El Librero Semanal

El barón de Ballantrae

Resumen del libro: El barón de Ballantrae:

Una apasionante novela de misterio y aventuras, que se desarrolla en Escocia, la India y Norteamérica, en escenarios marinos y continentales, en ambientes tanto de salvajismo como de civilización, y que a la postre, gracias al magisterio de Stevenson, resulta estar emparentada con la gran tradición gótica.

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Fragmento:

Génesis de la historia

Una noche me encontré paseando por la terraza de la pequeña casa en la que vivía a las afueras de la aldea de Saranac. Era invierno; la noche estaba muy oscura; el aire era extremadamente frío y limpio por la pureza de los bosques. Abajo, a lo lejos, se oía el sonido del río luchando con el hielo y las grandes rocas; se podían ver algunas luces dispersas por la oscuridad, pero se encontraban lo suficientemente lejos como para que la sensación de aislamiento no disminuyera. Todas éstas eran condiciones excelentes para la creación de una historia. Además, yo estaba emocionado y me invadía un sentimiento de emulación, pues acababa de terminar la tercera o cuarta relectura minuciosa de El barco fantasma. «Vamos —me dije a mí mismo—, ponte a escribir un cuento, una historia que abarque muchos años y muchos países, el mar y el continente, el salvajismo y la civilización; una historia que siga las grandes líneas del libro que has estado leyendo y admirando y que pueda ser tratada con el mismo método elíptico y conciso». En aquel momento había concebido una idea desorbitante en sí misma pero de la que, como se puede ver por el resultado, no conseguí sacar provecho. Me di cuenta de que Marryat —no menos que Homero, Milton y Virgilio— se sirvió de un tema conocido y legendario, de forma que preparaba a sus lectores ya desde antes de que comenzaran a leer la primera página. Esto hizo que me estrujara la cabeza por si se daba el caso de que, por puro azar, diera con alguna creencia similar que pudiera ser el eje de la narración que tenía en mente. En el curso de esta vana búsqueda me vino a la memoria el extraño caso de un faquir que fue enterrado y, más tarde, resucitado, un caso que a menudo me había contado un tío mío, el inspector general John Balfour, quien por aquel entonces no hacía mucho que había muerto.

En una noche helada y propicia como aquélla, sin viento y con el termómetro por debajo de cero, la mente trabaja con mucha vivacidad; enseguida vi la circunstancia trasplantada de la India y los trópicos a los bosques de Adirondack y al frío severo de la frontera canadiense. Por tanto, antes de que hubiera empezado con mi historia ya tenía dos países; dos puntos limítrofes de la Tierra habían entrado en juego. Pese a que la idea de un hombre que vuelve a la vida quedaba totalmente fuera del ámbito de la aceptación general, o incluso (como he descubierto desde entonces) del ámbito de la aceptabilidad, encajó de inmediato en mi proyecto de un relato de muchos países y esto hizo que me decidiera a considerar sus posibilidades con más detenimiento. La primera pregunta era, por tanto, la de qué hombre debía ser enterrado: ¿un hombre bueno cuya vuelta a la vida sería acogida con alegría por el lector y los otros personajes? Como esto socavaba la visión cristiana, lo descarté. Por tanto, para que la idea me pudiera resultar útil de algún modo tenía que crear una especie de genio malvado para sus amigos y para su familia, someterle a muchas desapariciones y hacer de este restablecimiento final desde el foso de la muerte, en el bosque helado americano, el último y el más desalentador de la serie. No necesito decir a mis hermanos de oficio que atravesaba entonces los momentos más interesantes de la vida de un autor; las horas que se sucedieron a esa noche en el balcón y los días y las noches siguientes, bien estuviera paseando fuera de la casa o tendido despierto en la cama, fueron horas de auténtico gozo.

Mi madre, que por entonces vivía sola conmigo, quizás tuviera menos diversión, ya que con la ausencia de mi mujer, que es la que normalmente me ayuda en estos momentos de alumbramiento, tuve que molestarla en todo momento para que me escuchara mientras le relataba (e intentaba clarificar) unas fantasías imaginarias todavía sin forma. Mientras trataba de hallar una solución para la fábula y los personajes requeridos, sucedió que los encontré listos y yacentes en mi memoria desde hacía nueve años. En ese momento, mientras pensaba en algo bastante diferente, había dado con la solución, o quizás debería decir, más bien (en palabras del mundo escénico), con el cierre de telón o con el cuadro final de una historia concebida hacía mucho tiempo sobre las llanuras pantanosas entre Pitlochry y Strathardle, bajo la lluvia de las Tierras Altas de Escocia, en la fusión del olor del brezo y de las plantas de las ciénagas y con la cabeza saturada de la correspondencia entre los Atholl y las memorias del caballero de Johnstone. Así fue como hace tanto tiempo, en un lugar tan lejano, evoqué por vez primera los rostros de los hombres de Durrisdeer y la situación trágica que vivían entre ellos. Mi historia ya era lo suficientemente universal: recogía los países de Escocia, la India y América y todos ellos eran escenarios obligados. Sin embargo, de entre todos éstos, la India me resultaba extraña más allá del conocimiento que tenía de ella a través de los libros; no había tenido relación con ningún indio a excepción de un parsi, un miembro de mi club en Londres, tan civilizado y (por su aspecto) tan occidental como podía ser yo mismo. Estaba claro, entonces, que debía entrar en la India y volver a salir de ella con pies de plomo; y creo que esto fue lo que me sugirió en un primer momento la idea de que el coronel Burke fuera el narrador; éste debía ser escocés, según lo que había ideado en un primer momento, y entonces me sentí invadido por el temor de que fuera tan sólo una sombra degradada de mi propio Alan Breck. Enseguida, sin embargo, se me ocurrió que sería coherente con la forma de ser del barón el que obtuviera la simpatía del príncipe de los irlandeses mediante argucias oportunas, y que un refugiado irlandés tendría alguna razón especial para hallarse en la India con su compatriota, el desafortunado Lally. Decidí, por tanto, que debía ser irlandés, pero entonces me percaté de que había una sombra alta en mi camino: la sombra de Barry Lyndon. Nadie (en palabras de lord Foppington) con una moralidad recta podría llegar a intimar con el barón; además, según la idea original de esta historia concebida en Escocia, pretendía que este acompañante fuera aún más malvado que el hijo mayor con quien (como tenía ideado entonces) iría a visitar Escocia. Si escogía a un irlandés (a un irlandés muy malo) a mediados del siglo XVIII, ¿cómo podría eludir a Barry Lyndon? El infame me perseguía ofreciéndome sus servicios; me ofreció referencias excelentes; mostró estar muy cualificado para desempeñar el trabajo que yo tenía que hacer; él (o mi propio corazón malvado) me sugirió que sería fácil disimular su antiguo ropaje con un pequeño lazo y unos pocos cierres y botones de modo que ni el mismo Thackeray pudiera reconocerle. Y, de repente, me vinieron recuerdos de un joven irlandés con el que una vez tuve mucha amistad y con el que pasé muchas noches enteras paseando y hablando a lo largo de una costa totalmente desolada en un crudo otoño. Lo recordaba como un joven de una simplicidad moral extraordinaria, casi hueca, incluso; maleable a cualquier influencia, se convertía en criatura de sus admirados; e imaginando a este joven en la carrera de soldado de fortuna se me ocurrió que él serviría para mi propósito tan bien como el señor Lyndon y, en lugar de entrar en competición con el barón, ofrecería una sensación de alivio, pequeña, aunque singular. No sé si he logrado caracterizarlo bien, aunque sus discursos morales siempre me entretuvieron enormemente; en cualquier caso, yo mismo me he sorprendido al descubrir que a algunos críticos les ha recordado, después de todo, a Barry Lyndon.

R.L.S.