Poetas

Poesía de Perú

Poemas de Aníbal Víctor de la Torre

Aníbal Víctor de la Torre Vidaurre (1827-1880), poeta, magistrado y diplomático peruano, legó un legado literario y político que resuena aún en los anales de la historia. Inició su camino como abogado, pero pronto se vio cautivado por el arte de la poesía. En su Arequipa natal, se destacó en tertulias literarias, entrelazando amistades con figuras como Ricardo Palma y Fernando Velarde, quienes lo inmortalizaron en sus obras.

Participó activamente en la política de su país, sumándose a la revolución liberal contra el presidente Echenique y desempeñando diversos cargos gubernamentales y diplomáticos bajo diferentes administraciones. Como ministro plenipotenciario, negoció tratados y alianzas cruciales para la estabilidad de la región, como la alianza peruano-boliviana, aunque esta decisión sería objeto de controversia en el futuro, especialmente con el estallido de la Guerra del Pacífico.

De la Torre demostró una habilidad diplomática excepcional al intentar mantener la paz entre los países vecinos y participar en la organización de eventos internacionales para la armonización legislativa. Sin embargo, los desafíos de la guerra y las presiones políticas lo llevaron a una trágica conclusión.

En 1880, mientras se desempeñaba como diplomático en Buenos Aires, se suicidó, quizás abrumado por los desastres bélicos que afligían a su amada patria durante la Guerra del Pacífico. Su legado como poeta y estadista perdura, recordándonos la complejidad y la pasión de su tiempo.

La Rosa del Panteón

Tourt passe et tout retombe
Dans la nuit de la tombe

VOLTAIRE

Entre fúnebres restos crecida
Nos presentas tus lindos colores
Sin sentir los mundanos amores
Ni escuchar nuestro llanto y dolor;
En el triste recinto do yacen
Una madre, un amigo y un amante
Creces tu, deliciosa y fragante
Ostentando tu grato verdor.

A tu lado pomposas levantan
Sus cabezas los álamos tristes
Mientras tú te engalanas y vistes
Con botones de puro coral:
Tu fragancia embalsama el ambiente
Y en un sitio do todo es tristura
Al mirar tu sin par hermosura
Menos fuerte es el duro pesar.

Y tal vez algún hombre en su pena
Te arrebate del tallo querido;
Y tus hojas ¡ay Dios! distraído
Por el suelo quizás regará;
Sin mirar que las tumbas desiertas
Tú constante, engalanas ¡oh rosa!
Y te elevas esbelta y hermosa
Do el inmortal infeliz dormirá.