Poesía de México
Poemas de Sergio Briceño González
Sergio Edmundo Briceño González (Colima, 1970) es una de esas voces poéticas que parecen surgir desde la entraña misma del paisaje mexicano, como si la palabra, antes de ser escrita, hubiese sido ya vivida. Su obra, intensa y de resonancias simbólicas, se sitúa en un territorio donde lo íntimo y lo sagrado dialogan con una naturalidad inquietante.
Formado en el cruce entre la literatura y el periodismo, Briceño González ejerció como exdirector editorial del Diario de Colima, una experiencia que, lejos de apartarlo de la poesía, afinó su mirada crítica y su sensibilidad hacia lo real. En su escritura, esa tensión entre lo cotidiano y lo trascendente se convierte en una de sus marcas más reconocibles.
Desde sus primeros libros —Corazón de Agua Negra y Catorce fuerzas, ambos publicados en 1995— se advierte una voz en búsqueda, impulsada por una energía casi ritual. Con Saetas (1997) y Ella es Dios (1998), su poética se expande hacia una exploración más arriesgada del lenguaje, donde lo erótico, lo místico y lo simbólico se entrelazan con una intensidad poco común.
La madurez de su obra se consolida con títulos como Náqar (2003) e Insurgencia (2011), en los que el poeta parece asumir plenamente su condición de mediador entre lo visible y lo invisible. En estos libros, la palabra se vuelve más depurada, pero también más incisiva, como si cada verso aspirara a una forma de revelación.
Su trayectoria ha sido reconocida con importantes galardones, entre ellos el Premio Internacional de Poesía Salvador Díaz Mirón en 2001 y el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines en 2011. Estos reconocimientos no solo confirman la solidez de su obra, sino que también sitúan su nombre en una tradición poética latinoamericana de alta exigencia estética.
Traducido al francés, Briceño González ha logrado que su voz trascienda fronteras, manteniendo intacta esa cualidad esencial que define a los poetas verdaderos: la capacidad de nombrar lo que aún no tiene nombre. En su poesía, el lector no solo encuentra palabras, sino una experiencia, un tránsito —un trance— hacia una forma más honda de conciencia.
RĀJAŠEKHARA
Ya no dejan sus crenchas en desorden,
buscan cómo amarrarse los cabellos;
se empiezan a preocupar por sus dientes y anudan sus faldas,
se ajustan a la práctica amorosa con las cejas;
se vuelve indirecto el movimiento de sus ojos:
se llenan de ambigüedad sus palabras,
a cada instante hay progresos en coquetería,
mientras la infancia se desliza hacia la juventud.
VALLANA
Sus muslos han ganado peso;
se forman las tres hojas alrededor de su cintura,
la timidez se incrementa en su corazón,
su antiguo retozar se esfuma,
sus pechos han florecido hacia adelante,
sus ojos comienzan a volverse de lado,
el cuerpo de la esbelta muchacha crece hermoso
mientras su infancia se aleja.
El deseo de las mujeres lo arropará en sus ornamentos
creyendo que es todavía un niño;
en ellas de mala gana enterrará sus apetencias escondidas en el corazón
y si en la ausencia de las otras alguna lo mira tiernamente
él agacha la cabeza y sonríe;
así es su manera,
vestida en la belleza de su adolescencia
Convicción
Para poder gritar
hay que saber callar.
Guardar silencio
durante muchos años.
Sedimentar la rabia,
hacer que la impotencia
anide entre las tripas.
Después
subir al campanario
y competir
con el bronce
de un tañido
Lejano
De dos siglos.
Invitación
¿Y tú
cuándo subirás
al campanario oriental
para lanzar el grito?
Para quitarte el cepo
el yugo
los grilletes
Para alzarte
en armas
contra ti
Contra toda memoria
de ti mismo
que te obliga y te ata
que te encierra y asfixia
que te atenaza
el cuello
¿Cuándo tocarás
la campana
de tus pasiones y glorias
de tus delirios y abismos?
¿Cuándo vendrá
el tiempo
de armar la artillería
y emboscar
al enemigo?
¿O eres tú mismo
tu adversario?
Alucinación
Se llama Dolores
la morena
del pantalón acampanado
que entra al bar
Largo el cabello
rizadas las pestañas
con la boca roja
pinta
el caballito
de tequila
Lo beberá de Hidalgo
y en sus tobillos
sonará la campana
de mezclilla
Para después lanzar un guaco
de ebriedad
o de lujuria
Un grito de contento
al tomarse de golpe
el ruidoso licor
Y allende su cintura
el galopar
de unas bragas
encendidas de blanco
olorosas a crin
Acampanada mulata
que bebe hasta las heces
cada copa de agave
Y a cada Hidalgo
que le piden
sonriendo
los amigos
del bar
suena una campana
silenciosamente dulce
entre sus piernas negras.
Pérdida
No hay forma
de encenderlo.
Ni con chispa
o fogata.
Ni soplando
en la base
para que encarne
el fuego.
Ni rociando butano
o kerosén.
No es posible encender
ni siquiera una vela
en esta cueva oscura
en que se oculta
la bestia
del amor apagado.
Misiones
No te agradecen las mujeres
si les escribes versos.
No los entienden
pero sienten agrado
al oírlos sonar.
Recuerdan de su infancia
medias blancas
y novios juveniles.
Te dan un beso
nadamás
si les escribes un poema
Lo guardarán. Lo olvidarán
Las mujeres no quieren hombres
ni poesía.
Son sólo mujeres. Demasiado.
- Jaime Jaramillo Escobar
- Eliseo Diego
- Rosa Romojaro Montero
- Ted Hughes
- Osiris Rodríguez Castillos
- Florencia Pinar
- Juan del Encina
- César Silva Márquez
- Manuel Machado
- Laura Cesarco Eglin
- Blanca Andreu
- Juan Esteban Fagetti
- Ángel Augier
- Juan Carlos Abellá
- Celerina Patricia Sánchez Santiago
- Pablo Armando Fernández
- Atilio Supparo
- Bernardo de Balbuena
- Edith Mabel Russo
- José Jacinto Milanés