Poetas

Poesía de México

Poemas de Dana Gelinas

Dana Gelinas. Poeta. Actualmente reside en la Ciudad de México. Es licenciada en Filosofía. Sus poemas se han publicado en Alforja, Arena, Cantera Verde, Castálida, Great River Review de Minnesota, La Gaceta del fce, La Jornada Semanal, Los Universitarios, Pauta, Periódico de Poesía, Revista Casa de las Américas, de Cuba, Sacbé, shr Southern Humanities Review, Tierra Adentro, y en The Marlboro Review, de Alabama, así como en las antologías Poetas de Tierra Adentro II; Elogio de la calle, historia literaria de la Ciudad de México; La región menos transparente, antología poética de la Ciudad de México (2003); Sin puertas visibles, An Anthology of Contemporary Poetry by Mexican Women y Eco de voces, generación poética de los sesentas.

Ha sido editora inglés-español, español-inglés en Grolier; editora en inglés de la revista cultural Sacbé. Ha traducido numerosos artículos para revistas, crónicas antiguas (Antiguos viajeros en Tabasco, itc, 1986, fragmentos), textos para catálogos empresariales, textos sobre antropología para el inah, numerosos libros de divulgación científica, y poemas de autores británicos y norteamericanos (William Blake, Donald Justice, Robert L. Jones, L. Ferlinghetti) que se han divulgado en revistas y suplementos culturales. VIII Premio Nacional de Tijuana 2004 por Poliéster. Premio Nacional de Poesía Aguascalientes 2006 por Boxers. Por su trabajo poético ha sido becaria del cme (beca Salvador Novo 1982-83), del inba (1988-89) y del fonca (1991-92).

Lápida para una mujer liberada

Como Diana, primero una flecha
al centro de un hombre;
como Penélope,
tejer la tela de araña;
caminar siempre un paso atrás,
como Eurídice;
salir del baño, como Afrodita;
leer de noche, como Minerva;
amar a una bestia, como Pasifae;
cultivar en exclusiva la tierra de tu casa, como Gea;
predecir la infidelidad, como Casandra;
vengar al marido, como Hera;
memorizar uno a uno los rasgos de Narciso, como Eco;
todo para morir en tu país
sin que te lapiden…
como a una extranjera.

 

Ciudad de cal

Yo nací bajo un cielo de cal,
donde la sombra era cada vez
más luna menguante
y la noche sitiaba su propio espejismo.
Ese lugar no era
lo que se dice un vergel
y sin embargo mi abuela y mi madre
–cuando madre y niña–
alcanzaron los racimos maduros
de tanto tiempo que esperaron
bajo el portal.
Ante mí, en cambio,
un día se abrió el suelo de la casa.
Allí brotaron,
uno por uno,
los males que no alcancé a nombrar a tiempo,
en el pecho esa prisa maldita,
un dolor de piedra en la espalda,
un infinito miedo a lo finito
como una sombra que va siempre adelante
y una voz que cortaba, tan amarga,
lo que antes era mi alimento.
Por eso escondo ese pueblo
y oculto su paz de polvo.
Ahora, que en esta rabia recomienzo una cosecha,
vuelven a mí las sombras prolongadas del desierto
y en sueños se desgrana un racimo ácido de insomnio
y un constante porqué, como en sordina.

 

Poliéster

Ni el gusano de seda,
ni el pelaje del cordero indefenso,
ni los hilos de algodón,
resistirán los mil años que perdura el polímero.

El dacron, por ejemplo,
te expone al frío como el nitrógeno líquido
y atrae al sol como el capote de ira
y el ácido al hombre vacío.
Sin embargo, esta materia, el dragón,
da alas a los celos de serpientes.

Los colores del poliéster,
como la pólvora y el papel,
los inventaron en China
y sus fibras las lleva el hombre de la Luna.

La naturaleza se postra durante mil años
ante el poliéster.
Es más probable,
cara o cruz,
que antes tu fiel alma se llene de amargores
o de almíbar;
ambos, cara o cruz,
vuelven el alma de asbesto.
El poliéster perdura,
la naturaleza no importa,
la vida es breve.

 

ES EL INFIERNO

le dije,
sí, esto es el infierno.
Que Dios le conceda
una semana como obrero de los Hornos.

No, señora,
usted que escribe
no haga bromas con Dios.

La fundición es un trabajo honrado.
No huele bien,
se irritan los ojos,
y, si se descuida uno,
puede morir ese día.

Perdón, le pedí perdón
porque me pareció lo único decente.

Sin ira en el pecho,
dijo de nueva cuenta:

Es un trabajo honrado.

Y en ese momento jaló una cadena con fragor suficiente
para volcar dos toneladas de magma de acero.

 

Donald Boy

Ciertos genios me dan envidia:
Trump, más que nadie,
el arcángel Trump frente al espejo.

No es fácil entrecerrar los ojos
(peinarse antes con gel)
y hacer un puchero con el labio superior
para decir, como un niño mimado:
“You are fired”.

“¿Te importó más tu moral que tu trabajo?
So, you are fired (es decir, Yo soy el Ego).
No eres un verdadero líder”.

Donald Trump escribe bestsellers
que aconsejan despedir a todos:

“Enciérralos juntos en un cuarto de hotel,
confunde sus cepillos de dientes,
reproduce en sus oídos uno de mis discos de superación personal
mientras duermen,
y despertarás el subconsciente perdedor”.
Cada vez que escucho a Donald decir “You are fired”,
son las mismas veces en que me siento incapaz de escribir
un solo verso
y entonces me siento absurdamente sola
frente a un niño-de-negocios de dos años
que menea la cabeza,
censurando esto o aquello que escribo.

 

Por qué

Las cosas y los días que suceden
más allá
de los altos muros de agua
de mi patria

se destilan aquí

bajo el cielo idéntico
de la casa trece
de esta calle.