfermo, entonces?, ¿es seguro que conduzca en ese estado?, ¿esa enfermedad le afecta a la concentración, la vista, los reflejos, la resistencia? («No, no, nada de eso, me encuentro perfectamente, pero por si ocurre; es mejor prevenir), ¿dónde está la licencia de matrimonio? («No la trajimos con nosotros, no sabíamos que era obligatorio llevarla encima», «Además, somos pareja de hecho»), pero ¿están casados o no? Para evitar problemas, se encontró escuchando de su propia boca: «Sí».

Sí, estamos casados. Lo había reconocido delante de un testigo, un funcionario de la ley, aquello no resultaba muy diferente a una boda civil. Fue un momento muy tenso, de él con él mismo y de él al mirarla, porque le descubrió una expresión que no pudo descifrar, pero que, sin duda, contenía sabor a triunfo, a posesión agresiva, a victoria por la fuerza. Le pareció una década y quince kilos mayor, y más arisca, dueña. Al policía no, sin embargo, seguramente la creyera menor de edad, pues empezó a preguntarle primero a uno y luego a la otra cuántos años tenía ella y en qué año y mes había nacido, y luego preguntó lo mismo de varias formas, y también la dirección en la que vivían, y ambos dieron la misma, el barco. Y que dónde estaba el barco, desde cuándo vivían juntos («En un mes cumplimos los dos años»). Volvió a mirarla, y le entregó los papeles, protestando aún, no se pueden llevar pasajeros. Uno de los policías que había inspeccionado los bajos del vehículo le hizo un gesto extraño para que los dejara marchar. Parecía querer decir: «Ya lo hemos marcado, ahora que siga su ruta, no puede escaparse». Él lo vio, de reojo, y eso le causó un gran desasosiego.

Según arrancaron, se puso a pensar. Aquello le olía a encerrona. Estaba seguro de que lo habían descubierto y que le habían puesto un localizador para saber dónde se encontraba. Tanto si entregaba la mercancía como si no, él estaba perdido. Pero aún podía salvarla a ella. El silencio se prolongó hasta que pasaron Santiago. Luego, calculando sus escasas opciones, de pronto supo qué hacer.

—Voy a dejarte en Soná, no hay más remedio. En cuanto se calmen las aguas, volveré por ti, o daré instrucciones para que te lleven a algún lugar discreto mientras dejan de buscarte. La policía sabe dónde vives y cómo te llamas.

Ahora comprendía por qué le habían sugerido que la llevara, así podían atraparlos a los dos juntos y él, caballeresco, para rebajar la condena de la muchacha seguramente negociaría y no iba a dar pelea. Buen intento.

Ella protestaba y preguntaba que por qué la iba a buscar la policía, si no había hecho nada, y él le pedía silencio porque no le dejaba concentrarse ni en la carretera ni en sus pensamientos. Lo insultó y hasta lo arañó, en una rabieta interminable que duró hasta Soná, cuarenta y ocho kilómetros eternos. No deseaba entender ni le importaba que se saliesen de la vía mientras quedara claro que allí mandaba ella y que no la iba a dejar tirada en ninguna maldita parte. El trató de explicarle la situación, sin dar demasiados nombres para no implicarla mucho, pero, aparte de que lo insultó por otra serie más de motivos, en su mente solo estaba que él la quería abandonar para que no alcanzase lo que le correspondía como pareja de hecho. No entendía más argumentos.

Sabiendo que la carga de alpacas era una simple tapadera, y que solo la descarga de los troncos y la carga de estas durarían cerca de las doce horas, decidió dejar allí el remolque y no ir hasta Almirante, un camino larguísimo al que seguiría el paso de la frontera por un puente de 1908 que se caía a trozos, algo muy peligroso para un vehículo pesado. Comprendió que lo enviaban tan lejos porque no tenían intención de que llegara, estaba destinado a ser detenido en un retén. Decidió tomar el camino más corto y cruzar por Paso Canoa casi un día antes de lo previsto, confiando en la habitual desidia de los funcionarios, que no comenzarían a cerrar el cerco sobre él hasta última hora.

Imaginó que su propio empleador lo había vendido, aunque no sabía por qué, quizá solo para quitárselo del medio o para cumplir con la cuota de arrestos que los comisionados, el ministro y las estadísticas de la televisión requerían cada año, como una ofrenda. Pero se la iba a jugar entregando la cocaína, limpiando el camión y regresando a Panamá. La policía no podría encarcelarlo y su empleador no dispondría de ninguna buena razón para matarlo. 

Revisó bien el exterior de la cabina y no encontró ningún dispositivo de rastreo. Supuso que lo habrían colocado en el remolque. Se acercó a un cajero automático que estaba al lado y sacó los quinientos dólares diarios que le permitía su tarjeta, por lo que pudiera ocurrir.

Por último, llevó a Keyla hasta la carnicería de Rommel, un cuna (o guna) que había abandonado las islas para dedicarse a cualquier negocio que dejase dinero. Había montado una carnicería moderna con un buen sistema para hacer harina con los huesos y los desperdicios que no se venden, por lo que en alguna ocasión había escuchado de labios maliciosos que también se podía encargar de hacer desaparecer restos incómodos. Se conocían porque le había salvado la vida cuatro años antes, a él y a su compadre Chinonegro, sacándolos en el barco desde Santa Catalina cuando una pandilla rival ya los tenía cercados. Se había arriesgado mucho, y durante algún tiempo lo habían perseguido, pero los amigos de Rommel habían acabado con aquella gente, uno a uno. Si quedaba alguno, ahora trabajaba para ellos. El guna, con su eterno colmillo de jabalí colgado y siempre sonriente, le había asegurado su lealtad y que podía pedirle en cualquier momento el favor que quisiera, el que quisiera.

A la puerta de la carnicería, a Keyla le entró un nuevo ataque de histeria y se lanzó contra él, le clavó las uñas en el rostro y casi le desgracia un ojo, le abrió la ceja y el párpado, y él necesitó emplear mucha fuerza para controlarla por las muñecas, pero no pudo cerrar su boca ni impedir que lo pateara brutalmente, hiriéndole con los tacones hasta romperle el pantalón y la camisa. Rommel vio a su amigo en problemas y sangrando, así que salió corriendo e inmovilizó por detrás a la muchacha.

—Gracias, muchas gracias. Ahora no te lo puedo explicar, pero es un asunto muy feo, y solo puedo recurrir a ti. Por favor, llévatela adentro y que no la encuentren, ¿entiendes?, nadie tiene que localizarla, porque la van a buscar en serio. Tú no sabes nada, no la has visto. 

—Sí, sí —le dijo, riéndose; seguramente no le había entendido ni la mitad, porque apenas hablaba español y, además, su acento peninsular le resultaba muy difícil de interpretar; por fortuna, en este caso no había mucho que interpretar.

—Por favor, encárgate —dijo, y echó a correr hacia el camión para no seguir escuchando los insultos de ella y no prolongar una situación que estaba despertando la curiosidad malsana de los vecinos.

—Sí, sí, yo me encargo, amigo —dijo, y la metió en el local arrastrándola, mientras la loca de ella seguía chillando como si la fueran a degollar.

Arrancó y fue apurando el motor al máximo en las zonas despobladas, y manteniendo el límite de velocidad en los caminos más civilizados, porque no podía permitirse que lo pararan y descubrieran que se les estaba escurriendo entre los dedos. Fue inventando excusas para los diversos contratiempos que podían surgirle, mentiras y más mentiras que acabó contestándose a sí mismo, enredándose en ellas, envolviéndose como la harina, y así se le pasó el tiempo hasta que alcanzó la frontera. Dijo que iba al taller, había algo mal con la caja de cambios y tenían que chequearle también los frenos. No, en Panamá no podía, porque el dueño era un tico pura vida, mae, dueño también del taller, él solo se lo manejaba. Sí, putos ticos, sí. Y pasó.

Un par de kilómetros después de la frontera se detuvo, en un lugar discreto, se orilló tras unos árboles y tardó un rato en serenarse. Casi se caga en los pantalones por la emoción, y aún le quedaba la peor parte, meterse en la boca del lobo. ¿Resistiría tanta presión? 

Llamó a su empleador. Tuvo la gran suerte de que a esa distancia de las torres panameñas le entró la llamada. Tres timbrazos, cuatro timbrazos. 

—¿Hola?

—Soy Géminis y tengo el paquete. Estoy a dos horas de Paso Canoa y voy a atravesar por ahí, no puedo llegar a Sixaola, me buscan. Necesito nuevas instrucciones.

Hubo un silencio largo y, al final, la voz volvió.

—Vete a Golfito, al taller Abraham. Allí te desarmarán y recogerán el paquete. 

—¿Y el pago? 

—Haremos cuentas a tu regreso.

Colgó.

Salió a la carretera. Al cabo de diez minutos, un minibús sobresaturado de gente con paquetes, estudiantes, algún acróbata que se colgaba del techo, dos religiosas y otras cuarenta personas más lo recogió y lo llevó hasta Golfito. Allí no lo conocían, ni lo esperaban todavía, esa era su ventaja. Seguramente ahora los guardias de la frontera estarían alerta para darle el alto y llevarse el gran premio, pero hay que matar al oso antes de ponerse su piel.

Para el viaje, había cambiado algunos dólares a colones, y así pudo pagar al taxi, que no supo si era muy barato o carísimo, porque no se aclaró con el cambio. Caminó unos metros y entró en el taller. Preguntó por el jefe. Le insistieron en que no estaba y en que para qué lo quería y que no recibía más clientes porque estaba ocupado. Entonces probó suerte.

—Dígale que soy amigo de Chinonegro y que hay mil dólares en juego si me cumple. Si no le interesa, por esa misma puerta salgo y no me vuelven a ver.

Se le ocurrió Chinonegro porque tenía fama de malo y no era imposible que hubiese cabalgado por Costa Rica, aunque no le constaba en absoluto. Pero la cantidad de dinero se presentaba sola, y aquel tipo era, evidentemente, sensible a los billetes. 

Al cabo de un momento salió el empleado, con cara de pocos amigos.

—Dice el jefe que pase.

Entró y se encontró con un personaje tosco, en torno a los cincuenta años, de media barba desaliñada y mirada suspicaz, que le preguntó:

—¿En qué puedo ayudarlo, caballero?

—Me dijeron que usted soluciona cualquier avería de un camión sin hacer preguntas.

—Eso depende de la avería —le respondió, maliciosamente.

—O del precio —dijo, lanzándole encima de la mesa los quinientos dólares que había sacado del cajero—. Mitad ahora y mitad al terminar el trabajo. Le aconsejo que se traiga la herramienta más variada que pueda, para que acertemos a la primera.

—Bueno, si hay que reponer piezas, o que soldar… —empezó a decir, mientras guardaba el dinero en la caja fuerte que estaba a espaldas de su asiento.

—Le aseguro que no es el caso, ninguno de los dos. ¿Podemos ir en su auto? Está bastante cerca.

Así salieron del taller, en un absoluto misterio.

—Si hay algo muy urgente, llámame. Si no, espera a que regrese —le dijo al encargado.

En el camino, hasta tres veces llegó a preguntarle dónde estaba el camión, temiendo una encerrona, y él le respondió las tres que ya muy cerca, hasta que, al pasar un curva, él señaló con el dedo un grupo de árboles. 

—Allí está.

Le pidió que le enseñara la avería y él le mostró la zona del compartimento que debían desarmar. El otro comprendió y lanzó un resoplido, moviendo la cabeza de un lado a otro. Parece que el aviso aún no le había llegado y ahora no sabía qué hacer. Mientras estaba perdido en sus pensamientos, el español lo derribó con un fuerte golpe de una llave inglesa de casi cuarenta centímetros y lo dejó tumbado, se le puso encima, lo registró y le sacó el teléfono y la pistola que llevaba. Se levantó, le apuntó con ella y dijo, con voz tranquila:

—Vamos a tener que poder nosotros solos, no hay de otra.

Estuvieron trabajando más de tres horas, durante las cuales no dejaron de llamarle al móvil, pero no le permitió contestarlo. Sacar el cargamento fue mucho más fácil que volver a dejar las piezas en su sitio, por lo que, cuando se hartó, el español decidió que allí no se colocaba más que lo indispensable y el resto, por feo que quedara el hueco, lo metían en un par de bolsas y a la cabina. Aquella operación era cosmética, no afectaba al motor, así que llegaría a casa sin problemas. Subieron los ciento veinte kilos de coca al auto del tico, junto con todo el mecanismo que había estado en contacto con ellos, por si los perros.

—Tienes suerte, no ibas muy relleno.

—Eso es lo que me molesta, que me dieron lo justo para entregarme a la policía. Con mi carga final, yo bien hubiera podido pasar tres y hasta cuatro veces esto sin despertar sospechas. 

Llegó un momento en que el trabajo estaba hecho y el tico le reclamó que lo dejara ir. Él pareció dudar un momento, y luego tomó el teléfono de este y llamó a su empleador. Le indicó que había realizado la entrega y que se llevaba al costarricense de rehén. Si algo salía mal, iba a perder ciento veinte kilos y a él no lo podrían relacionar con la mercancía, pero sí al tico, y con él caería el taller y su gente, ¿para qué? 

—Mañana estaré en Panamá, allí te dejo el camión con el tráiler. Mi deuda se va y aquí acaba la historia. Te he cumplido. Tan solo, avisa en la aduana, quiero pasar sin contratiempos.

—Dame quince minutos.

Cumplido el plazo, subió al tico y lo hizo acostarse en la litera, detrás de su asiento. No le agradaba que estuviese allí y pudiera atacarlo golpeándole en la nuca, pero le recordó quién mandaba un par de veces, enseñándole la pistola.

—Échate, que no te vean.

Los policías fronterizos revisaron la estructura y enseguida notaron que faltaba algo. Se reunieron un momento para charlar y, aunque no parecían de la misma opinión, cada uno regresó a su puesto y a los pocos minutos se dio orden de que pasara el vehículo. 

A un kilómetro de allí, dejó bajar al tico, y le lanzó la pistola para que hiciera lo que le apeteciera con ella, no deseaba debérsela. Aceleró. Estaba acabando la tarde y quería llegar a Soná lo antes posible para recuperar a Keyla.

En el trayecto, le llamó Antonio, el del hotel Bocas del Toro, su barco estaba ardiendo. Una venganza absurda, nadie ganaba con eso. Vio las llamas de la madera envolviendo su ropa, sus libros, sus álbumes de fotos y sus recuerdos, también sus ilusiones. Durante un rato le invadió la depresión. Al cabo, le vino la idea de que aquella era una magnífica oportunidad para un nuevo comienzo. Había escapado de una trampa terrible, que también le hubiera costado el barco, y ya no debía nada. Y aún le quedaba ella, la dulce. Sería el momento de que demostrara si realmente deseaba ayudarlo a reconstruirse o si solo le había interesado el dinero. Imaginó que aún podría tener un par de hijos y vivir con Keyla al borde de un río, aprovechando la abundancia natural de aquel país. Con el corazón oprimido, llegó a Soná y, antes de enganchar el remolque, pasó por la carnicería. Serían la seis y aún estaba abierta. Entró.

—Hola, Rommel, amigo mío, ¿dónde está la muchacha?

Él lo miró de arriba abajo, muy satisfecho:

—Me encargué.

En su mente, ya estaban a mano.

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