Logo de Isliada

Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Juan Van Halen, el oficial aventurero

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Nada más leer las Memorias del aventurero Van Halen, el novelista Baroja se ve de inmediato subyugado por este personaje. Este reúne todos los ingredientes que podían interesar al escritor: es valiente y aventurero, conspira y guerrea, tiene fortuna, y los escenarios de sus aventuras son diversos: España, Rusia, Alemania, Bélgica y América. Lucha bajo cuatro banderas, es perseguido y acierta a pasar de la derrota al triunfo: «Todos los que conocieron a don Juan Van Halen en su juventud están conformes en pintarle como hombre inquieto, inteligente, de conversación agradable, donjuanesco, de grandes atractivos para figurar en sociedad.» Ya tenemos al héroe barojiano. En la presente edición, a cargo de Juan Van-Halen, descendiente directo del personaje histórico, se hace una profunda revisión de todos los materiales biográficos que manejó Baroja para la redacción de su obra, a la vez que se aclaran los pasajes oscuros que no pudo o no quiso desvelar el novelista.

Fragmento

I · Baroja y la Historia

Baroja no es un historiador. Y no pretende serlo. En el prólogo de Las horas solitarias anota: «Desde hace algún tiempo me he metido en el campo de la novela histórica: pero no estoy completamente a gusto en él y tengo que salir para hacer mis escarceos y ocuparme de las cosas del día.» La nota es de 1920. Llevaba Baroja siete años ocupándose de su lejano pariente —tío segundo de su madre— don Eugenio de Aviraneta desde la aparición de El aprendiz de conspirador, en 1913, que iniciaba la serie «Memorias de un hombre de acción».

Don Pío había respondido a su interés por los asuntos con paisaje histórico en buena parte de su obra anterior. Publica La feria de los discretos en 1905, Los últimos románticos en 1906, y en 1907 Las tragedias grotescas. Pero es en la serie de veintidós novelas protagonizada por Aviraneta en la que Baroja ensaya una visión personal del siglo XIX español, distinta a la que tuvieron otros novelistas de su época o inmediatamente anteriores.

El año en que Baroja escribe la primera novela de las «Memorias de un hombre de acción» —la citada El aprendiz de conspirador—, fechada en Itzea en octubre de 1912, Galdós publica Cánovas, último título de sus «Episodios Nacionales». El primero de éstos, Trafalgar, apareció en 1873, unos meses después del nacimiento de Baroja. Galdós murió en 1920, justo el año en que don Pío señala que siente necesidad de salir de la novela histórica. Aún tardaría quince años en poner el punto final a la serie centrada en la azarosa vida de Aviraneta. El último de sus episodios, Desde el principio hasta el fin, se publicará en 1935.

Baroja, que no es un historiador, acaso tampoco es un autor de novelas que puedan calificarse plenamente como históricas, de acuerdo con los caracteres que habían sido tradicionales del género en el siglo XIX. Baroja llega a la novela histórica en la madurez, y su asedio a la Historia desde la fabulación se dejará notar a lo largo de su obra. Sin embargo, no en pocas ocasiones don Pío nos dice que está en contra de la Historia. En el prólogo a Las mascaradas sangrientas escribe que se trata de una obra «quizás más antihistórica que histórica». Baroja entiende su utilización de la Historia desde la novela como una labor distante, y distinta, del historicismo académico.

Azorín, en un artículo titulado «Baroja, historiador», anota que la concepción histórica del novelista se reduce a entender que «la verdad del arte es más verdadera que la verdad real». «Es más exacta la novela buena para reflejar un medio social que el libro histórico excelente. En la novela, ya se sabe que todo lleva un fin estético, y teniendo en cuenta este punto de vista, hay en el libro novelesco exactitud y verdad», escribe don Pío.

En el prólogo a Las figuras de cera, Leguía pregunta a Aviraneta: «¿Es que es más verdad la Historia que la novela?» «Naturalmente», responde Aviraneta. Y Leguía concluye: «Eso creía yo también antes; hoy no lo creo. El Quijote da más impresión de la España de su tiempo que ninguna obra de los historiadores nuestros.» Don Pío se sirve de la Historia; hace de la Historia un escenario de teatro sobre el cual se mueven los actores, y tiene cierta percepción de intérprete y de transmisor de los aconteceres históricos, pero no por encima de la trama que él ha diseñado para sus personajes.

Baroja, en Las horas solitarias, declara que la enseñanza que ha encontrado en novelas que admira, como Rojo y Negro y Crimen y castigo, es sencillamente la vida. «Si no fuera por la vida que tienen, serían poca cosa», y continúa: «La cuestión es tener vida, fibra, energía o romanticismo, o sentimiento, o algo que hay que tener, porque no se adquiere.» Eso, la vida, es lo que, acaso, encuentra en la historia de sus héroes reales nuestro novelista.

Esta concepción de la Historia en Baroja, como han señalado Laín Entralgo y Maravall, se acerca a la expresión unamuniana de intrahistoria. Lo intrahistórico es lo vital, y allí acude don Pío al encuentro de la revelación histórica de la vida humana. Es una «realidad vital, espontánea, fluida de lo humano que vive», que «se da positivamente en la Historia y no hay más remedio, según nuestro autor cree en su fondo, que someterla, para captarla, a un método de novelar».

Con todo, el propio don Pío declara en sus Memorias —contradiciendo otras afirmaciones suyas en las que se consideraba a sí mismo también novelista histórico— que en las «Memorias de un hombre de acción» no ha querido escribir novela histórica. Probablemente, esta revelación se debe más a su lejanía del espíritu de la novela histórica de etapas anteriores, que a otras consideraciones. En este sentido, la novelística de Baroja con ambiente histórico difiere de la común al siglo XIX —¿romántica?—, en la que la ficción queda relegada respecto a los hechos históricos.

También en sus Memorias Baroja se refiere a dos distintos modelos de novelar la Historia: el de Galdós y el suyo. Escribe: «Aunque la comparación sea para mí halagüeña, no creo que sus libros históricos y los míos tengan más que un parecido externo: el que les da la época y el asunto. Galdós ha ido a la Historia por afición a ella; yo he ido a la Historia por curiosidad hacia un tipo; Galdós ha buscado los momentos más brillantes para historiarlos; yo he insistido en los que me ha dado el protagonista.»

Baroja sigue la Historia, busca documentos cuando le interesa, contrasta los datos que ofrecen los historiadores, pero, sobre todo, hace novelas. Y busca la vida, que en Baroja es sinónimo de acción, en la Historia. Sus héroes son ejemplos de energía. Escribe: «¿Cuándo se han hecho cosas admirables sin esfuerzo, sin heroísmo? ¿Se harán alguna vez? Yo creo que nunca.» «¿Es apetecible que desaparezca todo lo que sea esfuerzo, improvisación, energía?», se pregunta en El sabor de la venganza.

En el primer capítulo de su biografía de Juan Van Halen, escribe: «En España se han olvidado casi por completo los hombres de la primera mitad del siglo XIX (…). Los hombres de la primera mitad del siglo, El Empecinado, Torrijos, Zumalacárregui, Cabrera, Espartero, se distinguieron por su carácter, su valor y su energía. Los de la segunda mitad, los Castelar, los Pi y Margall, los Salmerón y los Cánovas, como maestros de cultura, no estuvieron a la altura de los otros como maestros de energía.»

Don Pío asume la empresa de rescatar a aquellos hombres olvidados. Así tenemos el tipo de héroe barojiano, que él traslada de la Historia a la novela: el esforzado, improvisador, enérgico, valiente. Lo que le lleva a plasmar su ideal de vida: «No veo por qué el ideal de la vida haya de ser llegar a una existencia mecanizada y ordenada como una oficina de comercio», escribe en El sabor de la venganza. O sea, que Baroja se apunta a lo espontáneo e instintivo, a lo anárquico y desenfrenado.

Esa primacía de lo creativo sobre lo real en su obra novelística de materiales históricos, no debe hacer pensar que Baroja desdeña la aportación documental. Hace novela, ficción, y esa ficción manda en el desarrollo de la trama por encima de los acontecimientos ciertos entre los que transcurre, pero esos acontecimientos aparecen apuntalados en la realidad.

Baroja posee una importante biblioteca histórica, rebusca Memorias y folletos en las librerías de lance, y, además, visita los teatros en los que han de vivir sus personajes, donde vivieron sus héroes; toma notas, levanta mapas y planos minuciosos, atesora grabados y estampas, y esas descripciones se trasladan a sus novelas.

Así, cuando hubo de reflejar los últimos momentos del conde de España, recorrió los caminos de Orgañá, hasta el puente del Diablo, sobre el Segre, donde fue asesinado el sanguinario general. Revivió igualmente nuestro novelista la preparación del convenio de Vergara, en las mismas trochas en que se movió Aviraneta cuando contribuyó a hacerlo posible. En el viaje que hizo a Coria con Ortega y Gasset, Baroja iba buscando también rastros de Aviraneta, que había intervenido en la ocupación de la ciudad extremeña en junio de 1823.

Casi al final de su vida, en 1950, nuestro novelista barajó la idea de escribir una trama ambientada en la guerra civil, y de inmediato hizo una primera salida a los antiguos frentes de la Ciudad Universitaria, a la Casa de Campo, en el cerro de Garabitas, a la carretera de Castilla. Baroja tomaba notas, dibujaba la situación de las trincheras supervivientes, mientras sus sobrinos Julio y Pío lo miraban hacer.

Esa minuciosidad descriptiva aparece en toda su obra, aderezada de estampas sobre costumbres de antaño, cánticos populares, y ajustados trazos sobre geografías y paisajes. ¿Quién no recuerda la descripción, tan rica, del prólogo de Zalacaín el aventurero: «Cómo era la villa de Urbia en el último tercio del siglo XIX»?

Contenido relacionado