Vidas para leerlas

Resumen del libro: "Vidas para leerlas" de

En «Vidas para leerlas» de Guillermo Cabrera Infante, el autor teje con maestría un cautivador viaje a través de su mundo literario personal. Siguiendo la premisa de que una biografía se anhela convertir en historia, Cabrera Infante nos conduce a través de las páginas de su vida entrelazada con figuras literarias que han dejado una profunda huella en su ser. Entre las brillantes estrellas de su firmamento literario se encuentran nombres resonantes como Gastón Baquero, Jorge Carrera Andrade, García Lorca, Severo Sarduy, Alejo Carpentier, José Lezama Lima y Jorge Piñeira, entre otros.

Con una prosa magistral y una pasión palpable por la literatura, Cabrera Infante nos adentra en la intimidad de su relación con estos autores, desvelando cómo sus obras han moldeado su perspectiva y han influido en su trayectoria. Cada página revela una exploración profunda de las conexiones literarias y emocionales que unen al autor con estas luminarias de las letras hispanas.

A medida que avanzamos por las páginas de este libro, somos testigos de cómo la vida y la obra de estos escritores se entrelazan en una danza única de inspiración y admiración mutua. La prosa de Cabrera Infante nos guía con elegancia a través de sus encuentros con estos autores, ofreciéndonos un vistazo detrás de la cortina de la creación literaria y las relaciones humanas que han impulsado a estos maestros.

«Vidas para leerlas» se erige como un tributo literario apasionado y una invitación a sumergirse en el universo de la literatura latinoamericana a través de los ojos y el corazón de Guillermo Cabrera Infante. Esta obra, hábilmente construida, capta la esencia misma de la intersección entre vida y literatura, dejando una impresión duradera en el lector, enriqueciendo su aprecio por estos autores icónicos y estimulando la reflexión sobre cómo las historias personales y las narrativas compartidas convergen en el vasto lienzo de la literatura universal.

Libro Impreso

Toda biografía aspira siempre a la condición de historia

Preámbulo

Fue Plutarco (46-120 d. C.) quien acuñó el término de su obra como título, Vidas paralelas, y de paso dio lugar a un examen de la historia recurriendo al paralelismo histórico que inauguró.

Plutarco era griego pero sabía tanto de las vidas (léase biografías) latinas que parece un historiador romano. Plutarco escribió lo que se cree que es la expansión de charlas que dio en Roma y se le considera uno de los autores más atractivos de la antigüedad: uno que todos han leído y que todavía leen. Su escritura es ingeniosa, llena de encanto y tacto. Muchos lo han imitado pero pocos han conseguido igualarle.

Mis Vidas para leerlas es, desde el título, una variación paródica de las Btot paralleloi, pero no es comparable al modelo plutarquiano —excepto en que Plutarco dio considerable importancia al chisme de salón y a los rumores de la corte. (Su maestro Heródoto fue llamado en Grecia no el padre de la historia sino el rey del chisme). Las vidas contadas de nuevo por Plutarco no solo han adquirido popularidad a través de los siglos sino que han servido más de una vez de modelo para Shakespeare en sus obras maestras Julio César y Antonio y Cleopatra. Es de agradecer que el griego haya escrito sobre romanos para engrandecer la poesía dramática inglesa.

Nada querría yo más que mis modestas vidas sean para leerlas, para gozarlas y para evitar, en muchos casos, la aciaga suerte de muchos que vivieron, cortesanos renuentes, y murieron para, por la literatura.

Guillermo Cabrera Infante

Londres, febrero de 1998

Tema del héroe y la heroína

No hay vidas más disímiles (y a la vez más similares) que las de José Lezama Lima y Virgilio Piñera. Nacieron a poca distancia en el tiempo (Lezama en 1910, Piñera en 1912) y casi en el mismo espacio (uno en La Habana y el otro en Cárdenas, a cien kilómetros de La Habana) y los dos murieron en La Habana: Lezama en 1976, Piñera en 1979. Virgilio nació en la provincia de Matanzas pero después de una infancia inquieta y una adolescencia ambulatoria (odiaba que se la calificara de peripatética), vino a instalarse en La Habana, nuestra Roma Antigua, mientras Lezama se había fijado (tal vez el verbo que mejor le sentaba: todo es fijeza en Lezama) en la capital, desde que nació para siempre. Los dos eran hijos de técnicos. El padre de Lezama fue coronel del ejército, ingeniero militar, y el de Virgilio ingeniero agrimensor. Pero mientras Lezama, hijo varón único, quedaba huérfano de padre en la niñez, Virgilio, uno entre varios hijos, vio a su padre llegar a verdadero viejo y padecer de manía ambulatoria. Lezama nunca se recobró de la muerte de su padre. Virgilio veía la muerte como una liberadora de su padre, ciego y senil. Los dos fueron escritores precoces. Pero Lezama hizo estudios para graduarse de abogado, mientras Virgilio nunca completó su educación (Filosofía y Letras probablemente) y entre ambos se interpuso siempre la respetabilidad que mantuvo Lezama casi hasta su muerte y la accesibilidad de Virgilio, por no decir su modestia (que escondía una inmodestia íntima enorme), su desprecio por el respeto y su desafío de las convenciones sociales. Muy poca gente (tal vez, solamente su madre y sus hermanas, que le decían Joseíto) llamó a Lezama otro nombre que Lezama, si lo conocían, o Lezama Lima de lejos, pero había algunos que lo llamaban Maestro sin que Lezama desdeñara este tratamiento. Mientras que Virgilio Piñera era Virgilio para todos sus amigos y hasta para meros conocidos y era Piñera solo para sus enemigos. Asimismo, Virgilio hubiera despachado con una de sus salidas acidas a cualquiera que lo tratara de maestro, aun con minúscula. Físicamente no podían ser confundidos nunca. Lezama era alto, enorme: un hombre gordo como Chesterton, católico como Chesterton, ambos autores de alegorías. Virgilio era de estatura media, casi bajo, siempre flaco y a veces, al principio y final de su vida, coqueteó con la caquexia. Era además agnóstico. Para acentuar las antianalogías escribió una obra, El flaco y el gordo, en que el Gordo es un glotón atroz que hace referencias a un Maestro, gourmet esencial —las dos caras comilonas de Lezama que se atracaba de comidas que calificaba de exquisitas. El Flaco, como Virgilio, es un hombre hambreado encerrado con el Gordo en un recinto aislado, que termina, premonitoriamente, matando al Gordo, devorándolo —¿antropofagia intelectual?— y llevando sus ropas, que lo convierten en lo que siempre quiso ser, el Gordo. Dentro de cada flaco hay un gordo luchando por subir. Los dos, Virgilio, y Lezama, eran profundamente cubanos, habaneros más bien y ambos tenían connotaciones con la más criolla de las ciudades cubanas, Camagüey, donde Virgilio había vivido en su niñez, de donde era oriundo el padre de Lezama. La pareja publicó sus tempranos primeros libros (poemarios ambos), los dos dedicados a temas griegos: Lezama, La muerte de Narciso (1937), Virgilio, Las furias (1941), con un tratamiento sensiblemente diferente en cada caso. Ya Lezama era barroco y oscuro, mientras Virgilio se mostraba simple, casi callejero. Pero aunque la poesía de Virgilio es notable (sobre todo su tercer libro, La isla en peso, 1943), no hay en ella un solo verso de la belleza imperecedera de «Así el espejo averiguó callado, así Narciso en pleamar fugó sin alas» y mucho menos algo de la extraña perfección de los poemas en Enemigo rumor, que Lezama publicó ya en 1941. En La isla en peso Virgilio se mostró un poeta de considerable cubanía, aunque alguno lo acusara fútilmente de copiar a Aimé Cesaire. Pero por este tiempo, antes de ese tiempo, Lezama compuso poemas que están entre los más hermosos escritos en español en este siglo. Sin embargo hay un verso de Virgilio, «Tú tenías un gran pie y el tacón jorobado», memorable por su humor a la vez cruel y melancólico cuando se sabe que tacón y pie pertenecen a un personaje popular, una habanera humilde, Chencha la chambona.

Era inevitable que Lezama y Virgilio se encontraran en comunidad, era también previsible que se separaran con violencia. Virgilio era pendenciero, Lezama sólido, pero los dos eran vulnerables en más de un sentido. Homosexuales los dos, sus intereses sexuales eran marcadamente diferentes: esto era visible aun en los atuendos respectivos. Lezama vestía invariablemente de cuello y corbata y si no usaba chaleco parecía portar uno, perceptible en su in visibilidad constante. (Un saludo humorístico de Lezama era a menudo: «Véame aquí en mi chaleco mozartino sobre mi vientre wagneriano»). Virgilio siempre llevó pantalón barato y una camisa de sport de mangas cortas (tal vez por necesidad, seguramente por elección) y si alguna vez tuvo un traje, nunca lo usó —ni siquiera lo recuerdo trajeado en París, en la hostil primavera de 1965, aunque seguramente vestía chaqueta y un impermeable contra el tiempo pero también contra costumbre. Lezama era adicto a los efebos demorados, lánguidos, intelectuales. Era amante de la forma. Virgilio prefería a los hombres raudos, rudos del pueblo —guagüeros, porteros, serenos, varios vagabundos y tal vez un soldado con licencia— a los que pagaba religiosamente a pesar de su pobreza. No había amores para Virgilio: solo la acción sexual, sodomía súbita y su costo. A veces Virgilio retenía o simulaba retener el pago ritual después del coito y él mismo confesaba que nada le daba más placer que el frisson nouveau producido por la ira del amante alquilado todavía no pagado —” Nada de amante, niño», revelaba Virgilio. «En realidad un bugarrón de mala muerte»— y verse a punto de recibir una paliza por simular no soltar las monedas amorosas, morosas. Dos incidentes revelan estas divergencias sexuales de los dos poetas. (Pero antes debo decir que Virgilio detestaba la idea de tener comercio —la palabra nunca fue más adecuada— carnal con cualquiera siquiera levemente en contacto con la cultura y así el día en que un amante inminente le confesó in passim que le gustaba leer libros, Virgilio abandonó airado el cuarto, todavía a medio vestir y desapareció ante el asombro de su amante por venir. «Los hombres de verdad no leen libros», explicaba Virgilio. «La literatura es mariconería y para maricón, yo»). En una ocasión extraliteraria, Virgilio levantó a un negro formidable en el Parque Central y juntos fueron a una infecta posada en la calle Amargura (sin símbolos) y entraron al edificio y al cuarto. Virgilio atravesaba una de sus muchas crisis económicas y comía mal y poco y estaba más flaco que acostumbraba, metafísico estáis casi. Se quitó la ropa lo más discretamente posible, ya en la cama, casi bajo la sábana y cubrió con ella sus desnudos huesos lo más rápido que pudo. El amante («Un tronco de turco») tarifado sospechó que había algo extraño en aquella desvestida pudorosa y poderoso vestido fue hasta la cama y de un manotazo arrebató la sábana a Virgilio —para descubrir el cuerpo más o menos magro del escritor anónimo—. El dante se explayó en palabras soeces («Cubrió mi cuerpo desnudo de oprobios», contaba Virgilio, maestro de picarescas), en denuestos, en improperios: «¡Un esqueleto! ¡Un maricón esqueleto! ¡Un esqueleto de mierda!», escandalizaba el ya no amante ante la visión desnuda, más sobreviviente de Buchenwald que Venus de Botticelli. Acto seguido el sodomita taxi, ofendido por haber sido presentado con huesos duros cuando esperaba nalgas propicias, un culo cómodo, glúteos máximos, se quitó el cinturón y atacó a Virgilio a cintazos bestiales, salvajes, como de esclavo hecho amo. Finalmente, antes de irse, Némesis negra, buscó en los bolsillos del pantalón descartado inútilmente y dejó a Virgilio azotado y sin dinero —pero feliz en su coito sin pene con gloria.

Vidas para Leerlas: Guillermo Cabrera Infante

Guillermo Cabrera Infante. Escritor cubano, se trasladó a La Habana con doce años, y publicó por primera vez con dieciocho. Se licenció en Periodismo y ejerció la crítica cinematográfica en la revista Carteles con el seudónimo G. Caín. Fundó y presidió la Cinemateca Cubana y fue director del Instituto del Cine. Cabrera Infante colaboró con el periódico clandestino Revolución en los años finales de la dictadura de Batista. Ya con Castro, fue director del Consejo Nacional de Cultura y subdirector del periódico Revolución, fundando el magazine cultural Lunes.

En 1963 fue nombrado agregado cultural en la embajada de Bruselas, y tras regresar a Cuba para el entierro de su madre, fue retenido cuatro meses, exiliándose después, primero a España y un año después al Reino Unido, en Londres, en donde continuó su labor literaria.

Pasó un tiempo en Hollywood, dedicándose a su pasión cinematográfica y continuó su trabajo literario en Londres. En 1979 obtuvo la nacionalidad británica. Entre otros premios, recibió el Cervantes en 1997.

De entre su obra cabría destacar títulos como Vista del amanecer en el trópico, Arcadia todas las noches, Mea Cuba o Ella cantaba boleros, entre otros.