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Rafael García Bárcena

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A la Palma Criolla

Dedicada a AGUSTÍN ACOSTA

Tan maravilloso anhelo
tu mismo germen encierra,
que apenas rompes la tierra
ya sueñas llegar al cielo…
De pie sobre nuestro suelo,
simbolizas la Victoria;
y cuando el ala ilusoria
del aire ante ti suspira,
cada penca es una lira
que canta tu eterna gloria.

 

Alma Máter

Insinuando en tu espíritu un abrazo
colmas tu corazón de regocijo
y acoges al que busca tu regazo
como una madre a quien le nace un hijo.
Y cuando parte el que te vino un día
y entra en la vida con un rumbo fijo,
tú te emborrachas de melancolía
como una madre que despide a un hijo.

Así, contra el embate del olvido,
suspirando por alguien que se ha ido
y soñando por alguien que vendrá,

abres los brazos con ternura ciega
para amparar al hijo que te llega
y bendecir al hijo que se va.

 

Martí

Martí, un cristo tan grande quizás como el Cristo
que echó la simiente en el huerto de Getsemaní,
surgió de la Patria, como el Emmanuel israelita
surgió del tocón de Isaí.
Era su palabra cual raudo torrente que se desquiciara
por romper la roca de la esclavitud
que encadenaba a la Patria como a un Prometeo;
era su palabra como una catástrofe en la multitud;
un derrumbamiento loco de montañas
increpando abispos vírgenes de sol;
era la rugiente voz de las trompetas
que se desatara sobre Jericó;
era el milagroso ¡levántate y anda! dicho a las conciencias
para rescatarlas de la sumisión.

Y, Moisés del verbo, con la vara mágica de su rebeldía,
golpeaba en la peña de su corazón,
para dar de beber a las almas sedientas
del licor divino de la Rebelión.

Tuvo las hoscas visiones, los sueños terribles del mártir hebreo;
sintió que el dolor, como un áspid maldito,
clavaba los dientes en su corazón,
y, como una rúbrica de sus sacrificios,
soñó con la cumbre de la Redención.
Vislumbró el sendero que iba hacia el Calvario,
y, cargando en hombros él solo su cruz,
en la más gloriosa de las vías crucis, la llevó a Dos Ríos,
tal como hasta el Gólgota la llevó Jesús . . .
Y así como siete plabras, clavado en el leño,
balbuceó el Rabí,
¡quién sabe sí el nombre sagrado y glorioso de la Patria esclava
gritó siete veces soberbio, Martí!

Y hubo en su muerte una escena que mostró a la atónita pupila del mundo
la dualidad rara de un alma de cristo y otra de cóndor;
porque, brillando en su doble grandeza, y en una divina apoteosis,
voló hasta la Gloria con vuelo de cóndor: ¡la vista clavada en el sol!

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