El Librero Semanal

La caída de Gondolin

La caída de Gondolin, una novela de J. R. R. Tolkien

Resumen del libro: La caída de Gondolin

En el Cuento de La Caída de Gondolin chocan dos de los principales poderes del mundo. Por un lado está Morgoth, el mal más absoluto, que está al mando de un enorme poder militar que controla desde su fortaleza en Angband. En su oposición está Ulmo, el segundo Vala más poderoso. Trabaja secretamente en la Tierra Media para apoyar a los Noldor, el grupo de elfos entre los que se contaban Húrin y Túrin Turambar. En el centro de este conflicto entre deidades se encuentra la ciudad de Gondolin, bella pero escondida más allá de toda posibilidad de ser descubierta. Fue construida y habitada por elfos Noldor que se rebelaron contra el poder divino y huyeron desde Valinor, la tierra de los dioses, a la Tierra Media. Turgon, el rey de Gondolin, es el principal objeto tanto del odio como el miedo de Morgoth, quien trata en vano de descubrir la ciudad, escondida como por arte de magia. En este mundo entra Tuor, el primo de Túrin, como instrumento para hacer cumplir los planes de Ulmo. Guiado por el dios desde la invisibilidad, Tuor parte de la tierra donde nació y emprende un peligroso viaje en busca de Gondolin. En uno de los momentos más fascinantes de la historia de la Tierra Media, Ulmo se persona ante él, emergiendo del mar en medio de una tormenta. En Gondolin Tuor madura; se casa con Idril, y tienen a su hijo Eärendel. Después llega el terrible final. Debido a un acto de traición suprema, Morgoth se entera de cómo lanzar un ataque devastador a la ciudad, valiéndose de balrogs, dragones e incontables orcos. En este libro Christopher Tolkien ha intentado extraer la historia de «La Caída de Gondolin» de la extensa obra en la cual estaba entretejida. Para ilustrar una parte del proceso a través del cual este «Gran Relato» de la Tierra Media evolucionó a través de los años, Christopher ha narrado la historia en palabras de su padre.

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PREFACIO

En mi prefacio a Beren y Lúthien señalé que «en mi nonagésimo tercer año de vida, éste será (presumiblemente) mi último libro de una larga serie de ediciones de los escritos de mi padre». Usé la palabra «presumiblemente» porque por aquel entonces, estaba pensando en la remota posibilidad de darle el mismo tratamiento al tercero de los «Grandes Relatos» de mi padre, La Caída de Gondolin, que ya había aplicado a Beren y Lúthien. La posibilidad me parecía muy poco factible, por lo que «presumí» que Beren y Lúthien sería mi último libro. Sin embargo, aquella presunción resultó errónea, y ahora debo decir que «en mi nonagésimo cuarto año, La Caída de Gondolin es (fuera de toda duda) mi último libro».

En el presente libro uno puede apreciar, a partir de una compleja narración con muchos hilos argumentales recogidos en varios textos, cómo la Tierra Media se acercó al final de la Primera Edad, y cómo la percepción de mi padre de la historia que había concebido fue desarrollándose a lo largo de muchos largos años, hasta que al final zozobró en medio de lo que llegaría a ser su mejor versión.

La historia de la Tierra Media en los Días Antiguos era una estructura que nunca dejó de cambiar. Mi Historia de aquella edad, tan larga y compleja, debe su extensión y complejidad a este incesante flujo: un nuevo retrato, un nuevo tema, un nuevo nombre y, sobre todo, nuevas asociaciones. Mi padre, como Creador, reflexiona sobre la larga historia, y mientras escribe descubre un nuevo elemento que ha entrado en la historia. Lo mostraré con un ejemplo muy breve pero destacable, que es representativo de muchos otros. Un rasgo fundamental de la historia de La Caída de Gondolin era el viaje emprendido por Tuor, un hombre, junto a su compañero Voronwë, para encontrar Gondolin, la escondida ciudad élfica. Mi padre lo relató muy brevemente en el Cuento original, sin acontecimientos destacables, de hecho sin acontecimiento alguno; pero en la versión final, en que el viaje fue relatado en mucho más detalle, una mañana mientras estaban atravesando un lugar salvaje oyeron un grito en el bosque. Podríamos incluso decir, «mi padre» oyó un grito en los bosques, repentino e inesperado.[1] A continuación, un hombre alto, vestido de negro, que portaba una espada larga y negra, apareció y se acercó a ellos, gritando un nombre como si estuviera buscando a alguien que se había perdido. Sin embargo, pasó de largo sin hablarles.

Tuor y Voronwë no podían explicar esta extraordinaria aparición, pero el Creador de la historia sabía perfectamente de quién se trataba. Era nada menos que el afamado Túrin Turambar, el primo de Tuor, y estaba huyendo de la destrucción —de la que Tuor y Voronwë no sabían nada— de la ciudad de Nargothrond. Aquí aparece un breve retazo de uno de los grandes relatos de la Tierra Media «La huida de Túrin de Nargothrond» se narra en Los Hijos de Húrin (en mi edición, véase «Entonces Tuor descendió los escalones…» en La última versión), pero no menciona este encuentro fortuito entre los dos parientes, ignorantes el uno del otro, y no volvió a repetirse.

Como botón de muestra de las transformaciones que tuvieron lugar con el paso del tiempo, no hay nada más llamativo que el retrato del dios Ulmo, tal y como fue visto por primera vez, sentado entre los juncos y haciendo música en el atardecer junto al río Sirion. Muchos años más tarde, Ulmo se convirtió en el señor de todas las aguas, que emerge del mar en medio de una gran tormenta en la costa junto a Vinyamar. Desde luego, Ulmo se encuentra en el mismísimo centro del gran mito. Aun con la mayor parte de Valinor en su contra, el Gran Dios consigue misteriosamente cumplir su objetivo.