Poetas

Poesía de Estados Unidos

Poemas de Philip Levine

Philip Levine (Detroit, Míchigan, 10 de enero de 1928 – Fresno, California, 14 de febrero de 2015) fue un profesor, escritor y poeta estadounidense.

Nuestro valle

No vemos el océano nunca, pero en julio y agosto
Cuando el peor calor parece alzarse desde la dura arcilla
De este valle, podrías estar caminando a través de las higuerillas
Cuando de pronto el viento enfría, y por un momento
Llega a ti un olor a sal, y entonces casi puedes
Creer que algo espera más allá de Abra Pacheco,
Algo masivo, irracional, e incluso tan poderoso
Que las montañas que se alzan al este de aquí
No tienen para ello una palabra.

Probablemente pienses que estoy loco al decir que las montañas
No tienen palabra para ‘océano’, pero si vives aquí
Comienzas a creer que ellas lo saben todo.
Mantienen ese inmenso silencio que pensamos divino,
Un silencio que crece en otoño, cuando cae la nieve
Lentamente entre los pinos; el viento decae,
Se hace menos que un susurro, y difícilmente puedes
Sostener tu aliento mientras tiemblas, aterrado.

Debes recordar que esta no es tu tierra.
No pertenece a nadie, como el mar junto al que una vez viviste
Y pensaste tuyo. Recuerda los botes pequeños
Emergiendo mientras las olas regresan, y los hombres
esculpen una vida de él solo para hallarse al fin
tallados hasta volverse nada. Ahora dices que esto es tu casa,
así que persiste, adora a las montañas mientras se pierden en el polvo,
espera en el viento, atrapa un sabor a sal, llámalo nuestra vida.

Una historia

Todo el mundo adora las historias. Empecemos con una casa.
Podemos llenarla con prolijos dormitorios, y llenarlos
De cosas –mesas, sillas, alacenas, gavetas,
Cerradas para esconder camas pequeñas donde los niños alguna vez durmieron
O grandes cajones abiertos como bostezos para revelar
Prendas dobladas con precisión, lavadas hasta el desgaste,
Inmaculadas, viejas, y esperando ser usadas del todo.
Debería haber una cocina, y la cocina
Debería tener una estufa, quizás una grande de acero
Con un grueso tubo negro que desapareciera en el techo
Hasta alcanzar el cielo y despedir sus olores conjuntos.
Esto ha sido el centro de cualquier vida familiar
Que haya estado aquí, esto y el lavabo ahora amarillo
Alrededor de la rejilla donde el agua, sucia o pura,
Desaguó sin explicaciones, algo así como el punto
De esto, la historia prometida que tal vez entreguemos.
Sin duda alguna, una familia estuvo aquí. Ahora ves
el sendero trazado en el linóleo donde la madera,
el gris pino, muestra en ella.
Un padre estuvo aquí a la mitad de su vida
Para llamar a los cielos sobre el tejado que imaginó
Debían estar escuchando. Cuando nadie respondía
Puedes ver donde sus pasos vuelven una
Y otra vez, pese a que se le ha enseñado
A nunca suplicar. No es que la vida fuera especialmente cruel;
Tuvieron agua potable que bombearon primero,
una cocina que proveía calor, una madre que permanecía
en el lavabo a todas horas y miraba con nostalgia
a donde el bosque una vez retuvo el sonido
de osos pequeños –una familia también ellos- y las canciones
de aves que volaron lejos una vez en el bosque alrededor,
un árbol a la vez después de que los trabajadores llegaron
con jarros de café caliente. El lugar desgastado en el alfeizar
es donde la madre descansaba su cabeza mientras nadie veía,
esas dos crestas manchadas ahora eran asideros
donde se apoyaba, y nunca le fallaron.
¿Dónde está ahora? ¿Crees que tienes derecho
A saberlo todo? ¿Niños bastante pequeños
Para caber en las alacenas, bastante grandes para tener dormitorios
Para sí mismos y abandonarlos, el padre
Con la mano derecha levantada al cielo?
Si estas preguntas son muy personales, entonces dinos,
¿Dónde está ahora el bosque? Tiene que haber estado
Porque el continente estaba plagado de árboles.
Todos lo hemos leído en la escuela y sabemos que es cierto.
Todo lo que vemos son casas, filas y filas
De casas distantes para la visión, y donde ella se desvanece
Hacia la nada, en el nuevo mundo que nadie ha visto,
Debió haber más que polvo, partículas al viento
De la tierra quemante, la tierra que perdimos, y nada más que eso.

Ritos funerarios

Incluso en una rara mañana de lluvia
como esta mañana, con el cielo tan bajo
como pendiente de sus riquezas
y salvo por algunas lágrimas falsas, la tierra dura
no acepta nada. Seis años atrás
enterré las cenizas de mi madre
al lado de una joven lila que es ahora
más alta que yo, y atrapa entre el tallo
de una rosa en medio de las raíces
donde, como todo lo demás que no
es humano, florece. Los pequeños botones
nunca se abren; lo que sea que sepan
lo guardan para sí mismos hasta
que una mañana lluviosa o un viento nocturno
vuelve los pétalos nuevamente a la nada.
Incluso el gato del vecino que caga
diariamente en los senderos y se esconde
en la profundidad de la selva ramada
se niega a ronronear. Está bien terminar
al lado de la mujer que me hastía,
cavar en la tierra lo que sea que queda
y dejar solo un nombre para alguien
que lo quiera a uno. Piensa en ello,
mi nombre, que ha dejado de ser
una parte de mí, ya no más inflado
o golpeado, ya no más guisándose
en un complejo compuesto de memoria
o la simple unidad del hueso, mierda
de gato, las raíces del eucalipto
que planté en el ‘73,
un yo pequeño llevando nada, dando
nada, vacío, y libre al fin.

¡A mi cuenta!

En el dormitorio de al lado sus hermanos no pueden dormir,
Los dos siguen en la escuela. No pueden esperar
A crecer y hacerse hombres para juntar dinero.
La otra noche en la cena se sentaron frente a él,
Su hermano, un hombre, pero un hombre sin nada,
sin dinero, o siquiera la posibilidad de juntarlo.
Él nunca paga, nunca deja un billete
sobre la barra, como diciendo “¡A mi cuenta!”
A las cuatro de la mañana, cuando no puede dormir,
Repite la gastada frase para sí mismo
Con un giro delicado de la muñeca
Dejando el billete caer. No puede caminar
Por miedo a despertar a su madre, que duerme
Sola en el piso de abajo, en el viejo almacén,
Al lado de la cocina. Cuando era un niño de doce
O catorce, como sus hermanos, nunca supo
Por qué chicos no mayores que él hacían
Lo que hacían, los robos, peleas de pandillas, sobredosis
Violaciones, nunca entendió la furia silente
De su padre explotando en golpes
Y patadas, botellas, platos, vasos arrojados
Por toda la cocina. La mañana siguiente sería
Tan tranquila que desde su cuarto, arriba,
Escucharía la escoba recorriendo el piso
Mientras su madre recogía los restos, y la oiría
Cantar para sí misma. Ahora está todo tan claro,
Tan obvio, se pregunta por qué le ha tomado
Tanto aceptarlo, y ser adulto de una vez.

La música del tiempo

La joven mujer que cose
Junto a la ventana murmura una canción
Que no conozco; apenas oigo
Unas pocas notas, y cuando los camiones
Descienden por la calle llena de huecos
La música se ha ido. Antes de las
Sombras que proceden de la
Gran catedral, puedo verla
Una vez más trabajando, y luego
Oigo en el repentino silencio
del anochecer una música silente
salida desde su habitación. Hago a un lado
mis papeles, me lavo y me visto
para comer en uno de esos lugares
de comida marina en las avenidas
cerca del puerto, donde más tarde
irán a dormir los mendigos. Después
camino por horas por el Barrio
Chino pasando por las puertas
Abiertas de los pequeños bares y huecos
Desde donde las voces de los viejos
Ladran canciones pasadas de moda
Sobre el desamor. “Esto es el mundo”,
Pienso, “esto es lo que aquí me trajo
Hace unos años”. Ahora puedo
Volver a mi cuarto de soltero,
Puedo echarme despierto en la oscuridad
Revisitando todos los sucesos triviales
Del día que ha pasado; un día comienza
Cuando el sol aclara las oscuras cúpulas
Del dios de alguien más, y yo despierto
En una inundación de polvo a mi venido de
ninguna parte, y de ninguna parte viene
la voz real de alguien más.

Por un duro

Por un duro tenías una noche al resguardo.
(Un duro era una moneda de cinco pesetas
con el perfil de Franco, la narizota respingona
como si él solo hubiera recibido
el aliento de Dios. En el 65
sólo él recibía el aliento de Dios).
Por un duro podías tumbarte en el vestíbulo
del Hotel Splendide con tu traje de los domingos,
dormir bajo las luces, y levantarte a tiempo
para bendecir la llegada del Hijo. Por un duro
lo podías tener todo, coches, mujeres,
una comida de siete platos y vistas al mar,
con las camareras inclinándose
al preguntar con reverencia: “¿Más mantequilla?”. Por un duro
compré un paquete de Antillanas y le di uno
al único viajero de la terminal desierta,
un soldado de uniforme. Cuando se agachó
para encenderlo, vi el cogote pálido,
desarreglado. Aún debe estar allí, esperando.
El hotel ya no está, el edificio sí,
un hospital veterinario y un comedor de animales
dirigido por el señor Esteban Ganz, vestido
para trabajar esta mañana con bata blanca,
corbata negra y bambas sucias. Modestamente
me muestra tres cachorros de lobo, pintos,
salvados de la muerte, los feroces gatos silvestres,
recorriendo impacientes la gran jaula como tigres, el tucán
debilitado por un virus desconocido, pero ahora
ya recuperado y acicalándose. Colores bulliciosos:
rojos, verdes y dorados resplandecientes,
idóneos para anuncios que proclaman la paz inter-
galáctica cuando llegue el momento.

El poema de tiza

Esta mañana, de camino al bajo Broadway,
me crucé con un hombre alto
hablándole al trozo de tiza
que sostenía en la mano derecha. La izquierda
estaba abierta y marcaba el compás,
pues su discurso tenía ritmo;
era un canto o una danza o, quizás,
un poema en francés, pues
era de Senegal y hablaba francés
tan lento y con tanta precisión que yo
podía entenderlo como si me hubiesen arrojado
cincuenta años atrás, hacia
mi clase de instituto. Un hombre esbelto,
elegante en las formas, pulcramente vestido
con los restos de dos trajes azules,
con la corbata firmemente anudada y su camisa blanca
sin planchar, aunque impoluta. Conocía
la historia entera de la tiza, no solo
de aquel trozo en particular, sino
de la tiza con la que yo escribí
mi nombre el día en el que regresé
a la escuela tras la muerte
de mi padre. Conocía el feldespato,
el calcio, las conchas de las ostras; sabía
qué criaturas habían dado su espinazo
hasta formar el polvo temporal
prensado en aquellos conos perfectos,
conocía la tristeza de las aulas
en diciembre, cuando la luz decae
temprano y las palabras de la pizarra
abandonan su gramática y sentido
y, más tarde, incluso sus contornos, de tal modo que
cada letra se expande en todas direcciones
y, al mismo tiempo, no significa nada en absoluto.
Al principio pensé que su barba corta
estaba escarchada de tiza; conforme
nos aproximábamos, a menos de un pie
de distancia, vi que sus pelos eran blancos,
así que a pesar de la juventud que había en sus gestos
era, al igual que yo, un hombre entrado en años, aunque
de apariencia mucho más noble, con sus pómulos altos
y tallados, sus hombros anchos
y sus claros ojos negros. Tenía el porte
de un rey del bajo Broadway, alguien
salido de la mente de Shakespeare o
de García Lorca, alguien por quien la pérdida
se había dulcificado en caridad. Nos enfrentamos
durante aquel largo minuto, ambos
compartiendo el último poema de tiza
mientras la gran ciudad se enfurecía a nuestro
alrededor, y luego el poema se acabó, tal y como lo hacen
todos los poemas, y su mano izquierda se desplomó
hacia un lado bruscamente y me tendió
el trozo de tiza. Yo me incliné ante él,
sabiendo cuánta era la importancia de aquel gesto,
y le escribí mis agradecimientos en el aire,
donde podrán ser escuchados para siempre
bajo el grito endurecido de las conchas del mar.