Poetas

Poesía de Argentina

Poemas de Alejandro Roemmers

Alejandro Roemmers (Buenos Aires, Argentina, el 11 de febrero de 1958) es un escritor y empresario argentino. Es hijo de Alberto Werner Heinz Roemmers Wolter y Hebe Colman Miller, y nieto de Candelaria Nicolasa Wolter Alemán y Alberto José Roemmers Mueser, fundador del laboratorio Roemmers, uno de los principales laboratorios argentinos.

Preside la Fundación Argentina para la Poesía, es presidente Honorario de la Fundación Americana de Poesía, miembro de número del Real Instituto de Cultura de México, y miembro de honor del Instituto Literario y Cultural Hispánico.

UN TROCITO DE MÍ

Sé que has de llegar un día,
antes o después, lenta o abrupta,
inexorable, silenciosa y perenne.
Estaré dispuesto,
te aceptaré sin reparos
como acepté la vida
con sus espinas y sus rosas.
No me pidas perdón, no es necesario,
llévame contigo, así fue el trato.
Pero quiero advertirte,
que deslucirá tu triunfo
pues serán migajas de mí
lo que te entregue.
Verás,
he dejado buena parte de mi sentimiento
en las personas que he querido,
y abundantes porciones de mi ser
en mis compañeros más cercanos.
Mi alma le infundió a cada poema
un poco de su luz y su belleza
como una flor que se ha ido deshojando.
En cada casa que me albergó,
en cada camino que emprendí,
en cada amistad que me bendijo,
algo de mi corazón se fue con ellos.
Y en cada sueño que me habita,
en cada árbol que planté,
en cada libro que escribí,
puse lo mejor de mi esperanza.
Comprenderás entonces,
que no hay mucho de mí que permanezca,
y poco me quedará para ofrecerte
habiendo dado todo.
Quizás,
algunos bosquejos y proyectos,
algún resto de juventud en la apariencia,
un brillo sabio y pícaro en los ojos,
y unas pocas palabras que no llegaron a completar una poesía…
Es cierto, encontrarás mi fe intacta
y un palacio de amor resplandeciente
que regresó hasta allí multiplicado.
Perdona pues que sea apenas
un trocito de mí lo que te deje:
un trocito de mí será lo que se muera….
¡ Y tanta la vida que me lleve!

COMO LA ARENA…

Como la arena
que arrastra un viento incierto
cubro el vacío de tus pasos…
Regresarás, aunque digas «nunca»,
y retomaré tus formas.
Volverás a partir, aunque jures, «siempre»,
y ocultaré tus huellas.

Como esa arena
que depura el tiempo,
seré paciente
al escudriñar las olas…

Distingo la tuya
por el rumor alegre.
Llega precedida de aves blancas,
flamante el sol en su cresta de plata.

Y en mi piel de arena
tu caricia fresca
recobra la memoria
de infinitas caracolas.

DÉJAME ENTRAR

Déjame entrar
con mis palabras esta noche.
Deja tu mente
vagar por estos signos.
Refúgiate en la aldea de mis versos.
Respira el trébol de la noche
y afloja los miedos que la acechan.

Déjame ser prado y tiéndete.
Déjame ser manta y cúbrete.
Déjame saciarte y bébeme.
Siente fluir por tu garganta
mi alimento de palabras,
hacerse carne hasta tus huesos,
inundartelas venas con mi sangre.
Déjame florecer por tus entrañas
suturar los barrancos de tu herida,
tenderme por la pampa de tus sueños
y alumbrar las semillas de tu espera.

Deja entrar mis palabras esta noche.
Mañana, cuando ya no me recuerdes,
cuando nadie pueda distinguirnos,
te sentirás más fuerte.

EL ORGULLO DE LOS DIOSES

No hay amor entre los dioses.
¿Cómo podría haberlo?
¿Cambiaría un dios la imagen,
repetida hasta el cansancio en los murales,
para enaltecer allí el rostro de la amada o el amado?
¿Compartiría sus íconos, los obeliscos, las pirámides?
¿Sería capaz de elevar otra esfinge, otro coloso?
¿Aceptar otra palabra?,
¿Una voluntad de igual rango que la suya?
¿Entregar el portal de sus pupilas,
como se ofrecen al extraño los espejos de una casa?
¿Sería un dios capaz de renunciar a la adoración sumisa de sus fieles,
las procesiones, los himnos y el incienso,
para arrodillarse alguna vez
ante el santuario desnudo de otros brazos?
¿Se internaría en un laberinto incierto
con antorchas de intuición,
confiando en la madeja sutil de las palabras
y la delgada fibra de unos besos?
¿Dejaría de ser amo de su cielo
para atravesar nuevamente los infiernos
y resucitar tal vez y solo tal vez,
a nuevas eternidades compartidas?

Y sin embargo, mi dios,
si te agobia tu soledad omnipotente,
tu rutina de inmóvil perfección,
la falta de sorpresa corroída por el tedio,
desciende de tu olimpo de juventud y de belleza,
que están ardiendo mis biblias y mis templos,
para renacer sin cultos y sin dogmas.

Que otros dioses se contemplen por siempre
desde sus minaretes y sus gárgolas,
desde sus acrópolis y sus calvarios,
con las miradas de piedra y los pechos de mármol.
A ti y a mí, que somos apenas un instante,
una efímera condensación de la energía,
la vida se nos escurre como el viento
que juega con las hojas del otoño
entre los pedestales.

IN MEMORIAM

DESDE la cima
observabas las agrestes laderas del cerro
fundirse en la planicie interminable.

El cielo despejado y luminoso
no distraía tus ojos
que seguían inquisidores
el vuelo de las aves.

Olfateabas el viento
como experimentado cazador,
sabiendo que serías presa
de su aliento cálido y seco
si exhalaba una imprevista bocanada
el pulmón cordillerano.

Tal vez un presentimiento
te hizo repasar una vez más,
con paciencia de ajedrecista,
tu brillante velamen
de águila humana.

Con todos los instintos alerta
elegiste el mejor momento,
-vos siempre elegías el mejor momento-
y desplegando tu ala multicolor
emprendiste el vuelo.

Una clara sonrisa iluminaba tu cara
mientras empezabas el juego
de ganarle a la gravedad y tomar altura.
Esperaste el error del adversario
para volcar poco a poco la partida a tu favor.

Tenías tiempo,-esta vez tenías tanto tiempo-
y aún era temprano.
Ya lo ves,
una pequeña corriente ascendente
te permite tu primer movimiento ganador.

Un poco más de altura
y en el próximo giro
estarás cerca de la cumbre.

De pronto, otra fuerte corriente,
un giro imprevisto del destino,
y vas dejando atrás las otras velas
y hasta el último cóndor
que debió abandonarte sorprendido
mientras seguías ascendiendo.

Algunos espectadores se inquietaron
al verte caer en un remolino.
Pero vos sonreías y ganabas altura,
cada vez más libre,
cada vez más feliz
con tus nuevas alas blancas.

IMPULSO LUMINOSO

LUCHA del mármol
contra la gravidez de los instintos:
triunfo del hombre
sobre las garras de la piedra.
Pliegues y repliegues sensuales,
marea y pleamar de la existencia.
Mórbidos efluvios
de energías carnales.
Proas afiladas,
místicas velas.
Aristas que absorben
transparencias del aire.
Atrevida fragilidad,
reflujos de amor y desventura:
historias de vida,
misterios que se alargan.
Entramado de tensiones.
Chispa de futuro.
Fuego blanco de Carrara.
Estalagmitas de fe.
Impulso luminoso.
Gótica pureza.
Estallido inacabado.
Grito ancestral de la materia.

MOMENTO BLANCO

Lúcida, entera, pura,
la inmensidad nevada.
Un arpa evanescente,
bajo el lienzo extendido
de las neblinas bajas…
Tómame, rodéame,
habítame blancura.
Inúndame grandeza.
Inocencia, abrázame.
Abrígame silencio
en blanco remolino.
Altura, despójame.
Absuélveme pureza,
impúlsame, sálvame.
Extraña liviandad.
Sobre tus alas libres
condúceme, poesía,
hacia el amor constante.
Llévame, transpórtame
angélica espesura,
hacia donde hay encuentro,
fulgor y epifanía.

DIOS TE SALVE, POESÍA

Dios te salve, poesía,
llena eres de gracia,
de alamedas, caracoles y alboradas.
El Amor está contigo,
y su Verdad, más profunda que el silencio,
y su Misterio, más grande que la vida.
Humilde tú eres entre todas las artes
y bendita es la Palabra de tu vientre.
Salva, poesía, y redime a quien te invoca.
Ven a nosotros, errantes soñadores,
ahora, en la pasión del canto ardiente,
y en la noche de nuestros versos más tristes,
para conducirnos al umbral del Día.

UN REGALO PARA FRANCISCO

Quise encontrar un obsequio,
el más sencillo, el más humilde,
el que en su pequeñez
pudieras aceptar sin ofenderte.
Pensé que podría comprarlo y fui a la tienda
pero ningún objeto me conformaba.
Entonces escuché una voz santa que me dijo:
«… a quien tiene a Dios, nada le falta,
sólo Dios, basta».
Creí ser poeta para ofrecerte palabras:
pero las hallé superfluas, pomposas, gastadas…
Huí de mí y perseverante
busqué en la tierra
pero hasta una semilla me pareció excesiva
pues podría albergar un árbol.
Cuando divisé la pradera
mi corazón vibró alegre,
pero intuí al momento que tú no aprobarías
que le restara una sola de sus flores silvestres.
Busqué entonces en el mar
y no hallé un confín
que tu nombre no hubiera alcanzado
y en toda su inmensidad
sólo tenías amigos.
Desafiante, me atreví hasta el abismo
y como un cielo vuelto al revés
lo encontré poblado de estrellas marinas.
Pero cuando tuve una en mis manos
creí que no podrías ser feliz
sabiendo que
cada noche al cielo marino
le faltaría esa estrella…
Busqué entonces en el aire
respetando las abejas, luciérnagas, mariposas
y todas las criaturas vivientes,
pues tú no querrías detener sus alas
ni perturbar su vuelo.
Procuré traerte el aroma
sosegado y puro de las hierbas,
del hogar encendido y los jazmines…
pero no pude conservarlos.
Quise igualar el canto de la alondra,
el murmullo del río, el silbido del viento
cuando exhala en los profundos campos…
pero mi voz fue demasiado torpe.
Por un largo instante logré retener,
resbalando por mis dedos,
unas gotas del rocío temprano…
pero frescas y transparentes retornaron al aire.
Quedé entonces en silencio, desconsolado,
bajo el azul infinito
que mis ojos no podrían reflejar…
¿Francisco, pensé, en tu amorosa humildad,
es que no hallaría nada que pudiera agradarte…?
De pronto un árbol dejó caer una de sus hojas
que se depositó frente a mí en el suelo.
Luego otra, que llegó meciéndose en la brisa
hasta mis ma
nos que la recibieron sin querer.
Luego otra, otra, y otra más,
hasta que sentí que el árbol, compasivo,
estaba dispuesto a entregarse por entero
y desnudar sus ramas
con tal de consolarme.
Tanto era su amor
que brotaron mis lágrimas
como un manantial redentor y agradecido.
Las hojas del árbol
continuaron descendiendo generosas
en una bendición inacabable…
Entonces pude comprender… y sonreí.
Y sonrieron conmigo los campos, las aves y los arroyos.
La brisa se detuvo
y ya no volvieron a caer más hojas…
El regalo que produjo la sensibilidad de aquel árbol
es el que ahora quiero ofrecerte:
el amor de una sonrisa.
Un obsequio humilde y efímero
que puedes multiplicar y compartir sin miedo
como los panes y los peces,
hasta que todos unidos a Jesús
habitemos finalmente el Reino de Dios.