Libros

Dulces sueños…: 15 historias macabras del maestro del horror

Dulces sueños... - Robert Bloch

Las quince Historias que integran el presente volumen nos revelan a Robert Bloch no sólo como maestro del terror, sino como cronista de la América profunda, una América brutal, terrorífica, demoledora, haciendo de la fantasía un vehículo con el que transitar humorísticamente (o «macabramente») por los riscos del género, fiel siempre a su tesis: la realidad es infinitamente más terrorífica que la ficción; un loco es mucho temible que el más cruel de los vampiros de la tradición literaria.

Hay aquí, claro está, historias de vampiros y de fantasmas, como hay historias de alucinados y de inocentes que matan. E historias de niños perversos y de adultos adánicos no menos perversos… La gran virtud de estos cuentos radica en que al final no sabemos quién es más temible, si el vampiro con toda su tradición cultural y libresca, o el inocente que mata precisamente porque quiere ser bondadoso. Como dijo Bloch en una nota de 1993, para una recopilación de sus cuentos: «Espero que devoren ustedes estos cuentos… antes de que ellos les devoren a ustedes».

Libro Impreso

DULCES PARA LO DULCE

(Sweets to the Sweet)

IRMA no parecía una bruja.

Era menuda y bien proporcionada, con el aspecto de un melocotón en almíbar, con los ojos azules, con un fantástico cabello rubio ceniciento. Después de todo, sólo tenía ocho años.

—¿Por qué joroba tanto esta niña? —suspiró miss Pall—. Será porque tiene esa manía de decir que es una pequeña bruja…

Sam Steever recostó su gran espalda en la chirriante silla giratoria y dejó caer sus grandes manos sobre su regazo. Su cara gorda de abogado era una máscara inexpresiva, pero realmente estaba angustiado.

Una mujer como miss Pall no debería suspirar lloriqueante. Sus gafas grandes, su fina nariz respingona, las arrugas enrojecidas de sus párpados y su cabello duro se le desordenaban por completo.

—Tranquilícese, por favor —le rogó Sam Steever tratando de ganársela—. Quizá si habláramos de todo esto tranquilamente…

—¡No puedo! —se lamentó miss Pall, de nuevo lloriqueante—. Y no volveré a esa casa. No puedo soportarlo. Además, no hay nada que yo pueda hacer. Se trata de su hermano y la niña es la hija de su hermano. No es responsabilidad mía. Ya he tratado suficientemente de…

—Ya sé que lo ha intentado —dijo Sam Steever sonriendo bondadoso, como si miss Pall fuera la presidenta de un jurado—. La comprendo perfectamente… Pero aún no entiendo por qué está usted tan atacada, mi querida señora.

Miss Pall se quitó las gafas y enjugó unas lágrimas de sus ojos con un pañuelo estampado de flores. Después lo metió hecho una bola empapada en su bolso, cerró el bolso, se puso las gafas otra vez y se irguió tensa.

—De acuerdo, Mr. Steever —dijo—. Le diré cuál fue la razón de que aceptara el empleo que me ofreció su hermano —suspiró antes de seguir diciendo—: Acudí a John Steever hace dos años después de leer un anuncio en el que pedía un ama de llaves, como ya sabe usted. Cuando supe que además tendría que hacerme cargo de una huérfana de seis años me asusté, no sabía nada de cómo cuidar niños.

—John tuvo contratada una niñera durante seis años —asintió Sam Steever—. Ya sabe usted que la madre de Irma murió en el parto.

—Lo supe entonces y por eso acepté —dijo miss Pall muy peripuesta—. Naturalmente, me volqué de todo corazón con aquella niña solitaria y maleducada… Estaba terriblemente sola, Mr. Steever; si la hubiera visto por los rincones de esa casa tan grande, vieja y fea…

—La vi —respondió Sam Steever rápido, intentando atajarla—. Y sé muy bien cuánto ha hecho usted por Irma. Mi hermano tiende a la introspección, incluso en las cosas que más directamente le afectan. Él no comprende…

—Su hermano es cruel —dijo miss Pall con una vehemencia insólita—. Cruel y malvado. Aunque se trate de su hermano, le diré que no sería un buen padre para ningún niño. Cuando vine aquí, la niña tenía los bracitos llenos de moratones, y los sigue teniendo… Su hermano se quita el cinturón y…

—Lo sé… Muchas veces he pensado que mi hermano no ha podido superar la muerte de su esposa… Por eso me alegré tanto de que la contratara a usted para cuidar de la niña, mi querida señora. Estoy seguro de que usted puede ayudarla mucho y controlar la situación.

—Lo he intentado —volvió a suspirar miss Pall—. Bien sabe usted que lo he intentado. Nunca he levantado la mano contra esa niña en dos años, por mucho que su hermano me haya recomendado que lo hiciera. «Dele unas tortas a esa pequeña bruja, todo lo que necesita es una buena paliza», suele decir él, y entonces la niña corre a esconderse tras de mí y me pide que la proteja… Pero nunca llora, Mr. Steever… Puede que no lo crea, pero le digo que nunca la he visto llorar.

Sam Steever se sentía vagamente irritado y un poco molesto. Deseaba que aquella vieja gallinota, sin embargo, dejara de crear problemas, así que sonrió para engatusarla.

—Bien, ¿cuál es realmente su problema, mi querida señora? —preguntó.

Dulces sueños… – Robert Bloch

Robert Albert Bloch (Chicago, Illinois, 5 de abril de 1917-Los Ángeles, California, 23 de septiembre de 1994) fue un novelista, cuentista y guionista estadounidense de literatura fantástica y ciencia ficción.

Ya de joven publicó relatos en revistas pulp, y elaboró fanzines sobre ciencia ficción. Formó parte del círculo de admiradores de H.P. Lovecraft, con quien se carteaba y por el que fue muy influenciado en una primera época, si bien desarrolló posteriormente un estilo muy propio. Trabajó como guionista cinematográfico y también como adaptador de sus propias novelas, siendo ejemplo famoso la adaptación de Psicosis, que sería dirigida por Hitchcock. Logró numerosos premios a su labor literaria, como el Hugo y el Bram Stoker. Fue presidente de la Asociación de Escritores de Misterio de América.

Su producción se compone de numerosísimos relatos cortos y novelas. Cultivó los géneros de la fantasía, terror y ciencia ficción.