Apuntes para un caso histórico

Foto de Paola Chaaya en Unsplash

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Maureen Watson nació en el número 93 de Nelson’s Way, N. I, en 1942. No recordaba la guerra, o mejor dicho, cuando la gente hablaba de “la guerra”, pensaba en la austeridad: cupones para cortinas, intercambio de ropa, media libra de mantequilla por un cuarto de té. (Los padres de Maureen preferían el té a la mantequilla.) Tiempo atrás, en los albores de su vida, había sentido una corriente de fuego y sombra, un resplandor que deslumbraba y se extinguía. No sabía si se trataba de un recuerdo o de una imagen que había construido, quizá a partir de lo que sus padres le habían contado de la noche en que explotó una bomba a dos calles de Nelson’s Way, cuando se encontraron en medio de pilas de escombros humeantes todo un día y una noche, mientras observaban a los bomberos sofocando las llamas. No era solo una sensación de peligro, sino también de fatalidad, de indefensión ante las inconmensurables fuerzas impersonales; y este era el sentimiento, visión o pensamiento más hondo de su primera infancia, que un observador social quizá habría descrito del siguiente modo:

Maureen Watson, engendrada por casualidad durante un permiso inesperado concedido en el último minuto, en el momento álgido de la peor de las guerras, apoyo de una madre de la que solo de vez en cuando se ocupaba (las oportunidades que daba la guerra eran las que decidían) el marido, al que había conocido en un refugio antiaéreo durante un bombardeo. Pobre niña, nació en un momento de convulsión histórica que acabó con cuarenta millones de personas y que bien podría haber acabado con ella.

Por lo que respecta a Maureen, sus recuerdos y las reminiscencias de sus padres la llevaban a desdeñar el asunto por aburrido, como si no tuviera nada que ver con ella.

Fue en la fiesta de su séptimo cumpleaños cuando lo entendió por primera vez. Llevaba un vestido de organdí malva con una faja rosa, y el cabello dorado con tirabuzones. Una de las madres dijo:

—Esta es la primera fiesta en que mi Shirley va con un vestido que no es del racionamiento. ¿No es una vergüenza?

—Está claro que estos niños de la guerra —comentó su propia madre— no son conscientes de todo lo que les ha faltado.

—Yo no soy una niña de la guerra —respondió Maureen.

—¿Y entonces qué eres, amor mío? —preguntó la madre, con una mirada de cariño.

—Yo soy Maureen —contestó Maureen.

—Y yo soy Shirley —dijo Shirley, uniéndose a la causa.

Shirley Banner era la mejor amiga de Maureen. Los Watson y los Banner eran más selectos que el resto de los vecinos. Los Watson vivían al final de la calle, con un alquiler semanal más caro. Los Banner tenían una tienda donde vendían caramelos, artículos de papelería y tabaco.

Maureen y Shirley recordaban (¿o se lo habían contado?) que antes Nelson’s Way era una hilera de casas en forma de curva. Luego las plantas bajas se transformaron en tiendas: de comestibles, una lavandería, una ferretería, una panadería, una lechería. Era como si una de cada dos familias de la calle regentara una tienda para cubrir algunas de las necesidades concretas de las otras familias. ¿Qué otras necesidades tenían? Por lo visto, ninguna más, ya que los padres de Maureen pidieron un permiso al distrito, y la planta baja de su casa se convirtió en una segunda tienda de comestibles, después de tirar paredes, colocar unas estanterías y poner un congelador. Maureen recordaba dos habitaciones pequeñas con cortinas floreadas donde se proyectaban intensas sombras que vacilaban y vibraban, procedentes de dos pequeñas chimeneas que ardían, una contra la otra, en el centro de la pared que las separaba. Estas dos habitaciones se desvanecieron entre nubes de polvo de las que emanaba un dulce aroma a tablas de madera. Hombres desconocidos pero agradables alababan sus tirabuzones dorados, y le pedían besos que no recibieron. Le ofrecían sorbos de té dulce de sus cantimploras (que sus madres llenaban dos veces al día) y le hacían pulseras con las virutas de madera amarilla en forma de espiral. Después desaparecieron. Surgió una tienda nueva. La Tienda de Maureen. Maureen fue con su madre a la tienda de rótulos para que escribieran estas palabras en letras amarillas sobre un fondo azul.

Aunque no hubiera tenido ese nombre, Maureen habría sabido que la tienda estaba relacionada con sus esperanzas de futuro; y por ese futuro se desvivía su madre.

Era bonita. Siempre lo había sabido. Aunque se encontraran entre sombras de fuego y tinieblas, habían sostenido entre sus manos a un hermoso bebé. “Eras un bebé tan bonito, Maureen.” Y en las fiestas de aniversario: “Maureen se está convirtiendo en una muchacha muy bonita, señora Watson”. Pero todas las criaturas y las niñas pequeñas son bonitas, eso lo tenía muy claro… No, era algo más. Porque Shirley era rellenita, morena: bonita. Aunque por las conversaciones de sus padres —o mejor dicho, de sus madres— se dio cuenta desde el principio de que Shirley no jugaba en la misma categoría que Maureen.

Cuando Maureen cumplió diez años se produjo un episodio importante. Las dos madres estaban en la habitación de encima de la Tienda de Maureen y peinaban a las pequeñas. La madre de Shirley dijo: “Maureen se las apañará muy bien sola, señora Watson”. Y la señora Watson asintió, pero dejó escapar un profundo suspiro. La escena molestó a Maureen, porque contradecía la absoluta seguridad (se la habían inculcado) que sentía respecto a su futuro. También porque estaba relacionada con esa época aburrida que recordaba, o creía recordar, como el movimiento atigrado del fuego. Azar: El suspiro de la señora Watson era como una súplica a los dioses de la suerte, era el suspiro de un pequeño ser indefenso zarandeado por mares encrespados y tempestades. Maureen tomó una decisión, en ese mismo momento: ella no tenía nada que ver con esa pobre gente que estaba dispuesta a sentirse indefensa y vapuleada. Porque ella iba a ser muy diferente. Ya era diferente. No solo la guerra sino también las sombras de la guerra habían desaparecido hacía mucho, salvo en los comentarios de los periódicos, que no iban con ella. Las tiendas estaban repletas de todo. Acababan de reformar la tienda de los Banner; y a la de Maureen no le faltaba nada. Maureen y Shirley, dos bonitas niñas con elegantes vestidos hechos por sus madres, eran hijas de la abundancia, y lo sabían, porque sus padres no dejaban de decir (por lo visto les traía sin cuidado lo pesados que llegaban a ser): “A estas criaturas no les falta de nada, ¿verdad? Ni se imaginan lo que eso puede llegar a ser, ¿verdad?”. Esto, sumado a la sugerencia de que debían estar agradecidas por que no les faltara nada, ponía de mal humor a las niñas, y se iban a coquetear con sus faldas de enaguas a donde pudieran verlas los vecinos y hacerles cumplidos.

Once años. Doce años. Shirley ya había asumido su papel de amiga fea de la chica bonita, a pesar de que no era fea en absoluto. Una rubia y la otra morena; y Maureen, por un misterioso derecho natural, era la “bonita”, y no les cabía ninguna duda sobre cuál de las dos sería la primera a quien pedirían una cita los chicos. Aunque esta situación no era en absoluto tan injusta como pueda parecer. Maureen, con sus rechazos y burlas en las esquinas, en las paradas del autobús, sabía que estaba librando una batalla en nombre de las dos, porque los muchachos de los que ella se deshacía acababan con Shirley. Esta tuvo muchos más chicos de los que habría conseguido sin Maureen, que, por su parte, necesitaba —es más, debía tener— un contraste. Así lo requería su papel.

Las dos dejaron el colegio a los quince años, Maureen para trabajar en la tienda. Tenía los ojos bien abiertos; era una frase de su madre. Llevaba una ligera bata blanca, se recogía los rizos, era pulcra y seductora en sus movimientos. Sonreía con calma cuando los clientes decían: “¡Vaya, señora Watson, sí que ha cambiado su Maureen!”.

En esa época hubo otro instante de revelación. La señora Watson estaba acabando un vestido nuevo para Maureen, y las probaturas estaban tardando mucho. Maureen se estaba impacientando y su madre comentó: “Bueno, es tu capital, ¿no? Deberías darte cuenta, cariño”. Y añadió ese profundo suspiro inconsciente. Maureen dijo: “Bueno, no sigas con eso, no resulta muy agradable, ¿no crees?”. Y no se refería a que la idea no fuera muy agradable, sino a que no necesitaba que se lo recordaran; sentía el embarazoso fastidio de un niño cuando le dicen que se lave los dientes después de que este hábito ha pasado ya a ser parte de su segunda naturaleza. La señora Watson se dio cuenta y lo comprendió, y suspiró de nuevo; y esta vez fue un suspiro maternal que quería decir: Oh, querida, ¡qué deprisa estás creciendo! “Oh, mami —comentó Maureen—, a veces me cansas, de verdad.”

Dieciséis. Administraba su capital a la perfección. Sus activos eran una belleza ligeramente delicada, y una elegancia en el vestir que debía de ser un don divino, o lo más probable es que se debiera a haber estado leyendo revistas de moda casi desde antes de tener uso de razón. Shirley, en seis meses, se había teñido el pelo de rubio, se pintaba los labios de escarlata, y tenía un aire de hosco desdén; pero la idea que Maureen tenía de sí misma era mucho más refinada. Se inspiraba en las estrellas de cine, pero era consciente de hasta dónde podía llegar, de lo que podía permitirse. Así que la aventura de convertirse en Bardot, Monroe o quienquiera que fuese, la hacía más fina; captaba de ellas una esencia que estaba aprendiendo a ser un vehículo de las fantasías de otros. Así que mientras Shirley había sido una decena de estrellas —de veras las había sido, mediante violentas metamorfosis temporales, de las que resurgía (a menudo con una sonrisa) siendo Shirley: rellenita, simpática, y ella misma—, Maureen seguía siendo ella en cada papel, pero reinventaba su aspecto, como un álter ego, para descubrir la reacción en los ojos de los demás.

Hacia los dieciséis años, otro incidente: profético. La señora Watson tenía un primo que trabajaba en la industria de la moda, y este hombre, durante muchos años ignorado, apareció en una boda. Hizo un comentario sobre Maureen: una visión envuelta en seda blanca. La señora Watson trabajó en secreto con este escaso material durante semanas; después le escribió: ¿Podría Maureen ser modelo? Solo mantenía un vínculo remoto con el mundo de la ropa cara y las chicas, pero pasó por la tienda con intenciones francamente personales. Maureen, con una bata blanca, seguía estando bonita, muy bonita; pero su aire distante le dio a entender a este hombre perspicaz que sin duda nunca saldría con él. Se estaba reservando; conocía muy bien ese amor propio de otros ejemplares. Ese tipo de chicas no salen con primos de mediana edad, a no ser como favor o para conseguir algo. Sin embargo, le dijo a la señora Watson que Maureen definitivamente tenía madera de modelo, pero que debería hacer algo con su voz. (Se refería a su acento, por supuesto; y así lo entendió la señora Watson.) Le dio direcciones y consejos, y la señora Watson entró en un estado de palpitante ambición. Se lo dijo a Maureen tal cual: “Esta es tu oportunidad, muchacha. Aprovéchala”. Lo que Maureen oyó fue: “Esta es mi oportunidad”.

Maureen, con todos los sentidos puestos en su gran oportunidad, para la que se había estado preparando toda la vida, aceptó las cien libras que le dio su madre (no se lo agradeció, las gracias no eran necesarias) y escribió a la escuela donde le enseñarían a educar la voz.

Entonces se sumió en un estado de hosca pesadumbre, que le costó tanto entender que pasó una semana antes de decirse que debía de estar enferma o algo parecido. Le faltaba al respeto a su madre; eso era muy extraño. Su padre la regañó por ello; eso era aún más extraño. Pero le habló de tal modo que Maureen comprendió, por primera vez, que ese empuje, que ese esfuerzo, el esfuerzo familiar para que se labrara un futuro glamuroso, era obra de la madre; su padre no tenía nada que ver. Para él, era una muchacha bonita mimada por una mujer tonta.

Maureen comprendió poco a poco que no estaba enferma; estaba haciéndose mayor. Por un lado, si cambiaba su “acento” para ser lo bastante buena y poder codearse con gente nueva, dejaría de ser “nuestra Maureen”. ¿En qué se convertiría entonces? Su madre lo sabía: se casaría con un duque que se la llevaría a Hollywood. Maureen estudió las intenciones de su madre respecto a ella y se quedó abatida por la humillación. No tenía nada de tonta, pero había sido tonta. Por otro lado, cuando miraba con sus propios ojos y descorría el velo de la ilusión, veía que en los miles de calles londinenses florecían chicas tan bonitas como ella. ¿Qué era, pues, lo que había alimentado la ilusión en ella y en los demás? ¿Qué importancia tenían el tono especial, las miradas especiales que siempre le ofrecían? ¿Por qué nadie más que ella, Maureen, con el apoyo de la voluntad de su madre, se había comportado desde la infancia como si fuera alguien especial, predestinada a un gran futuro?

Mientras tanto (como vio con gran claridad) seguía en el 93 de Nelson’s Way, sirviendo detrás del mostrador de la Tienda de Maureen. (Ahora se preguntaba qué habrían pensado los vecinos —antes de acostumbrarse— del exagerado cariño que le profesaba su madre.) Dependía, nada más y nada menos, de que un duque o un productor de cine entrase a comprar un cuarto de libra de té y algunas rebanadas de pan.

Maureen estaba enfadada. Eso decía su padre. De eso se quejaba su madre. Maureen… ¿pensaba? Sí, y más aún, se sentía víctima de una injusticia, y su enfado tenía la forma de un silencio que la protegía mientras se formaba una costra sobre la herida.

Se recuperó y les pidió que se gastaran las cien libras en mandarla a una escuela de secretariado. Los padres se quejaron de que podría haber aprendido a ser secretaria gratis si se hubiera quedado un año más en el colegio. Ella dijo: “Sí, pero no me obligasteis a que me quedara, ¿no? ¿Qué pensabais, que iba vender mantequilla toda mi vida, como vosotros?”. A primera vista parecería injusto; pero era absolutamente justo después de lo que le habían hecho. Todos eran conscientes de ello, cada cual a su modo. (El señor Watson sabía, en lo más íntimo de su corazón, que no debería haber permitido que su mujer le pusiera el nombre de Maureen a la tienda.) Maureen fue, pues, a una escuela de secretariado durante un año. Shirley fue con ella: había estado vendiendo cosméticos en la sucursal local de una gran cadena. Para los padres de Shirley fue difícil reunir las cien libras: la tienda no había funcionado y la había comprado una empresa importante; su padre trabajaba allí de asistente. En realidad, tampoco fue tan fácil para los Watson: las cien libras eran resultado de pequeños ahorros y de estrecheces a lo largo de muchos años.

Por primera vez Maureen pensó en la palabra capital en relación con el dinero y no con sus activos personales. Para los Watson, en comparación, era fácil obtener dinero porque contaban con un capital; los Banner no disponían de ningún capital. (La señora Watson decía que los Banner habían tenido mala suerte.) Maureen impuso su voluntad; y como consecuencia, se hizo aún más evidente en las dos familias que las muchachas tendrían un futuro distinto o, por decirlo de otro modo, que aunque las dos sumas de cien libras eras iguales, los Watson podían esperar que las suyas dieran más beneficios que las de los Banner.

Esto se reflejaba en las conversaciones sobre chicos que tenían las jóvenes. Shirley decía: “Yo soy de trato más fácil”.

Maureen contestaba: “Yo no les dejo llegar tan lejos”.

Habían tomado sus primeras decisiones en relación con este preeminente asunto tiempo atrás, cuando tenían trece años. Por aquel entonces, Shirley ya iba más lejos (“les dejaba llegar más lejos”) que Maureen. Llegaron a la conclusión de que se debía a que Shirley tenía un carácter más afable, caritativo; pero ambas sabían que era porque Maureen se cotizaba más alto en el mercado.

En la escuela de secretariado conocieron a nuevos chicos. Hasta entonces habían tratado con los chicos de su calle o del vecindario, los conocían desde que habían nacido y por eso salían poco con ellos: habría sido aburrido (formal, con posibilidades de matrimonio). O chicos que conocían en un baile o en el cine. Pero ahora cada día conocían a nuevos chicos en la escuela. Shirley salió con uno un par de semanas, pensó en comprometerse, cambió de opinión, salió con otro. Maureen salió con una decena, escogidos con cuidado. Sabía lo que estaba haciendo; y regañaba a Shirley por ser tan fácil. “Eres estúpida, Shirl. Me refiero a que tienes que progresar. ¿Por qué no aprendes de mí?”

Maureen permitía que la cortejaran hasta que por fin accedía, como un favor, a salir. Primero a almorzar (palabra que comenzó a emplear entonces). Accedía a ir a comer dos o tres veces con el mismo chico, y a la vez había otro que la invitaba a cenar. El compañero de cena, después de haber sido recompensado con un beso con la boca cerrada a lo largo de ocho, diez, doce noches, se enfadaba o se ponía de mal humor o le hacía reproches, en función de su carácter. La dejaba, y entonces el compañero de almuerzo ascendía a compañero de cena.

Maureen comió gratis durante todo aquel año de formación. No es que lo planeara, pero cuando oía decir a las otras chicas que pagaban su parte o que les gustaba ser independientes, a Maureen le parecía un error. Pagar su parte daría lugar a que la menospreciaran; la sola idea de pensarlo la ponía nerviosa y de mal humor.

Al acabar su formación, Maureen consiguió un trabajo en un importante estudio de arquitectos. Era mecanógrafa júnior. Escogió un estudio de profesionales porque su objetivo era conocer a gente de más clase. Por supuesto, había aprendido a no usar esa frase, y cuando su madre lo hizo, la ridiculizó diciendo: “No sé a qué te refieres con eso de gente de más clase, pero no tengo por qué encerrarme sola entre archivadores en el altillo de una oficina si puedo conseguir un trabajo donde haya un poco de vida”.

Shirley fue a una pañería donde había otra mecanógrafa y cinco ayudantes masculinos.

En el estudio de Maureen había seis arquitectos —que estaban fuera la mayor parte del tiempo, o que se hacían invisibles en sus enormes despachos a los que solo acudían las secretarias de verdad—, un estrato inferior formado por jóvenes en prácticas, diseñadores, delineantes, administrativos, etcétera, y una reserva de mecanógrafas.

Casi todos los chicos jóvenes eran de su misma clase. Durante algunos meses comió y se divirtió a sus expensas; y al acabar cada semana había una ceremonia solemne, el momento culminante de los siete días, que sin duda era el más emocionante: la gestión de la paga. Siete libras (que ascendieron a diez en tres años), dos de las cuales destinaba a ropa, cuatro a la hucha y una a los gastos cotidianos de la semana.

Al cabo de un año comprendió dos cosas. Que había ahorrado unas doscientas libras. Que no había ni un solo chico en la oficina que quisiera salir con ella. La miraban, según el carácter, con resentimiento o con admiración por el frío trato que les había dispensado. Pero no tenían ninguna posibilidad con ella, eso lo sabían todos.

Maureen reflexionó sobre el asunto. Si no la invitaban a comer y a otras diversiones, tendría que pagárselo ella misma y no ahorraría, o no podría salir. Si la invitaban, debía dar algo a cambio. Ofreció una boca abierta y libertad hasta la cintura. Calculó que gracias a su belleza podía dar mucho menos que otras chicas.

Estaba utilizando su capital con aún más inteligencia que antes. Una buena parte de su tiempo —el que no pasaba en la oficina o en las citas— lo empleaba frente al espejo, o leyendo las revistas de moda más exquisitas. Las estudiaba con una concentración formidable. Por aquel entonces ya sabía que podría llegar a cualquier rincón de las islas, si no fuera por su acento. Mientras que meses atrás había mostrado un enfado asustadizo ante la sola idea de apartarse de su calle y sus vecinos, ahora suavizaba y modelaba su acento escuchando a los clientes y a los arquitectos del estudio. Supo que su acento había cambiado cuando Shirley dijo: “Hablas muy bien, Maureen, mucho mejor que yo”.

Había un chico en la oficina que se burlaba de ella. Se llamaba Tony Head. Era aprendiz para llegar a ser contable de la empresa, y en el fondo tenían mucho en común. Después de haberla invitado a comer dos veces, no lo hizo nunca más. Ella sabía por qué: él se lo dijo. “No me lo puedo permitir, Maureen”, le explicó. No ganaba mucho más que ella. Tenía diecinueve años, era ambicioso, serio y a ella le gustaba.

Entonces ella cumplió los diecinueve. Shirley se había prometido con uno de los ayudantes de su tienda y se iba a casar las próximas navidades.

Maureen usó cuarenta libras de sus ahorros para ir de viaje a Italia. Era la primera vez que salía de Inglaterra. Fue odioso: no Italia, sino el hecho de que la mitad de las sesenta personas que integraban el viaje fueran chicas como ella en busca de diversión, y la otra mitad parejas mayores. En Roma, Pisa, Florencia, Venecia, los italianos se quedaban embelesados con Maureen; la cortejaban con tiernas miradas mientras pasaba por su lado, distante como una estrella. Debían de pensar que lo era. El guía, un joven astuto, la invitó a cenar una noche, después de haber cumplido con sus obligaciones, y le dejó claro que su boca, incluso abierta, y sus pechos, no bastaban. Maureen le sonrió con dulzura el resto del viaje. Nadie le pagaba los cafés, los helados ni las bebidas. La última noche del viaje, aterrada porque la inversión de cuarenta libras había rendido tan poco, salió con un chico italiano que hablaba cuatro palabras de inglés. Lo encontró grosero, y se fue al cabo de una hora.

Pero había aprendido mucho de sus cuarenta libras. Discretamente, a la hora de la comida, iba a la National Gallery y a la Tate. Contemplaba los cuadros con seriedad y respeto, memorizaba los temas, los colores más impactantes y aprendía los nombres. Cuando la invitaban a salir, proponía que la llevaran a ver películas “extranjeras”, y de regreso a casa anotaba los nombres del director y los actores. Leía las páginas literarias del Express (hizo que sus padres lo compraran en vez del Mirror) y a veces compraba alguno de los libros que recomendaban, si era un best seller.

Veinte. Shirley estaba casada y tenía un hijo. Maureen la veía poco; ambas sentían que habitaban un mundo que la otra no podía comprender.

Maureen ganaba diez libras por semana y ahorraba seis.

Entonces llegó a la oficina un aprendiz de arquitecto, Stanley Hunt, que había ido al instituto y a la escuela técnica. Alto, bien vestido, rubio, con un pequeño bigote. Se estudiaron el uno a la otra, conscientes de que eran de la misma especie. Ella supo, al ponerse en su lugar, que él estaba buscando una esposa con algo de dinero o con casa propia, si es que no podía conseguir una dama. (Ella se sonrió cuando oyó que usaba esta palabra para referirse a una de las clientas.) Intentaba integrarse en el círculo social de los clientes, que lo aceptaran del mismo modo que aceptaban a los arquitectos. Maureen observaba todo eso sin que su impasible carita expresara nada.

Un día, después de haber invitado a tomar un café a la señorita Plast (oriunda de Chelsea, acomodada, inversora inmobiliaria), y de que esta lo rechazara, le preguntó a Maureen si quería ir con él a comer un bocadillo a la hora del almuerzo. Maureen le dio las gracias con gran delicadeza, pero le dijo que ya había quedado. Fue a la National Gallery, se sentó en las escaleras, lejos de pícaros y truhanes, y se comió sola un bocadillo.

Una semana después, cuando Stanley la invitó a almorzar, propuso la trattoria Siciliana, que era más cara, como ella bien sabía, de lo que él esperaba. Pero esa comida fue un éxito. Él quedó impresionado, a pesar de que conocía sus intenciones (¿cómo podía ser de otro modo, si las compartían?).

Las dos semanas siguientes procuró estar ocupada. Después aceptó ir al cine: “Una película extranjera, si no te molesta, las americanas me parecen aburridas”. No se ofreció a pagar, pero dijo de pasada que tenía unas seiscientas libras ahorradas. “Estoy pensando en comprar un pequeño negocio algún día. Una tienda de ropa. Tengo un primo en el sector.”

Stanley aseguró que “con tu gusto” no cabía duda de que saldría bien.

Maureen no volvió al Palais, o a lugares parecidos (a pesar de que, por supuesto, no le ocultó a Stanley que había estado allí “en una ocasión”), pero le encantaba bailar. Fueron dos veces al West End y bailaron en un club “agradable”. Se entendían bailando. En la segunda ocasión se ofreció a pagar su parte por primera vez en su vida. Él se negó, tal y como ella sabía que haría, pero se dio cuenta de que le había gustado su gesto, es más, se sentía aliviado. En la oficina decían que era agarrada, y él debía de haberlo oído. Una noche, después de que insistiera en llevarla a casa, abrió la boca para él y dejó que sus manos se deslizaran hasta sus muslos. Experimentó una sexualidad brusca, y se felicitó a sí misma por no haber llegado “a medio camino”, como Shirley, hasta entonces. ¡Así era de esperar que las chicas se casaran con cualquiera si permitían que las toquetearan cada vez que las invitaban a salir!

Pero todavía no había pescado a Stanley. Era un tipo demasiado frío, como ella. Él confiaba todavía en encontrar algo mejor.

En un par de años sería arquitecto; tendría una profesión. Estaba ahorrando dinero para una casa. Era apuesto, gustaba a las mujeres, y con estas cualidades aspiraba a algo mejor que Maureen. Maureen estaba de acuerdo.

Pero mientras tanto la invitaba a salir. A menudo, ella se ocupaba de tener algún otro compromiso. Siempre se hacía merecedora de que la llevaran a algún sitio caro. Cuando la acompañaba a casa, sin ir lo bastante lejos como para recorrer “todo el camino”, llegaba hasta “casi todo”; y estaba contenta de que él, en realidad, no le gustara, porque si no habría estado perdida. Tenía muy claro que en el fondo no le gustaba, aunque su mente se ofuscaba entre sus manos, su bigote, su ropa y su coche nuevo.

Lo sabía porque mientras tanto había nacido una relación que comprendía muy bien, aunque le pesaba, entre ella y Tony. Él, al observar el duelo entre aquella pareja de iguales, soltaba un sonrisa burlona y dejaba caer comentarios que sonrojaban a Maureen y la disuadían con frialdad. A menudo la invitaba a salir —pero solo si pagaban “a medias”—, convencido de que lo rechazaría. “¿Cómo va tu cuenta de ahorros, Maureen? Yo no puedo ahorrar, las chicas conseguís que me lo gaste todo.” Tony salía con muchas chicas: Maureen las tenía controladas. Lo odiaba; aunque le gustaba, y él lo sabía. Confiaba en él sobre todo por la honesta y burlona percepción que tenía de ella; no aprobaba su comportamiento, pero a lo mejor (como sentía ella en su corazón) tenía razón. En esa época a veces rompía a llorar cuando estaba sola, sin motivo aparente; después tenía la sensación de que la vida no tenía interés. Su futuro se iba estrechando hacia Stanley; y en esa época lo veía a través de los ojos de Tony Head.

Una noche la empresa celebró una fiesta para los sénior de la plantilla. Stanley era uno de ellos, Maureen y Tony no. Maureen sabía que ya le había pedido a otra chica que lo acompañara, y cuando la invitó a ella no estuvo segura de poder aceptar hasta el último momento; sobre todo porque el hecho de que la invitara a ella, una júnior, significaba que estaba tanteando entre los sénior si aprobarían a Maureen como esposa. Pero se defendió muy bien. En primer lugar, porque era la mujer más atractiva, de lejos, en toda la sala y la mejor vestida. Todo el mundo la miraba y hacía comentarios; estaban acostumbrados a verla como una mecanógrafa bonita, pero esa noche puso todo su empeño para lograr que la miraran, para hacer que su rostro y su cuerpo reflejaran la admiración que despertaba. No cometió ningún error. Cuando terminó la fiesta, Stanley y dos jóvenes arquitectos más propusieron ir hasta el aeropuerto de Londres a desayunar, y así lo hicieron. Las otras dos chicas eran de clase media. Maureen permaneció en silencio la mayor parte del tiempo, con una sonrisa serena. Había estado en Italia, comentó cuando un avión despegó rumbo a ese país. Sí, le había gustado, aunque los italianos eran muy escandalosos; lo que más le había impresionado era la capilla Sixtina y un paseo en barco por el Adriático. Venecia no la había cautivado; era una ciudad bonita pero los canales apestaban, y había demasiada gente, ¿tal vez era mejor ir en invierno? Dijo todo esto porque se le presentó la ocasión. Mientras hablaba se acordaba de Tony, que en una ocasión se había cruzado con ella de camino a la National Gallery: “¿Culturizándote un poco, Maureen? Eso está bien, dará resultado, seguro”.

Supo, al pensar después en ello, que esa noche con Stanley había sido importante. Por eso no salió con él durante una semana; dijo que estaba muy ocupada discutiendo con su primo sobre las posibilidades de la tienda de ropa. Se quedó en la habitación pensando en Stanley, y cuando Tony acudía a su mente, lo apartaba irritada. Si tenía éxito con Stanley, ¿por qué no iba a tenerlo con alguien mejor? Los dos arquitectos de aquella noche la estuvieron mirando a la semana siguiente; sin embargo, no la invitaron a salir. Luego se enteró de que estaban comprometidos con las chicas que los acompañaban. Mala suerte. Estaba convencida de que, si no, la habrían invitado a salir. ¿Cómo podía encontrar a otros como ellos? Bueno, ese era el problema: el paseo al aeropuerto había sido un golpe de suerte, en realidad era la primera vez que había pasado una velada con los sénior.

Mientras tanto Stanley se mostró impaciente en su cortejo por primera vez. En cuanto a ella, ya tenía casi veintiún años, y todas las amigas con las que se había criado estaban casadas y tenían un hijo, o incluso dos.

Fue a cenar con Stanley a un restaurante italiano en el West End. Después la pasión se encendió en ambos. Maureen se puso furiosa consigo misma; había cruzado un límite (se preguntaba si todavía podía llamarse virgen) y había llegado el momento de tomar una decisión.

Stanley estaba enamorado de ella. Ella estaba enamorada de Stanley. Una semana después le propuso matrimonio, con una violenta intensidad que ella sabía que se debía al conflicto que le suponía casarse con ella. No era lo bastante buena. No era lo bastante bueno. Para ambos, eran un segundo plato. Se estremecieron y gimieron y se mordisquearon en el coche, y acordaron casarse. Sus ochocientas libras ayudarían en la compra de una casa en un buen barrio. Conocería formalmente a sus padres el domingo siguiente.

—¿Así que te has prometido con Stanley Hunt? —le preguntó Tony.

—Eso parece.

—Lo has pescado, ¡te felicito!

—¡Más bien ha sido él quien me ha pescado!

—Como tú digas.

Estaba colorada y enfadada. Él estaba serio.

—¿Vamos a comer algo? —le dijo. Y ella fue.

Era un restaurante pequeño, lleno de oficinistas que tenían bonos de almuerzo. Ella comió pescado rebozado (“sin patatas, por favor”) y él, pastel de carne y riñones. Él hizo bromas, la observó, la observó fijamente, y por fin dijo:

—¿No puedes hacerlo mejor?

Se refería, y ella lo sabía, a mejor en el mismo sentido que ella en lo más profundo de su corazón: se refería a bondad. Como él. Pero ¿significaba eso que Tony pensaba que ella era buena? ¿Y Stanley no? Ella no lo pensaba; le conmovía hasta las lágrimas (escondidas) que él sí lo pensara.

—¿Qué hay de malo en él? —preguntó ella, indiferente.

—¿Y en ti? Deberías hacértelo mirar. —Lo dijo serio, e intercambiaron una mirada prolongada. Los dos estaban sentados y era una mirada de despedida: la chica terriblemente bonita a la que todos los del local admiraban y sobre la que hacían comentarios, y el joven contable, apuesto, moreno, algo rellenito, que se mostraba brusco y solemne por la decepción que ella le causaba. ¿Porque estaba enamorado de ella? Probablemente.

Se fue a casa en silencio, pensando en Tony. Cuando pensaba en él le entraban ganas de llorar. Y de hacerle daño.

Sin embargo, les contó a sus padres que se había prometido con Stanley, que iba a ser arquitecto. Tendrían su propia casa, en Hemel Hempstead (creían). Tenía coche. El domingo vendría a tomar el té con ellos. Su madre se olvidó de los duques y de los productores de cine antes de que acabara de hablar; su padre la escuchó con sensatez, después la felicitó. El domingo quería ir a un partido de fútbol, pero estuvo de acuerdo, después de que lo convencieran, en que era un buen motivo para quedarse en casa.

Su madre empezó a pensar, con el debido respeto al conocimiento superior de Maureen, en cómo organizar el domingo de la mejor manera. Habló del tema durante cuatro días. Pero hablaba sola. Su marido escuchaba, aunque no decía nada. Y Maureen escuchaba con desaprobación, como su padre. La señora Watson alzó el tono para que dieran una opinión clara sobre qué pastel tenía que servir el domingo. Pero Maureen no tenía opinión. Estaba sentada, quieta, y miraba a su madre, una mujer más bien corpulenta, mayor, de cabello rubio en el pasado y ahora teñido de amarillo, y de carnes flácidas. Estaba entusiasmada como una niña, y no era agradable. Estúpida, estúpida; estúpida: eso es lo que eres, pensó Maureen.

Y en cuanto a Maureen, si alguien hiciera la comparación, se mostraba tan “hosca” como lo había estado en el pasado cuando se trataba de que fuera modelo y se despojara de su “acento”. No dijo nada salvo “Estará bien, mamá, no hace falta que te preocupes tanto”. Aquello era cierto, porque Stanley ya sabía lo que se iba a encontrar; sabía por qué no lo había invitado a conocer a los padres hasta después de haber picado el anzuelo. Él habría hecho lo mismo en su lugar. Estaba haciendo lo mismo: ella iba a conocer a sus padres una semana después. Qué se pondrían el domingo la señora Watson y el señor Watson, si servirían bocadillos o pastel, si las flores serían frescas o artificiales, nada de eso tenía la más mínima importancia. Los Watson eran parte del trato, la contrapartida por mostrar en público a la mujer más codiciada de cualquier lugar al que fueran, y por el derecho a dormir con ella después de exhibirla en público.

Mientras tanto, Maureen no decía palabra. Estaba en su cama sin mirar nada en particular. Estudió su rostro en el espejo una o dos veces, e incluso se puso crema. Y empezó a arreglar un vestido, pero lo dejó a un lado.

El domingo la señora Watson preparó té para cuatro según su propio criterio, pues Maureen estaba demasiado enamorada (eso decía todo el mundo) para atender a esas nimiedades. Esperaban a Stanley a las cuatro, y a las tres y cincuenta y cinco Maureen bajó al salón. Se había puesto un vestido rosa desvaído de tres veranos atrás, la bata de cretona que usaba su madre para las tareas domésticas y, atado a la cabeza, un pedazo de tela que bien podría haber sido un trapo. En cualquier caso, era de un gris mortecino. Llevaba unos zapatos viejos de su madre. No se podía decir que estuviera fea, pero parecía su propia hermana mayor, marchita, dispuesta a enfrentarse a un duro día de limpieza.

Su padre, un hombre versado, no dijo nada: bajó el periódico, la observó, dejó escapar una risita y volvió a alzarlo. La señora Watson, al comprender por fin que se trataba de una verdadera crisis, se echó a llorar. Stanley llegó antes de que la señora Watson pudiera dejar de llorar. Casi le dice a la señora Watson: “No sabía que Maureen tuviera una hermana mayor”. Maureen se sentó, con apatía, en un extremo de la mesa; el señor Watson en el otro, con una mueca burlona; y la señora Watson entre ambos, sin dejar de sollozar mientras se secaba las lágrimas.

Maureen dijo: “Hola, Stanley, te presento a mi padre y a mi madre”. Les estrechó las manos y se quedó mirándola fijamente. Ella no buscó sus ojos; mejor dicho, la superficie de su mirada azul se encontró con el furioso, incrédulo y herido ataque de las miradas que él le dirigía. Maureen sirvió el té, le ofreció bocadillos y pastel, y habló del tiempo y los precios de la comida, y del riesgo de fiar incluso a los mejores clientes de la tienda. Él, un joven bien arreglado, con el cabello peinado, el bigote peinado, una americana marrón de cuadros, y un rostro encendido por la rabia y la ofensa, permanecía sentado. No decía nada, pero Maureen seguía hablando, en un tono lánguido y frío. A las cinco en punto la señora Watson rompió a llorar otra vez, su cuerpo entero se estremecía, y Stanley se fue bruscamente.

El señor Watson preguntó: “Bueno, ¿por qué le has montado toda esta farsa?”, y encendió el televisor. La señora Watson se fue a descansar. Maureen, en su habitación, se despojó de los diversos componentes de su disfraz y los devolvió a la habitación de su madre. “No llores, mamá. ¿Por qué armas un escándalo? ¿Qué problema hay?”. Luego se vistió con gran delicadeza y se puso un traje nuevo de lino blanco, zapatos marrones y una blusa beige. Se arregló el cabello y la cara, y se quedó sentada mirándose. Las últimas dos horas (o semanas) la habían afectado, y el dolor de estómago que tenía era tan fuerte que estaba encorvada. Lloró, pero las lágrimas le estropeaban el maquillaje, así que ahogó el llanto apretando un puño contra la boca.

Ahora sentía que las últimas dos semanas no había sido Maureen sino otra persona. ¿Por qué había actuado así? ¿Por qué? Entonces se dio cuenta de que había sido por Tony: mientras tenía lugar la ridícula escena en la mesa del té, imaginaba que Tony estaba de espectador, con un gesto de burla pero comprensivo.

Borró las lágrimas de su rostro, y salió de casa en silencio para no preocupar a su padre ni a su madre. Había una cabina de teléfono en la esquina. Caminaba despacio y altiva; en sus labios (como siempre) se dibujaba un atisbo de sonrisa. Bert, el tendero, le dijo: “Eh, Maureen, estás hecha un bombón. ¿Para quién es?”. “Para ti, Bert, para ti.” Se dirigió a la cabina de teléfono mientras pensaba en Tony. Tenía la sensación de que él ya sabía lo que había sucedido. Diría: “Vamos a bailar, Tony”. Y él respondería: “¿Dónde quedamos?”. Marcó su número, y el tono sonó y sonó. Se quedó sosteniendo el auricular, a la espera. Unos diez minutos, quizá más. Colgó con parsimonia. Le había fallado. Le había estado diciendo, con palabras y sin ellas, que fuera algo, que resistiera, pero ahora él ya no se preocupaba por ella; la había decepcionado.

Maureen se tranquilizó y llamó a Stanley.

“Muy bien, si eso es lo que quieres”, le dijo a Tony.

Stanley respondió, y ella lo saludó con tono amistoso:

—Hola.

Silencio. Podía oír su respiración agitada. Podía ver su rostro ofendido.

—Bueno, ¿no vas a decir nada? —Intentó que sonara relajado, pero sentía el miedo en su propia voz. Oh, sí, podía perderlo, y probablemente ya lo había perdido. Para ocultar el miedo, dijo—: ¿No eres capaz de aguantar una broma, Stanley? —Y se rió.

—¡Una broma!

Ella reía. No sonaba del todo mal, sino bastante bien.

—Pensé que te habías vuelto loca, que habías perdido la chaveta… —Respiraba dando resoplidos, era un sonido estridente.

Ella se acordó de su cálido aliento en la nuca, entre sus brazos. Su propia respiración se agitó aunque pensara: No me gusta, en realidad no me gusta nada… y dijo con dulzura:

—Oh, Stan, lo hacía para reírme un rato, eso es todo. —Se hizo un silencio. Había llegado el momento decisivo—. Oh, Stan, ¿no te das cuenta? Pensé que si no sería demasiado aburrido, eso es todo. —Se rió otra vez.

—No creo que fuera una situación agradable para tus padres —respondió él.

—Oh, a ellos les da igual, se echaron a reír cuando te fuiste, aunque al principio estaban enfadados. —Y se apresuró a añadir, por miedo a que pensara que se habían reído de él—: Ya están acostumbrados a mí.

Otro largo silencio. Con toda su voluntad le insistió en que debía calmarse. Pero él no decía nada, solo respiraba agitado frente al auricular.

—Stanley, solo era una broma, no estás enfadado de verdad, ¿verdad, Stanley? —Su voz dejaba traslucir las lágrimas, y le pareció muy apropiado.

Después de vacilar, dijo:

—Bueno, Maureen, simplemente no me ha gustado, no me gustan ese tipo de cosas, eso es todo.

Ella se concedió seguir llorando, y él añadió, al cabo de un rato, para perdonarla, con tono condescendiente y enfadado:

—Bueno, está bien. No hace falta que llores, ¿de acuerdo?

Se enfadó consigo mismo por ceder, Maureen era consciente porque le habría pasado lo mismo. Durante las dos últimas horas había roto con ella, la había abandonado; estaba contento, realmente, de que un motivo extrínseco le hubiera obligado a dejarla. Ahora era libre para algo mejor que iba a aparecer, alguien que no lo aterrorizara con escenas terribles como la de esa tarde.

—Vamos al cine, Stan…

Aún dudaba. Entonces dijo, seco y remiso:

—Nos vemos en Leicester Square, en la puerta del Odeon, a las siete en punto. —Colgó el auricular.

Solía pasar a buscarla por la esquina en coche.

Ella sonreía, las lágrimas corrían por su rostro. Sabía que lloraba porque había perdido a Tony, que la había defraudado. Regresó a casa para maquillarse de nuevo, pensando que ahora estaba en manos de Stanley: se había roto el equilibrio entre ellos, él contaba con una gran ventaja.

FIN

Doris Lessing. Nacida como Doris May Tayler en Kermanshah el 22 de octubre de 1919, y fallecida en Londres el 17 de noviembre de 2013, se alza como una figura emblemática de la literatura británica del siglo XX. Ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2007, Lessing exploró en sus más de cuarenta obras una narrativa que fusiona sus vivencias africanas con su compromiso feminista, marxista, anticolonialista y pacifista.

Su infancia en Persia y juventud en la deslumbrante Rodesia del Sur (actual Zimbabue) forjaron su mirada crítica hacia la discriminación racial, tema recurrente en sus novelas. La pentalogía "Hijos de la violencia" destaca por narrar el desplome del sistema colonial y abordar la condición de la mujer y del artista en el siglo XX.

Lessing, a pesar de su formación autodidacta, se sumergió en una amplia gama de géneros, desde la ciencia ficción con la serie "Canopus en Argos" hasta la novela psicológica y existencial en "El cuaderno dorado", su obra más conocida y emblemática del feminismo. Su incursión en el seudónimo Jane Somers con obras como "Diario de una buena vecina" subraya su preocupación por las dificultades de los escritores jóvenes.

Comprometida con ideas liberales, recibió innumerables premios, incluido el Premio Nobel de Literatura en 2007, destacando por su capacidad para transmitir la épica de la experiencia femenina. Su legado literario, impregnado de escepticismo, pasión y fuerza visionaria, la consagra como una autora multifacética y esencial en el panorama literario mundial.