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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

El Asalto

Tenía la mirada de quien ha perdido ya toda capacidad de asombro. Fumaba uno de sus proverbiales tabacos, talla extra, a despecho del aviso en letras rojas a un extremo de la recepción

Tenía la mirada de quien ha perdido ya toda capacidad de asombro. Fumaba uno de sus proverbiales tabacos, talla extra, a despecho del aviso en letras rojas a un extremo de la recepción. Era más viejo que en las portadas de las revistas y las contracubiertas de sus libros. Los fotógrafos hacen magia.

Yo acababa de entregar mi primera novela: ciento cincuenta páginas narrando las peripecias de un abogado mediocre en un pueblito de provincias. Prefiero historias triviales, sin disertaciones metafísicas. Me abruma tanta filosofía. Pero no tenía éxito con los editores. Rechazaban los manuscritos en fila, sin mucho miramiento. Ahora cifraba en aquel texto lo que restaba de mis esperanzas.

Lo abordaría. Era la ocasión perfecta. Puede ocurrir en los salones de Planeta o Anagrama, pero no siempre vienen escritores de nombre a fumar en el lobby de una editorial como Letras de Ínsula.

Me acerqué.

—¿Me concede un minuto?

El viejo alzó la vista y me caló despacio. Tenía fama de ser un hombre parco, poco dado a los discursos y las intervenciones públicas. Se le atribuía, sin embargo, un carácter afable y la cualidad de buen conversador entre sus allegados. Profesor en la Universidad durante muchos años, había visto envejecer y morir a la mayoría de los notables de su generación. La longevidad suele cobrar su precio. Con el tiempo se fue retrayendo todavía más. A sus ochenta y tantos, no abundaban personas en La Habana a quienes concediera el privilegio de tratarles. Y yo lo tenía frente a mí. Observándome con cautela.

—¿Me concede un minuto?

Apartó el habano para arrojar la ceniza sobre el mosaico del piso, sacudiendo los residuos delicadamente con el extremo del índice.

—¿Quién es usted? —preguntó con desgano.

Por un momento creí que todo estaba perdido: en realidad yo no era nadie. ¿Qué podía exhibir? ¿Títulos? ¿Publicaciones? ¿Premios? Nada de qué ufanarme. Mi única alternativa consistía en decir la verdad, por dolorosa que fuera. Debía confesar: soy un escritor fracasado. Y punto.

Muy adentro, algo me impulsó a rectificar la respuesta.

—Usted no me conoce —dije—. Incluso, es primera vez que le tengo delante… Pero he leído su obra.

—¿Periodista, eh?

—¡No, no! —me apresuré a explicar—. Para nada. En realidad detesto a los periodistas…

—¡Y yo! —decretó el anciano—. No sabe cuánto los detesto… ¿Qué quiere?

Estábamos en el punto preciso. Conseguía motivarlo, o se esfumaba para siempre la oportunidad del diálogo. Mi futuro dependía de cuánto fuera capaz de conseguir ahora. Al menos eso juzgué en aquel momento.

—No soy periodista —insistí—. Soy escritor.

Y pronuncié con seguridad la última frase.

El viejo se arrellanó en la butaca y aspiró una bocanada. Luego paseó la vista por la habitación, con cierta indolencia. Pero advertí que un relámpago cruzaba por sus ojos. Fue cosa de un instante, una milésima de segundo. Bastaba para inclinar la balanza a mi favor.

Puede que le agradaran mis maneras ingenuas, haciéndolo retroceder cuarenta años para mirarse a sí mismo en aquel iluso, a medio camino entre la honestidad y la impertinencia, y afirmando sin el menor recato: soy escritor.

—¿Escritor?

—Sí, bueno…

Se incorporó de golpe. Echó un manotazo al portafolio que descansaba en el asiento contiguo y masculló las palabras que sellarían mi suerte. No en el sentido que esperaba entonces. Pero me cambiarían. Definitivamente.

—Venga, le invito a un café.

 

El boulevard de Obispo era una franja demasiado estrecha para alojar a sus numerosos transeúntes. Se acercaba el mediodía. Localizar una mesa en una cafetería resultaba poco menos que imposible. La gente abarrotaba los comercios, los bancos, las agencias. De los bares brotaba la música a intervalos. Invertimos un buen cuarto de hora en encontrar un sitio. Aire acondicionado, solicitud expresa de abstinencia para los fumadores, meseros de lazo negro sobre el cuello inmaculado de la camisa. Ni en mis mejores sueños podría pagar algo así.

—¿Quiere que hablemos de literatura?

El tabaco a medio quemar reposaba en el borde de la mesa, despidiendo un hilillo de humo que camareros y comensales fingían con toda intención no percibir.

Condescendía conmigo el viejo, después de todo. Ninguna lógica, por absurda que fuera, le aconsejaría jamás perder el tiempo con un individuo extraño, carente de significado. A no ser que pretendiera elegirme como material de estudio y retomar el incidente en alguno de sus futuros relatos. Esas cosas ocurren. Con los escritores nunca se sabe.

—¡Oh! —dije con afectación—. Sería demasiado pedirle eso.

El viejo paladeó con lentitud el contenido de su taza. Bebía pequeños tragos y luego la acercaba a la nariz, meciéndola con distinción, tratando de retener el aroma.

—Mi padre llamaba a esto el néctar negro de los dioses blancos —explicó con media sonrisa.

Era evidente que luchaba contra la tentación. Entre sorbo y sorbo echaba un ojo al cazador humeante, a la espera de un gesto aprobatorio entre sus vecinos cercanos. De súbito lo aplastó contra el fondo del tazón, restregándolo con fuerza. Lo que quedaba del puro se impregnó de inmediato con los restos del líquido y un olor a ceniza humedecida se apoderó del ambiente.

—Es usted escritor —afirmó para sí.

Me sentí impelido a decir algo.

—Bueno, no soy el tipo de escritor que es usted… Ya sabe…

—No, no lo sé —alegó sin dejarme terminar.

El viejo me la ponía difícil.

—Quiero decir que usted es un escritor importante. Ha publicado con las principales editoriales del continente.

—¿Eso me hace importante? —disparó a mansalva.

—Claro —dije.

Empujó hacia adelante la taza con el tabaco dentro y me miró directo, reclinándose con soltura en el asiento. Parecía disfrutar el rumbo que tomaba la conversación. Yo estaba pasmado.

—¿Sabe usted qué convierte en importante a un escritor?

Medité la respuesta.

—Bueno, diría que su aptitud para interpretar el espíritu de la época. Eso en primer lugar. En segundo término, el arte de manejar el lenguaje. Por último, la cualidad de atraer a un sector mayoritario de lectores…

El viejo estornudó. Extrajo un pañuelo y enjugó con cuidado las salpicaduras en su barba.

—El aire acondicionado me mata… Bien, no crea que no escuché. Siga, siga. ¿Qué más?

Yo había respondido con la convicción de quien enuncia una verdad de Perogrullo. Cualquier análisis digno arrojaría en todo caso un resultado similar. Debí mencionar también la extensión de la obra. Sonaba justo. Nadie perduraría como escritor amparado en un par de novelitas. Aunque hubiera excepciones.

—Los libros publicados, tal vez —agregué.

—Los libros publicados —repitió como un eco.

—Sí, los libros publicados.

—¿Sabe que cualquiera de sus contemporáneos ha editado ya una docena de libros antes de los cuarenta años? —preguntó—. En su opinión, ¿eso los convierte en importantes?

—Tal vez no —aduje—, pero en mi caso no he publicado nada… y todavía importo menos.

Sentí que el gozo le invadía. Por mi parte apenas daba crédito a sus reacciones. Lo que menos esperaba era hallar esa dosis de sarcasmo en los comentarios de un intelectual de su estatura. Lo imaginaba una suerte de patriarca de la literatura cubana, por encima de todas aquellas nimiedades. Francamente, aguardaba una disertación sobre la historia de la filología nacional, antes que aquella actitud descalificadora.

—Me cago en los libros publicados —sentenció—. ¿Sabe cuántos de los míos me hacen un escritor importante, como dice usted?

—Pues, no sabría decirle…

—Bien, ¡ni uno! ¿Ha leído usted El Asalto?

—Por supuesto —respondí con viveza.

—¿Qué le parece?

—Una excelente novela.

—Una mierda —afirmó el viejo—. ¿Qué otra cosa conoce?

—Para hablar con propiedad, conozco casi todo —declaré con gusto—. He leído Desembarco, Rebelión en la isla

—¿Y qué opina?

—Le repito, todo es magnífico.

—¡Porquería, querrá decir! —bramó el viejo.

Puesto de pie se descubría en él al deportista de la lejana juventud, incapaz de renunciar a su pasión por el básquet.Octogenario ya, aquel arranque denotaba un vigor todavía inagotable. En dos segundos recorrió el trayecto hasta la puerta de salida, invitándome con un gesto a que lo siguiera.

Tuve el tiempo exacto de esquivar al empleado que se acercaba para cobrarnos la cuenta.

 

Caminamos sin hablar durante varios minutos. Rodeábamos la Plaza de Armas cuando decidió romper el silencio.

—Usted está a tiempo —dijo en tono persuasivo—. No se deje llenar la cabeza con la retórica hedionda de los intelectuales. Son todos inútiles. Unos frustrados.

—Pero, ¿cómo es posible? —me atreví a indagar.

—No hay escritores importantes, es pura bobada. La gente se limpia el culo con las páginas de los mejores libros. No pasa nada. Trate usted de hacer lo mismo con los decretos presidenciales, ande.

Hizo una pausa para escarbar en el interior de su cartera, con la esperanza de hallar un nuevo habano. No tuvo éxito.

—A veces traigo de repuesto… —comentó por lo bajo, y absorbió con ímpetu el aire que llegaba del mar.

Yo me sentía en el limbo, incapaz de asimilar todos aquellos asertos subversivos. En Letras de Ínsula podían objetar otra vez la publicación de mi libro. Iba a ser, de todas formas, una jornada memorable. La más extravagante de mi vida.

—En El Asalto un comando insurgente acomete contra una fortaleza militar —dijo—. Pasé meses estudiando los alrededores para contarlo con lujo de detalles. Revolqué bibliotecas, desmenucé la historia. Me inventé personajes tremendos.

—Y consiguió escribir un libro insuperable —acoté.

—Pura ficción, amigo mío.

—La literatura es artificio, ya se sabe —aventuré la idea.

—Y por eso inservible —aseveró el viejo—. No basta con interpretar la realidad, como usted piensa. Al carajo con el espíritu de la época. Hay que interactuar, modificar el contexto. Tener potestad para trocar las cosas. Es la única manera de trascender. El verdadero camino a la inmortalidad.

—Pero… Joyce, Cervantes, Homero, ¿no son inmortales?

—Ninguno cambió nada. Embaucaron a la gente de su tiempo y terminaron rumiando su propia decadencia, como cualquier mortal. La literatura es una droga contra el descontento. Alejandro, César, Napoleón, ellos hicieron la Historia. No seríamos lo que somos si faltara alguno.

—Es un planteamiento fuerte —dije con gravedad.

—La verdad es siempre fuerte —recalcó él.

—Pero un escritor no tiene que intervenir, sino recrear el suceso —dije, y me arrepentí enseguida.

—¿Lo ve? —dijo con una mueca—. Usted es un perdedor, como todos los demás. Incluso yo. Cualquiera de esas novelas que considera grandiosas no es más que una caricatura grotesca de lo que pudo ser. Y créame, es duro comprenderlo cuando se acerca el final. No hice nada productivo con mi vida, amigo mío, nada. Me conformé con soñar lo que debí llevar a efecto. ¿De qué vale imaginar la accidentada travesía de un yate en la tormenta? Lo productivo es llegar a costa. No se puede conquistar la gloria con un párrafo ahíto de adjetivos pueriles Ya lo ve, he escrito demasiadas cosas sin utilidad…

El viejo estaba serio. Desahogarse de aquella manera le costaba, era obvio. Nada pude objetar, pero me chocaba que un autor de calibre renegara de su obra sin concederse siquiera el beneficio de la duda. Sentí que debía hacer algo. No era justo que un novelista se reprochara el no incidir en los destinos de su patria. El arte suele avanzar con alguna independencia con respecto a la realidad. Un escritor es un artista, no un político. No había que intercambiar los roles. Eso pensaba yo. Y se lo dije.

—Cada quien tiene su karma. El suyo era escribir novelas.

—No me joda —dijo, y su voz sonó profunda.

 

Permanecimos un rato junto a la bahía, mirando los barcos salir y perderse en la distancia. Había un tráfico asombroso a esa hora del día y La Habana continuaba siendo una ciudad perfecta para vivir sin arrepentirse de nada. El viejo recobró el talante y ya no volvió a echar pestes de su literatura. Tenía una sorprendente capacidad de recuperación, como pude apreciar, y pasaba del desaliento a la euforia con naturalidad infantil.

—¿Cree usted que dependamos de un karma? —preguntó con interés.

Aunque no era precisamente un místico, yo tenía leído algo sobre el tema de la trasmigración de las almas y la ley de compensación universal. De todas formas, no iba a asumir el riesgo de refrendar un disparate y aparecer como el imbécil perfecto ante el escritor que más había admirado.

—No estoy seguro…

—Es bueno no estar seguro —afirmó el viejo—. En la certeza está el peligro. Sólo un cretino jamás vacilaría.

—Y usted —decidí aventurarme—, ¿cree en el destino?

—Igual no estoy convencido —dijo riendo—, ¿o le pareceré un estúpido?

Ahora estaba de buen humor. También reí.

—Si fuera cierto lo de la reencarnación y todo eso, ¿ha pensado cómo le gustaría volver a este mundo? —preguntó.

De nuevo tenía el semblante grave. Mi sonrisa se extinguió con la velocidad de un dinosaurio en medio del cataclismo. El viejo me estudiaba sin ningún reparo, atento a cualquier movimiento de mis músculos. No sospeché que mi dictamen avivara su curiosidad con tanta fuerza.

Reflexioné un momento antes de responder. Aún me inquietaba la cuestión de la imagen y lo que pudiera pensar aquel hombre de mí, caso de proferir una tontería.

—Sería un escritor famoso, de eso no tengo dudas —dije con sobriedad.

El viejo hizo un mohín y desvió la mirada. Algo se removía en su interior e intuí que estaba a punto de emitir una declaración inesperada. Apenas se contenía, previendo mi interrogante.

—¿Cómo reencarnaría usted? —pregunté por fin.

—Hay que sacudir el árbol desde arriba, amigo mío, si se quiere tomar el fruto —contestó—. Tampoco tengo dudas al respecto: si pudiera reencarnar yo sería presidente. Estoy seguro: sería presidente.

 

Altos buques de carga desgarraban la piel de las aguas. Los seguíamos con la vista, hasta que no eran sino manchas en el claroscuro del horizonte. En lo adelante seríamos cómplices el viejo y yo, al tanto de nuestros mutuos anhelos. Tendríamos un pacto de camaradería indestructible. Yo no tenía el talento del escritor verdadero. El viejo nunca sería presidente. Y tal vez, para ambos, era la mejor opción.

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Sobre el autor

  • Leopoldo Luis

    . (La Habana, 1961). Periodista, fotógrafo y narrador. Licenciado en Derecho por la Universidad Central de Las Villas y Diplomado en Periodismo por el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Ha publicado los libros de cuentos Adiós, Habana (Ediciones Holguín, 2009), con el que obtuvo el Premio de la Ciudad un año antes, y Extraño bajo un paraguas (Editorial Capiro, 2013). Poemas suyos aparecen en el volumen El ojo de la luz. Antología de poetas y artistas cubanos (Diana Edizioni, Italia, 2009). Sus relatos han sido incluidos en las antologías El martillo y la hoz y otros cuentos (Reina del Mar Editores, 2013) e Isla en negro. Cuentos de crimen y enigma (Casa Editora Abril, 2014). Fue editor y administrador del sitio web de la revista cultural El Caimán Barbudo. Actualmente trabaja como periodista de la televisión hispana en Estados Unidos.