Libros

Los renglones torcidos de Dios

Alice Gould es ingresada en un sanatorio mental. En su delirio, cree ser una investigadora privada a cargo de un equipo de detectives dedicados a esclarecer complicados casos. Según una carta de su médico particular, la realidad es otra: su paranoica obsesión es atentar contra la vida de su marido. La extrema inteligencia de esta mujer y su actitud aparentemente normal confundirán a los médicos hasta el punto de no saber a ciencia cierta si Alice ha sido ingresada injustamente o en realidad padece un grave y peligroso trastorno psicológico.

Libro Impreso

A
UN HOMBRE Y UNA MUJER

EL AUTOMÓVIL perdió velocidad.

—Creo que es aquí —dijo el hombre.

Movió el volante hasta salirse del asfalto. Detuvo el coche en una explanada de hierba; descendió y caminó unos metros hasta el borde del altozano. La mujer le siguió.

—Mira —dijo él, señalando la lontananza.

Desde aquella altura, la meseta castellana se extendía hasta el arco del horizonte, tersa como un mar. Tan sólo por levante el terreno se ondulaba diseñando el perfil de unas lomas azules y pálidas como una lejanía de Velázquez. Unos chopos, agrupados en hilera, cruzaban la inmensidad; y no era difícil adivinar que alimentaban sus raíces en la humedad de un regato, cuya oculta presencia denunciaban. El campo estaba verde, pues aún no había comenzado el trigo amarillear ni la cebada. Centrada en el paisaje había una sola construcción humana, grande como un convento o como un seminario.

—Allí es —dijo el hombre.

La tapia que rodeaba por todas partes el edificio estaba muy apartada de la fábrica central, con lo que se presumía que la propiedad debía de ser vastísima. El cielo estaba diáfano, y las pocas nubes que por allí bogaban se habían concentrado todas en la puerta del ocaso.

—¿Qué hora es?

—Nos sobra tiempo.

—Estás muy callada.

—No me faltan razones.

Subieron al coche y lo dejaron deslizar, sin prisa, por la suave pendiente.
Las tapias vistas de cerca eran altísimas. No menos de cuatro metros. Algún día estuvieron encaladas. Hoy la lechada, más cerca del color de la tierra circundante que de su primitiva albura, caía desprendida como la piel de un hombre desollado. Llegaron a Ja verja. Candados no faltaban. Ni cerrojos. Pero timbre o campana no había.

Bajaron ambos del coche a la última luz del día, y observaron entre los barrotes. Plantado en el largo camino que iba hasta el edificio, un individuo, de muy mala catadura, los observaba.

—¡Eh, buen hombre, acérquese! —gritó él, haciendo altavoz con las manos.

Lejos de atenderle, el individuo se volvió de espaldas y comenzó a caminar parsimoniosamente hacia el edificio.

—¿No me oye? ¡Acérquese! ¡Necesitamos entrar!

—Sí, te oye, sí —comentó la mujer—. A medida que más gritas, más rápido se aleja. ¡Qué extraño es todo esto! ¿Qué haremos ahora?

—¡No estés nerviosa!

—¿En mi caso… no lo estarías tú?

—Calla. Creo que viene alguien.

La penumbra era cada vez más intensa.

—¿Qué desean? —preguntó un individuo con bata blanca, desde lejos. El hombre agitó un papel, y respondió a voces:

—¡Es de la Diputación Provincial!

El recién llegado no se dio prisa en acercarse. Al llegar, posó los ojos en el escrito y en seguida sobre la mujer, con insolente curiosidad.

—Pasen —dijo. Y entreabrió la puerta—. ¡Llegan ustedes con mucho retraso!

—¿No podemos entrar con el automóvil?

—A estas horas, ya no.

—Es que… llevamos algún equipaje.

—Yo los ayudaré.

Abrieron el portaequipaje y sacaron los bultos.
El camino era largo y la oscuridad se espesaba por momentos. La mujer amagó un grito al divisar una sombra humana cerca de ella, que surgió inesperadamente tras un boj. El de la bata blanca gritó:

—¡»Tarugo»! ¡Vete para dentro! ¿Crees que no te he visto? Oyéronse unos pasos precipitados. —No se preocupen —comentó el guía—. Es un pobre idiota inofensivo.

La fachada del edificio y la gran puerta de entrada se conservaban como hace ocho siglos, cuando aquello era cartuja. Cruzaron el umbral; de aquí a un vestíbulo y más tarde a un claustro soberbio, de puro estilo románico. «1213», rezaba una inscripción grabada en piedra. Y debajo, en latín, un elogio a los fundadores. Los demás rótulos eran modernos. Uno decía «Gerencia», otro «Asistencia social». Cruzaron bajo un arco, sin puerta, en el que estaba escrito: «Admi­ siones». Todo lo que había más allá de este hueco era de construcción recienteconvencional y de mal gusto.

Anduvieron varias veintenas de pasos. Todo era grande. Inútilmente grande— en aquel edificio. —Siéntense aquí, y esperen.

Le vieron abrir una puertecilla (de dimensiones normales esta vez) y, tras ella, un despacho moderno y bien iluminado. Al cerrarse la hoja, la penumbra volvió a cernirse sobre la galería. El hombre apoyó una mano firme y cálida sobre la de ella. El dorso de la mujer estaba húmedo y frío.

—Todo saldrá bien. ¡Gracias por tu coraje, Alice Gould! ¡Animo y suerte! Fueron las últimas palabras que ella le oyó en vida.

El doctor don Teodoro Ruipérez ojeó los papeles que el enfermero acababa de depositar sobre su mesa. Todo estaba en regla: la solicitud de ingreso, firmada por el marido como pariente más próximo; el informe médico aconsejando el internamiento y el oficio de la Diputación concediendo la plaza. El médico leyó a trozos el formulario oficial: Nombre de la enferma: Alice Gould. Nombre del pariente más próximo: Heliodoro Almenara. Parentesco: Marido. Ultimo domicilio: Madrid. ¿Ha estado recluida anteriormente?: No. Diagnóstico provisional: Paranoia. Firma del colegiado: Dr. E. Donadío. El reconocimiento de firma del delegado provincial de Medicina era ilegible.

Además de estos papeles había una carta particular del doctor Donadío al director don Samuel Alvar. Como éste disfrutaba de sus vacaciones, Ruipérez se consideró autorizado a abrirla.

Es condición muy acusada en esta enferma —se decía en la carta— tener respuesta para todo, aunque ello suponga mentir (para lo que tiene una rara habilidad), y aunque sus embustes contradigan otros que dijo antes. Caso de ser cogida en flagrante contradicción, no se amilana por ello, y no tarda en encontrar una explicación de por qué se vio forzada a mentir antes, mientras que ahora es cuando dice la verdad. Y todo ello con tal coherencia y congruencia que le es fácil confundir a gentes poco sagaces e incluso a psiquiatras inexpertos. A esta habilidad suya contribuyen por igual sus ideas delirantes (que, en muchos casos, la impiden saber que miente) y su poderosa inteligencia.

Guardó el doctor Ruipérez los papeles, con intención de leer en otro momento con mayor cuidado el historial clínico, y pulsó el timbre. Observó con curiosidad y atención a la recién llegada. Aparentaba tener poco más de cuarenta años y era muy bella. Tenía más aspecto de una dama sajona o americana del Norte que el común en una española: la piel muy blanca, ligeramente pecosa, labios atractivos, nariz aristocrática, pelo rubio ceniza, tal vez teñido, tal vez natural (que de esto el doctor Ruipérez no entendía mucho), y manos finas, de largos dedos, muy bien cuidados. Vestía un traje claro de color crema, como correspondía a la estación (muy próxima ya al verano), y enganchado al borde del escote un broche de oro y esmalte, que representaba una flor. «Demasiado bien vestida para este centro —pensó Ruipérez—. ¿Dónde cree que viene? ¿Al casino?»

—Pase por favor, señora, y siéntese.

Ella, todavía junto al quicio de la puerta, pareció dudar. Dio unos pasos muy lentos, y sentóse casi al borde de la silla, erguido el busto, las rodillas muy juntas y las manos desmayadas sobre el regazo. Pensó el médico que iba a notar en su rostro alguna señal de angustia o ansiedad. No fue así. Al volverse, sus ojos, grandes y claros —de un azul casi translúcido—, parecían indiferentes, altivos y distantes.

A Ruipérez le inquietaban los primeros encuentros con los enfermos. El momento más delicado, antes del duro trance del encierro, era el de recibirlos, sosegar sus temores, demostrarles amistad y protección. Mas he aquí que esta señora —tan distinta en su porte y en su atuendo a los habituales pacientes— no parecía demandar amparo, sino exigir pleitesías. No obstante, era una paciente como todas, una enferma más. Su mente estaba tocada de un mal cruel y las más de las veces incurable.
Fue ella quien se adelantó a preguntar, con voz tenue:

—¿Es usted don Samuel Alvar?

—No, señora. Soy su ayudante. El director está ausente. Ella se inclinó hacia él. En el bolsillo de su bata blanca estaba bordado su nombre con hilo azul. «Doctor Teodoro Ruipérez». El médico hizo una pausa, tosió, tragó saliva.

—Dígame, señora: ¿sabe usted qué casa es ésta?

—’Sí, señor. Un manicomio —respondió ella dulcemente.

—Ya no los llamamos así —corrigió el doctor con más aplomo—, sino sanatorio psiquiátrico. Sanatorio —insistió, separando las sílabas—. :Es decir, un lugar para sanar. ¿Puedo hacerle unas preguntas, señora?

—Para eso está usted ahí, doctor.

—¿Querrá usted responderme a ellas?

—Para eso estoy aquí.

El doctor trazó, como al desgaire, unas palabras en un bloque: «aplomo», «seguridad en sí misma», «un dejó de insolencia…». Intentó conturbarla.

—No ha contestado directamente a mi pregunta. ¿Qué es lo que le ………

—Que si querré responder a su interrogatorio. Y mi respuesta es afirmativa. Soy muy dócil, doctor. Haré siempre lo que se me ordene y no daré a nadie quebraderos de cabeza.

—Es un magnífico propósito —dijo sonriendo el médico—. Su nombre de soltera es…

—Alice Gould, como el de una famosa historiadora americana, pero es pura coincidencia. Ni siquiera somos parientes.

—¿Nació usted?

—Plymouth (Inglaterra), pero he vivido siempre en España y soy española de nacionalidad. Mi padre era ingeniero y trabajaba al servicio de una compañía inglesa, en las Minas de Río Tinto, que, en aquel tiempo, eran de capital británico. Aquí se independizó, prosperó y se quedó para siempre. Y aquí murió.

—Hábleme de él.

—Poseía un gran talento. Era un hombre excepcional.

—¿Se llevaban ustedes bien?

—Nos queríamos y nos apreciábamos.

—¿Qué diferencia ve usted entre esos dos sentimientos?

—El primero indica amor. El segundo, estimación intelectual: es decir, admiración y orgullo recíprocos.

—¿Su padre la admiraba a usted?

—Ya he respondido a esa pregunta.

—¿Se sentía orgulloso de usted?

—No me gusta ser reiterativa.

—Hábleme de su madre.

Los renglones torcidos de Dios – Torcuato Luca de Tena

Torcuato Luca de Tena Brunet. Escritor y periodista español, estudió Derecho en Chile, aunque completó su formación en la Universidad Central de Madrid. Luca de Tena no ejerció como abogado, dedicándose desde muy temprana edad al periodismo a través de las páginas del diario de su familia, el ABC, periódico en el que desarrolló casi toda su carrera y del que fue director en dos ocasiones.

Luca de Tena trabajó primero como corresponsal y más tarde como redactor en ABC antes de ocupar puestos de dirección, actividad que compaginó con la escritura, actividad a la que decidió dedicarse de manera profesional a principios de 1973, año en el que fue elegido como académico de la RAE. Con anterioridad ya había recibido premios tan importantes como el Ateneo de Sevilla o el Planeta.

Dentro de la literatura, Luca de Tena destacó como poeta, novelista y dramaturgo; también cultivó el ensayo histórico y el cuento, todo ello con rigor y conceptismo. Algunas de sus novelas fueron llevadas al cine con éxito en su época.

Recibió numerosos premios entre ellos el Nacional de Narrativa Española en 1962. En 1970 fue el ganador del II Premio Ateneo de Sevilla por Pepa Niebla. De entre su obra habría que destacar títulos como La mujer de otro, Pepa Niebla, Los renglones torcidos de Dios o Primer y último amor.

Cine y Literatura

Los renglones torcidos de Dios

Dirección: