Poetas

Poesía de España

Poemas de Pilar Adón

Pilar Adón (Madrid, 12 de octubre de 1971) es una escritora y traductora española.

Vuelvo a clavar

Vuelvo a clavar por los marcos
rajados de humedad
las chinchetas de cabezas rosadas
y puntas fieles
que ingresan en la madera
y se asientan como flechas
para soportar el peso invariable
de las manitas
de mis muñecas.
Con vestidos de niña
aterciopelada.

Vuelvo a observar el susto aterrado
de las caras andrajosas
de mis muñecas hembras.
Y vuelvo a temer (imaginar)
un temblor en sus ojos.
De harina.

Travel free

Hay un sonido, un único sonido.

El sonido de la lluvia oscura y sucia,
guiada en quejidos insomnes por el viento.
Viniéndose a chocar contra las inmensas cristaleras
del aeropuerto,
bajo la apariencia inocente
que ofrece la desmembración en cientos de gotitas aisladas,
tan pretenciosamente acaparadoras,
pero rotas.
Mientras espero su llegada
en el vuelo de las doce.

Y hay una luz.
Una luz única, blanca y elegante y traicionera
sobre los pliegues de su poderosa frente.
Sobre los párpados de sus ojos asustadizos: ojos que son.
Y ya no son. Ojos de espía. Ojos de ave.
Ojos de ausente y de infeliz.
Una luz que me avisa, me advierte y me repite en murmullos
luminosos
que ahora está aquí, aquí.
Pero que las montañas llamadas Heaven Peak y los ríos
navegables,
las carreteras sin curvas y los límites de selvas confusas
que encierran los gritos de un hombre,
la sombra del árbol que se estira,
se estira,
se estira,
y la posición del sol
que elimina cualquier posibilidad de amparo,
la frondosidad de una mirada anónima,
siempre lejana,
y la visión de un camino con las huellas recientes
de los pies descalzos de un niño salvaje
y sus uñas negras
jugando por el interior de los labios,
se oponen, a la vez y sin piedad,
a la debilidad de mis humildes brazos.
De mis humildes brazos…

Yo

Yo… Lo sé. Tengo ese miserable aspecto
del que va demandando cariño por las puertas.
«Quiéreme un poco. Quiéreme un poco…»
Los ojos nostálgicos hacia el coche que se aleja
y la espalda estrecha que se detiene por última vez para decir adiós

Yo… Lo sé. Persigo la mirada comprensiva de todas las madres
y a veces las manos grandes de cada padre.
El susurro al teléfono que me diga: «todo está bien»
mientras la niña del pañuelo negro gira
y gira esperando la llegada del sosiego.
El apaciguamiento de la marea oscura que sube.
Y sube a la boca desde el alma que se creía ya aliviada
pero que no. Porque el alma, aunque se suponga el éxito sobre ella, cuando es dolorosa y cuando tiene la tez de la angustia,
sobrevive.

Yo… Lo sé. Me estoy ahogando y no entiendo nada.
Dejé que tomara mi mano y me arrastrara hasta la orilla.
«Vas a ver un milagro», me dijo.
Y la niña de los zapatos negros con lacito
me miraba a la cara y me mostraba sus dientes de conejito.
«Perdón. Perdón. Perdón.» Parecía suplicar. «Yo no fui. No fui yo…»

Yo… Ahora cuento las varillas azules que se insertan
en aquel jarrón transparente y me pregunto:
(uno, dos tres…)
¿Por qué lo haces?
(cuatro…)

Galanteo

Garantízame una melodía polaca
fabricada de nieve y barro
con gotas de marginalidad.
Ofréceme un viaje de madera
por las vías de un tren en desuso
con verdes mareas y guaridas
habitables.
Cántame como Piaf rota
y luego ocúltame.

No vendas más planos
de pinturas inacabadas,
y deja de perseguir amapolas
por los pasillos encalados que desembocan
siempre
en el mirador.

La sonrisa arrugada de piel mordida
no provoca ya memoria
y tus manos, blancas, de artista expatriada
mendigan tantos méritos,
que los círculos van rotando
en direcciones opuestas.

Recluye con tu genio
la sofisticación de miradas nuevas
y mañana procura salvar del ahogo,
sin súplicas,
a la niña muerta que descansa en todos tus cuadros.

Dime oráculo

Dime Oráculo, Ser de las Adivinaciones.
¿Es siempre la hoja marrón una hoja marchita,
o puede ocurrir también, oh Oráculo, Ser de las Adivinaciones,
que la hoja marrón crezca fuerte y fresca, carnosa y viva,
como cualquier otra hoja verde, con ramificaciones blancas?

Dime Oráculo, Ser de las Adivinaciones.
¿Poseo una mano pálida y hábil para las enseñanzas de la tierra?
¿Poseo la capacidad de dar vida a lo inanimado?
¿O me veré relegada, como mis antepasadas, a engendrar,
a sentir en mi vientre los movimientos líquidos, lentos y densos,
de un ser creciente dentro de mí?
¿Podré tocar piedra y decir “Vive piedra”
y hacer que la piedra viva?
¿Podré poner la mano en río y decir “Avanza río”
y conseguir que las aguas fluyan sin sequía posible?
¿Podré traer al hombre de la camisa blanca de vuelta a este hogar
y decir “Hombre, vuelve y permanece”,
y lograr que me acune de nuevo
entre sus brazos de largo caminante,
sobre sus piernas de sagaz observador?

Estoy jugando a danzar entre las nubes y arañas de tierra seca.
Estoy jugando a buscar entre las rocas azules
tesoros de antiguas civilizaciones salvajes y crueles con los débiles.
Estoy jugando a hallar en las uñas negras de mis dedos
los restos de la tierra que penetro con las manos doloridas, sucias,
y cada vez más hábiles. Dime, Oráculo.
¿Dónde están mis manos, blancas,
capaces manos de acariciar los cabellos
de aquel que llegó por el sendero abandonado hasta la casa
que habitamos,
mientras me mecía
y me susurraba al oído canciones de un mar que no he visto?
¿Dónde están mis manos blancas mientras penetro la tierra
con estos sucios
y fríos dedos,
que no sienten ya el rastro de la arena entre ellos?