El valle del terror

«El valle del terror» es una novela protagonizada por Sherlock Holmes y escrita por «Sir» Arthur Conan Doyle. Esta novela fue publicada por primera vez en el «Strand Magazine» entre septiembre de 1914 y mayo de 1915. La primera edición en formato libro fue publicado en Nueva York el 27 de febrero de 1915. La historia tiene lugar en 1888, con un «flashback» basado en el libro de Allan Pinkerton sobre los Molly Maguires en las minas de carbón de Pensilvania, en 1875. La novela está dividida en dos partes bien diferenciadas. En la primera parte, Sherlock Holmes, utilizando sus técnicas habituales, descubre la identidad de un homicida. Una vez detenido el asesino, la historia vuelve hacia atrás en el tiempo, y narra en tercera persona los antecedentes del asesino y la víctima. Esta narración está basada en los Molly Maguires, una organización que existió realmente en Estados Unidos. Al final se cuenta brevemente como se llegó a la situación inicial y los motivos del asesinato, enlazando ambas historias. En este sentido, «El valle del terror», la última novela de Sherlock Holmes, hace que Conan Doyle sea el primero de varios escritores que ignora el hecho, narrado en «El problema final», de que el doctor Watson oyó hablar de Moriarty poco antes de su muerte, sin existir ninguna aventura en común. El nombre de «El valle del terror» es una traducción del nombre de un valle en el sur de Francia. Durante la época de las cruzadas este valle fue popularizado por los cátaros, y algunos creen que el Santo Grial llegó hasta allí desde Tierra Santa. Es clara la influencia de esta obra en una posterior del escritor norteamericano Dashiell Hammet, titulada «Cosecha roja». Muchos consideran que «El valle del terror» anticipa a la novela negra como género.

Libro Impreso

Capítulo I

El aviso

—Estoy tentado de pensar… —dije.

—Yo debería hacer lo mismo. —Sherlock Holmes observó impacientemente.

Pienso que soy uno de los más pacientes de entre los mortales; pero admito que me molestó esa burlona interrupción.

—De verdad, Holmes —dije con severidad— resulta usted un poco irritante en ciertas ocasiones.

Holmes estaba ensimismado en sus propios pensamientos para dar una respuesta inmediata a mi réplica. Se recostó sobre su mano, con su desayuno intacto ante él, y clavó su mirada en el trozo de papel que acababa de sacar de su sobre. Luego tomo el mismo sobre, tendiéndolo contra la luz y estudiándolo cuidadosamente, tanto el exterior como la cubierta.

—Es la letra de Porlock —dijo pensativo—. Me quedan pocas dudas de que sea su letra, aunque la haya visto sólo dos veces anteriormente. La e griega con el peculiar adorno arriba es muy distintiva. Pero si es Porlock, entonces debe ser algo de primerísima importancia.

Hablaba más consigo mismo que conmigo; pero mi incomodidad desapareció para dar lugar al interés que despertaron aquellas palabras.

—¿Quién es ese Porlock? —pregunté.

—Porlock, Watson, es un nom-de-plume, una simple señal de identificación; pero detrás de ella se esconde una personalidad deshonesta y evasiva. En una carta formal me informó francamente que aquel nombre no era suyo, y me desafió incluso a seguir su rastro entre los millones de personas de esta gran ciudad. Porlock es importante, no por sí mismo, sino por el gran hombre con quien se mantiene en contacto. Imagínese usted al pez piloto con el tiburón, al chacal con el león, cualquier cosa que sea insignificante en compañía de lo que es formidable: no sólo formidable, Watson, pero siniestro, en el más alto nivel de lo siniestro. Allí es cuando entra en lo que le estoy diciendo. ¿Me ha oído usted hablar del profesor Moriarty?

—El famoso científico criminal, tan famoso entre los delincuentes como…

—¡Por mi vida, Watson! —murmuró Holmes en tono desaprobatorio.

—Estaba a punto de decir, «como desconocido para el público».

—¡Buen golpe, muy buen golpe! —exclamó Holmes—. Está desarrollando un inesperado pero cierto sentido agudo del humor, Watson, contra el que debo aprender a cuidarme. Pero al llamar criminal a Moriarty está expresando una difamación ante los ojos de la ley. ¡Y es precisamente allí donde yace la gloria y maravilla de esto! El más grande maquinador de todos los tiempos, el organizador de cada maldad, el cerebro que controla el submundo, un cerebro que puede haber construido o destruido el destino de las naciones, ése es nuestro hombre. Pero tan lejos está de sospechas, tan inmune a la crítica, tan admirable en sus manejos y sus «actuaciones», que por esas palabras que acaba de pronunciar, lo podría llevar a la corte y hacerse con su pensión anual como una reparación a su personalidad ofendida. ¿No es él el aclamado autor de Las Dinámicas de un Asteroide, un libro que asciende a tan raras cuestiones de matemática pura, que se dice que no hay individuo en la prensa científica capaz de criticarlo? ¿Es éste un hombre que delinque? ¡Doctor mal hablado y profesor calumniado, ésos serían sus respectivos roles! Eso es ser un genio, Watson. Pero si soy eximido por gente de menor inteligencia, nuestro día seguramente vendrá.

—¡Espero estar ahí para verlo! —exclamé con devoción—. Pero estábamos hablando de este hombre, Porlock.

—Ah, sí, el así llamado Porlock es un eslabón en la cadena a poco camino de su gran obsesión. Entre nosotros, Porlock no es un eslabón real. Es el único defecto en esa cadena hasta donde he podido observarla.

—Pero ninguna cadena es más fuerte que su enlace más débil.

—¡Exacto, mi querido Watson! Aquí está la extrema importancia de Porlock. Guiado por aspiraciones rudimentarias hacia el derecho, y estimulado por un ocasional cheque por diez libras enviado para él a través de métodos indirectos, me ha dado una o dos veces información avanzada que ha sido de valor, del más grande valor, puesto que anticipa y previene más que vengar el crimen. No puedo dudar de ello, si tuviéramos la clave, encontraríamos que esta comunicación es de la naturaleza que digo.

Otra vez Holmes aplastó el papel contra su plato intacto. Yo me levanté e, inclinándome hacia él, observé detenidamente la curiosa inscripción, que decía lo siguiente:

534 C2 13 127 36 31 4 17 21 41
DOUGLAS 109 293 5 37 BIRLSTONE
26 BIRLSTONE 9 47 171

—¿Qué saca de esto Holmes?

—Es obviamente un intento de transmitir información secreta.

—¿Pero para qué sirve un mensaje cifrado cuya clave no se tiene?

—En este caso, para nada.

—¿Qué quiere decir con «en este caso»?

—Porque son muchos los escritores en clave que yo soy capaz de leer con la misma facilidad con que leo lo apócrifo en la columna de anuncios. Recursos tan elementales sirven de distracción a la inteligencia, sin cansarla. Pero esto es distinto. Se ve claramente que hace referencias al texto de una página determinada de algún libro. Mientras no se me comunique cuál es esa página estoy desarmado.

—¿Pero por qué Douglas y Birlstone?

—Obviamente porque dichas palabras no están en la página en cuestión.

—¿Entonces por qué no ha indicado el libro?

—Su agudeza innata, mi querido Watson, esa astucia que es el deleite de sus amigos, lo prevendría de colocar la clave y el mensaje en el mismo sobre. En caso que se extravíe, estaría incompleto. Por ello, ambos deben ir por distintos rumbos antes que algún peligro los amenace. Nuestra segunda pista está atrasada, y estaría sorprendido si no nos trae o una explicación más detallada de la carta, o, lo que es más probable, el mismo volumen a lo que estos números se refieren.

Los cálculos de Holmes se realizaron en pocos minutos con la aparición de Billy, el botones, con la carta que estábamos esperando.

—La misma letra, —me indicó Holmes, al abrir el sobre— y esta vez está firmada —añadió con interés mientras abría la epístola—. Vamos, vamos progresando, Watson. —Sin embargo, frunció el ceño al fijarse en el contenido.

—¡Por Dios!, esto es muy decepcionante. Me temo, Watson, que todas nuestras expectativas queden reducidas a la nada. Confío en que este hombre, Porlock, saldrá sin problemas de esto.

«Estimado Mr. Holmes [decía]:

No iré más lejos en el asunto. Es demasiado peligroso, él sospecha de mí. Puedo ver que él sospecha de mí. Vino inesperadamente luego de que escribiese la dirección en el sobre con la intención de enviarle la clave del cifrado. Fui capaz de esconderla. Si la hubiera visto, me hubiera ido realmente mal. Pero puedo leer la desconfianza en sus ojos. Por favor queme el mensaje en cifras, que ahora ya no puede ser útil para usted».

«FRED PORLOCK»

Holmes permaneció algunos momentos retorciendo la carta entre sus dedos y frunciendo el ceño, al mismo tiempo que tenía la vista clavada en el fuego. Por último, dijo:

Arthur Conan Doyle. (Edimburgo, 1859 - Crowborough, Reino Unido, 1930). Novelista británico de familia escocesa. Entre 1882 y 1890 ejerció como médico en Southsea (Inglaterra) y para redondear sus magros ingresos publicó una novela de intriga, Estudio en escarlata, que se convertiría en el primero de los sesenta y ocho relatos en los que aparece uno de los detectives literarios más famosos de todos los tiempos, Sherlock Holmes.

En un momento de auténtica inspiración, basándose en el modelo de Quijote y Sancho que tantos novelistas han utilizado, el autor creó al doctor Watson, un médico leal pero intelectualmente torpe que acompaña a Sherlock y escribe sus aventuras. En julio de 1891 empezó a publicar en la revista Strand Magazine las andanzas de su personaje, basado parcialmente en uno de sus profesores de la universidad, que abogaba por seguir estrictos razonamientos deductivos en todos los órdenes de la vida.

En 1893, harto de Sherlock, decidió darle muerte en la ficción junto a su enemigo mortal, el maligno profesor Moriarty; pero a causa de la presión de sus lectores, debió resucitar al detective en 1902, con El sabueso de los Baskerville.

Las novelas de Sherlock Holmes han suscitado un culto de gran arraigo tanto de los lugares e indumentarias del personaje como de su ficticio domicilio en Londres. Existe una vasta cantidad de publicaciones pseudoeruditas que se ocupan del excéntrico personaje.