Poetas

Poesía de México

Poemas de Margarita Villaseñor

María Margarita Villaseñor Sanabria, mejor conocida solamente como Margarita Villaseñor, (30 de abril de 1934-12 de agosto de 2011) fue una escritora, poeta, dramaturga, guionista, traductora, adaptadora y académica mexicana. A lo largo de su carrera profesional obtuvo varias distinciones, entre ellas, el Premio Xavier Villaurrutia de 1981 —el premio literario más importante de México—, por su poemario El rito cotidiano y fue nombrada de manera póstuma como «Guanajuatense Distinguida» en 2017, por el Gobierno Municipal de la ciudad de Guanajuato, Guanajuato, México.

La morada desierta

Un solo nombre: el tuyo. Lo llevo encendido en la piel.
Lo escribo en la palma de mi mano,
lo pongo entre mis dedos, en el laberinto del oído,
lo cubro de hoja de oro en el retablo de mi altar barroco.
Puedo llamarte fuego cuando miro el crepúsculo.
Puedo llamarte luz cuando veo las estrellas
y tierra en el sepulcro que funde la tierra con la tierra.
Puedo llamarte ausencia en el recinto de esta casa
y soledad cuando miro adentro de mí misma,
y muerte, cuando descubro que estás muerto.
Y puedo confundir tu nombre con el mío,
y llamarte, montaña, ave, o río,
porque yo fui yedra y parra y musgo
asida al tronco y adherida al muro.
Puedo dar la vuelta al mundo y entretejer los años,
y llamarte llaga, herida, verso.
Puedo beber la savia de tu vida en el vaso labrado del recuerdo,
puedo comer la rosa más oscura
y romper el estruendo de los ecos.
Hay que gritar tu nombre. El nombre del arcángel con el pez y el anzuelo.
Eres mi patrimonio, mi comida, mi patria. Mi nave en tempestad,
mi cerradura abierta.
Eres mis párpados, mis sueños placenteros,
diástole y sístole de un corazón sin rueca.
Eres yo misma, en la morada que recorren mis pies y mis alas.
Somos tú y yo desalojados, desahuciados en nuestro paraíso
apenas probada la pulpa de manzana,
arrojados con herida fulgente de esta casa en ruinas, ya desierta.

Hacia la oración

Cumplo con la ley
en el más estricto sentido de lo atávico
y cumplo con el rito del lento aprendizaje
y hasta con los melindres del nomeolvides
que pierde la memoria.
Cumplo con la oruga que mide el infinito
sin levantar apenas la cabeza,
con la doble identidad de la mitad de la naranja
con la hibridez del chabacano
con el balar del cordero anterior al holocausto
con el rocío de la mañana
que bautiza los pecados de la noche
con el momento justo de la metamorfosis
de la cópula a la concepción
de la semilla al brote
de la objetiva verdad que nos circunda
a la otra verdad cuando me tocas.
Me miras con el destello de Narciso
me iluminas con autoridad de Vía Láctea
me santiguas con la señal de tus proezas.
Soy fiel a mis datos generales
de credo nombre y sexo
pero no soy quien soy sino quien eres
te entrego las llaves de mi casa,
te escrituro el corazón y el sueño
te empeño la voluntad y la palabra.
Y aquí estoy
usurpada así en la tierra como en el huerto
bebiendo de tu copa
comiendo de tu mano
y durmiendo así en tu lecho.

La otra casa

Te dibujas en mí, en esta casa,
en mis mañanas un tanto desveladas,
en mis días repletos de rutina.

Y vas cobrando forma en el lugar que habito,
en la constelación-enjambre de los sueños,
en la gota-segundo que mancilla
hasta una dimensión enfática de hastío,
en el gemido-abismo del recuerdo
que exagera las sílabas de la melancolía.

Te me vas dibujando con el puñado de los tiempos
que me faltas,
en un tatuaje de prisas y de angustias,
en un carecer de estrellas y de orillas.

Me ultrajas en la piel con el hierro de ausente.

Para mirarte me sobra el parpadeo
que empaña tu figura en mis pupilas.
Te escribes en la palma de mi mano,
en la exacta línea de la vida
y no quiero borrarte
ni dejar que el tiempo a sí mismo se aniquile,
si lo intentara
aparecerías en el corazón o en la memoria.