Poetas

Poesía de Estados Unidos

Poemas de Mary Jo Bang

Mary Jo Bang (22 de octubre de 1946 en Waynesville, Missouri) es una poeta estadounidense.

EN LA CALLE

Aquí estamos, en lo alto del arco de las utopías. El
agua no es profunda. Una mancha de aceite brilla
en la superficie como una lente toma la luz y la
multiplica frente a un espejo. Si alguien se detiene
cerca tuyo, allí están ellos – aunque no aparezcan
en la foto. Lo que hace que la oscuridad total se
vincule a la suerte y cosas así. La arquitectura, a
diferencia de la ley, perdura. Una fachada, como
un ideal, puede ser opresiva a menos que esté
compensada con un balcón al que puedes asomarte
para reprender a los que están en la calle: venid
aquí y miradnos a los ojos. ¿No somos exactamente
aquello en lo que queríais creer?

EN EL BALCÓN DEL EDIFICIO

Nada de dormir ahora. Ya no hay pacto de sueño
con morfina y la noche como aguja. Estamos
despiertos, empujados el uno por el otro como
si lo que quedara es todo lo que habrá. Nos
necesitamos como si estuviéramos en una rama
frágil que está siendo podada. Veo la huella
de una cicatriz tenue sobre tu ceja izquierda.
Entonces supe lo que era sentir. La caída
agonizante.

Baile de máscaras

Estamos sentados aquí en silencio.
Tocas tu brazo. Yo toco mi cara.
Se supone que debemos callar
y vivir la vida esperando.

Nos han ordenado ser maniquíes de retratista
y repetir un triste destino.
Somos una calavera multiplicada por dos.
Se supone que debemos callar.

El Sr. Momento mira un
reloj que dice ya.
Su esfera roja me recuerda el ojo de un ogro.
Su lustroso anillo me recuerda

las esposas del Sr. Momento.
No quiero hablar
de algo que es insondable—
duelo y ausencia, sortijas arrancadas a cadáveres,

la negativa del Sr. Momento a mostrar su verdadero rostro.

Autopsia de una era

Así era entonces, un cuchillo
a través del cartílago, un fracturado cuerpo. Animal
y animal, cenizas. Una ventana hecha añicos.
El aullido colectivo en señal de alarma,
seguida de silencio.

Noche negra como una bota,
zumbido halógeno. Cinta serpenteando al interior
de sigiloso aparato. Después, vidrios destrozados
y una joya de Checkpoint—el cierre
de un brazalete trampa-de-turista. Un brazo. Una bagatela.

Plap hace el broche. El filme
en el cráneo preserva la sensación
de ahogo, el ángulo de la correa,
el collar que las conecta. Vista panorámica.
Llegada de la oscuridad provinciana.

Disfraces cruzando miradas

Luces de bisutería pestañean, intermitentes.
Falsas estrellas.
Estoy harta de explicaciones. Una vida es como lo que Russell
dijo de la electricidad, no una cosa sino la forma en que las cosas funcionan.
Una ciencia del movimiento hacia cierta superficie plana,
algo de calor, algo de frío. Algunas luces
pueden dejar algo de post-imagen, pero esta dura poco.
¿No es eso lo que dicen? Eso, y además que los
hechos históricos se ven a los ojos con la nada.

El Terremoto que no la despertó

No la despertó el terremoto en España.
El día siguiente se llenó de cosas muertas. Bueno, no totalmente, algo.
Al llegar a la puerta de entrada, sintió quebrarse un caparazón

bajo su pie. En el baño, una enorme cucaracha
yacía de espaldas sobre el borde de mármol; las antenas
muertas anunciaban el futuro señalando la boca de plata

que luego tragaría el agua tras lavar su cara.
¿Quién no hubiera deseado un rápido retorno
al sueño de anoche? La idea, ella lo sabía, era permanecer despierta,

y al caminar por la niebla gris del día, lograr con engaños que lo vaporoso
actuase como algo concreto: una voluta de humo de cigarro,
por ejemplo, podría convertirse en edificio de Lego de una pulgada

reflejado en la ventana de un bus bloqueando la calle.
La gente a veces se ve a sí misma como una imagen que calza
en una añoranza inventada: un bosque de juguete, un grillo desfigurado, el

loto, más o menos puro. La noche antes del temblor, fue por tren
a ver una opereta de trama inverosímil. Vio a un hombre
de abrigo castaño y corbata, muy parecido a Kafka.

Al día siguiente, llamó a un amigo para quejarse de los insectos.
Desde una lejana ciudad él—la voz grave y algo quejumbrosa—le dijo:
“¿No estás bien? ¿Te hace falta algo?”

LAS NUBES DE ALGODÓN MEDICINALES DESCIENDEN A CUBRIRLOS

A asfixiar sus pequeñeces
en fieltro. Los pliegues insatisfechos, la emoción
fílmica –remota, pálida e impalpable.
Cada uno con su propia inflexión
secreta de necesidad.
No había discusión sobre esto sino un simple cambio
de humor al mencionarse ciertas palabras.
El nexo inane del discurso, que nunca capta del todo
el qué invocado.
Ella dejó caer la ropa interior sobre su cadera.
El matiz bordado de la ilusión,
la idea ebria en la penumbra sutil.
La imagen de una mano convertida en
una mano. ¿De quién? Sí. El deseo reelaborado paso a paso,
un podría que solloza. Un era que se dijo y se queda muy quieto.
Solamente permitía que le pasara
a ella. Cuello y nuca, una curva vuelta
abismo infinito extendido hacia el deseo, el deseo, el deseo,
y listo, un resultado asombroso. ¿No es lindo?
Rosey-o, Rosey-o. Ella se despertó, le dio una mirada:
Ah, sos vos. Sí. Creí que estaba soñando.
En alguna parte cantaban sirenas niñas. Lindo, dijo ella. Lindo.